No siempre es fácil organizar un viaje en familia. Lo que a veces empieza bien, con las mejores intenciones por parte de todos, luego se tuerce y termina mal, así de tramposa es la vida.

A mediados de junio me toca una semana libre del programa. Mi hija habrá concluido ya el año escolar y estará de vacaciones. Los meses de verano pueden ser insoportables en esta ciudad, en esta isla en la que vivo, así que conviene escapar todo lo que se pueda, buscando climas más benignos. Por eso organicé un viaje a Washington con mi esposa y nuestra hija. Ellas no conocen la ciudad, yo la conozco bastante bien, así que a principios de año, sabiendo ya qué semanas me tocarían libres de la televisión, reservé todo para ir a Washington a mediados de junio.

En abril fuimos a Lima a celebrar el cumpleaños de mi madre y en algún momento de las festividades le dije a mamá que sería lindo que nos acompañase unos días en Washington a mediados de junio. Ella se entusiasmó, dijo que no conocía esa ciudad y que le hacía mucha ilusión viajar con nosotros. Le dije que ahora había tres vuelos directos por semana entre Lima y Washington y le pareció genial no tener que pasar por Miami. Luego le pregunté si prefería viajar sola o con su asistenta y respondió que, dada su edad, era mejor que viajase acompañada, lo que me pareció razonable. Pero su asistenta no tenía visa, había que conseguírsela sin demora. Abusando de nuestra amistad, le escribí al embajador de los Estados Unidos en Lima y le pedí que le dieran la visa a la asistenta de mi madre. El diplomático, absolutamente encantador, que ya me había saludado con cariño en alguno de mis últimos viajes a Lima, pues coincidimos en un restaurante y se acercó a mi mesa y me dijo palabras sumamente afectuosas que sentí no merecer, respondió con gran amabilidad y nos explicó los requisitos que debía cumplir la asistenta para que le diesen la visa. Mi madre la acompañó al consulado, presentaron todos los papeles y le dieron la visa. Fue una gran alegría para mi madre y para mí, no digamos ya para la asistenta, que es un Sol.

Con la seguridad de que la visa había sido expedida, tocaba entonces comprar los pasajes. Me ocupé yo mismo de aquella diligencia. Hablé con las atentas operadoras de la aerolínea y me confirmaron que los vuelos directos entre Lima y Washington, aeropuerto internacional Dulles, eran los domingos, lunes y miércoles. Nosotros, mi esposa, nuestra hija y yo, teníamos previsto llegar a Washington el sábado por la noche. Le pregunté a mi madre qué día quería viajar, me dijo que cuanto antes, el domingo, no el lunes ni el miércoles. Pero luego lo hablé con mi esposa y nuestra hija y los tres coincidimos en que nos hacía ilusión pasar el domingo juntos, paseando por el barrio de Georgetown donde viví unos años, y que mamá y su asistenta llegasen el lunes por la tarde y se quedasen con nosotros, en el mismo hotel por supuesto, hasta el domingo siguiente. Pensé: mi madre quiere viajar el domingo, pero nosotros pensamos que es mejor que viaje el lunes, no el miércoles, el lunes, es el justo medio, así que compré los pasajes saliendo de Lima el lunes y regresando el siguiente domingo, seis días en Washington, y por supuesto compré los dos asientos en la mejor clase, en la mejor fila, y le envié toda la información a mi madre.

Al día siguiente mi madre nos sorprendió a todos. Me escribió un correo diciéndome que ella prefería viajar el domingo, así me lo había dicho ya, y que por eso su asistenta había cambiado los pasajes, no saliendo el lunes como yo había comprado, sino volando un día antes, el domingo. Me quedé levemente perplejo. Pensé: cómo no me consultó antes de cambiar el pasaje que le he regalado. Debió preguntarme antes de hacer el cambio. Ha sido indelicado mover la fecha de modo unilateral. Pero probablemente ella estaba pensado: ha sido indelicado que mi hijo compre el pasaje el lunes cuando le dije claramente que quería viajar el domingo. No supe qué hacer. Lo consulté con mi esposa. Me dijo que no hiciera nada, que no tenía importancia. Llamé al hotel, adelanté la reserva de mi madre, acomodé todo a sus expectativas. Pero no pude quedarme callado y le escribí:

-Querida mamá, creo que debiste consultarme antes de cambiar el pasaje.

Ella no tardó en dictarle a su asistenta la respuesta:

-Mi Jaime, yo te dije que quería viajar el domingo, no entiendo por qué te molesta pasar un día más conmigo, pero si te molesta me paso de nuevo al lunes.

