La de hoy es una autocrítica constructiva. Venezuela va a cambiar, solo en la medida en que sus ciudadanos cambiemos.

Los venezolanos hemos estado esperando siempre por la llegada de un salvador que nos libere de los conquistadores, de los caudillos, de los dictadores o de los tiranos. Cuando estamos en problemas buscamos que alguien nos lo resuelva o que por lo menos nos aligere la carga y siempre localizamos la culpa de nuestros males en cabeza de un tercero, el gobierno, el imperio, los corruptos, el clima, etc.

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No será más bien que, como nos hemos ido acostumbrando a tener inmensas riquezas naturales capaces de generar importantes rentas sin mucho esfuerzo de nuestra parte, hemos terminado disociando el esfuerzo de la virtud.

A partir del nacimiento de Venezuela como nación, todos nuestros líderes, salvo contadas y honrosas excepciones, los hemos seleccionado por razones diferentes a la virtud.

Hemos preferido al tipo vivo, pilas y amigo de sus amigos antes del ciudadano formado, honesto, íntegro y capaz de generar valor y riquezas para el país. Hemos escogido el hoy sacrificando el mañana. Hemos premiado la barbarie y la ignorancia condenando la sensatez y la educación.

Así como le damos una rápida bienvenida a cualquiera que, por cuenta nuestra, venga a enfrentar al dictador de turno, con esa misma velocidad terminamos achacándole las culpas por débil, lento o vendido y abandonándolo a su suerte. Si intentamos hacer una lista de salvadores abandonados, nos daríamos cuenta de que esta sería interminable.

Dejemos de poner los caballos detrás de la carreta, que ahí no van, hagamos algo distinto esta vez, pongamos el énfasis en nosotros mismos, organicémonos como sociedad civil para enfrentar al régimen, pero también para asumir los retos que la reconstrucción del país demandará.

Pongamos fin de una buena vez a la dictadura, pero también negociemos con los operadores políticos un nuevo pacto social que coloque al ciudadano y a la familia al centro de toda la acción del Estado, y que dote a la sociedad civil organizada de suficiente capacidad de supervisión para limitar el poder de los gobernantes.

Entre las muchas lecciones que hemos de aprender e internalizar de la profunda crisis en que esta tiranía nos ha arrojado, hay tres que son muy importantes, a saber:

  • No hay virtud posible sin esfuerzo. Decía Thomas Jefferson, el tercer presidente y uno de los padres fundadores de EEUU, que “La libertad es la gran madre de la ciencia y de la virtud; y una nación será grandiosa en ambas, en proporción a la que es libre”.
  • Sin educación, volveremos a la barbarie una y otra vez. Ya lo advertía John Fitzgerald Kennedy, trigésimo quinto presidente de EEUU, al sostener que “El progreso de nuestra nación no debe ser más rápido que el progreso de nuestra educación” y reafirmar que “La libertad sin educación estará siempre en peligro y la educación sin libertad será siempre en vano”.
  • Es prácticamente imposible que los políticos en el poder se autolimiten y así lo anticipó el vigésimo octavo presidente de EEUU, Thomas Woodrow Wilson, al estipular que “La historia de la libertad es la de la lucha por limitar el poder del gobierno”.

En el pasado, la sociedad civil se acostumbró a que los políticos, luego de reunirse, informaran las decisiones que habían tomado. En el futuro, ha de ser la sociedad civil organizada la que, luego de reunirse, comunique a las organizaciones políticas de las decisiones de interés nacional que ha tomado, para su ejecución.

juanriquezes@gmail.com
@juanriquezes

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