Le contesté en términos cordiales:

-Mamá queridísima, está todo bien, nos vemos el domingo, iremos a recibirte al aeropuerto con mucha ilusión, por favor no viajes con frutas en tus maletas, te las pueden decomisar.

Ella me escribió:

-No te preocupes, solo voy a viajar con mis granadillas, mis papayas y mis tunas.

Debí quedarme tranquilo, resignado, pero no pude, por algo soy bipolar. Lo hablé largamente con mi esposa. Queríamos ver a mi madre, claro que sí, pero también queríamos pasar un par de días entre nosotros, paseando relajadamente, visitando los lugares más sentimentales o nostálgicos para mí, antes de que llegase mamá con su celular que timbraría cada diez minutos. Tramamos un plan que nos parecía perfecto, insuperable. Nos pusimos de acuerdo en los detalles. Luego le escribí a mi madre:

-Querida mamá, malas noticias, dada la gravedad de la terrible crisis venezolana, los jefes del canal me han pedido de forma apremiante que no viaje toda mi semana libre en junio, y que al menos haga en vivo los programas del lunes y el martes, así que recién viajaremos a Washington el miércoles, por eso te ruego que le digas a tu asistenta que mueva los pasajes de ustedes para el miércoles, porque si viajan el domingo, nosotros no estaremos todavía en la ciudad.

Era mentira, por supuesto. O una mentira a medias. Porque es cierto que finalmente decidiré si viajaremos según la gravedad de la crisis venezolana, y si las circunstancias ameritasen cancelar el viaje, así ocurrirá a no dudarlo, pero eso solo lo sabré dos o tres días antes de subirnos al avión. Pensé que mi madre se avendría dócilmente a cambiar sus pasajes para el miércoles. Así nosotros estaríamos solos en Washington el domingo, lunes y martes, y pasaríamos con mi madre y su asistenta el miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo, pues el vuelo de regreso a Lima partiría de Washington el domingo por la noche. No contaba con la astucia, la picardía y la voluntad de hierro de mi madre. Me respondió sin demora:

-Muy bien, hijito, te felicito, primero está tu trabajo, tu responsabilidad profesional con el público, y si tus jefes te piden que solo viajes media semana, no la semana completa, es lo que debes hacer. Pero nosotras viajaremos el domingo y te esperaremos en Washington, porque para mí viajar solo cuatro días es muy cortito y, como te comenté, no conozco Washington, así que aprovecharemos de pasear bastante antes de que ustedes lleguen.

De nuevo, me dejó pasmado, completamente descolocado. Y ahora, ¿qué haríamos? Ella viajaría el domingo, nosotros un día antes, y estaríamos todos en el mismo hotel, menudo embrollo en el que me había metido. Pensé: siempre podemos escondernos en otro hotel los días que supuestamente estaré en Miami. Se lo comenté a mi esposa. Ella reprochó en términos airados mi conducta conspirativa, me dijo que era un tonto, que no tenía sentido mentirle a mi madre, que me dejase de boberías adolescentes y me subordinase a los caprichos, terquedades y exigencias de mamá.

-Pero no es justo que, si yo la invito, ella cambie todo a su conveniencia y sin consultarme –protesté.

-Ella puede hacer lo que le da la gana porque es tu mamá y tiene setenta y siete años –sentenció mi esposa.

Me parecía increíble cómo se había enredado todo. Mi madre quería viajar el domingo, punto final, y no había manera de moverla de allí. Lo razonable era dejar las cosas como estaban y no seguir dinamitando el viaje. Pero a veces soy todo menos razonable y por eso escribí:

-Tienes razón, querida mamá, si los jefes me piden que me quede el lunes y el martes, debo quedarme. Pero mi conciencia no me dejará viajar tranquilo el miércoles. Me quedaré toda la semana. Es lo responsable, lo profesional, lo que la audiencia espera de mí. Ya iremos más adelante a Washington. Te ruego que me disculpes, pero no podemos ir a Washington a mediados de junio, tú comprenderás que el trabajo está primero, así me educaste tú, el deber siempre antes del placer.

La verdad es que me sentía mal de abortar el viaje solo por un capricho minúsculo, pueril, de cuándo llego yo y cuándo llegas tú y cuántos días pasamos juntos. Pero ya todo se había enredado y no encontraba mejor salida que cancelar el encuentro familiar. Mi madre respondió:

-Te felicito, mi Jaime, estoy muy orgullosa de ti. Yo sí viajaré a Washington con mi asistenta, no vayas a cancelarme el hotel por favor, y luego iremos a visitarte una semanita a Miami. Ya nos vemos, hijito.

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