Fitzgerald tuvo una vida complicada; nacido en St. Paul, Minnesota en 1898, desde muy joven quiso ser escritor y sufrió el rechazo de las editoriales. A los 24 años, con la publicación de A este lado del Paraíso (1920), conoció el éxito y la fama, pero también la disipación y el derroche.

Antes de que el alcoholismo y las deudas lo acosaran pudo escribir su obra maestra: El gran Gatsby (1925). Sus cuentos le avergonzaban y —se quejaba— habían apagado su inspiración, pero le dieron el dinero que necesitaba para sufragar su despampanante tren de vida. Lo reconoce en sus cartas: “Nada que contar, salvo que ahora cobro 2.000 dólares por cuento y que son cada vez peores”.

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Hollywood, adonde fue a parar como guionista, tampoco le proporcionó demasiada alegría. Sus últimos años los vivió en bloqueo creativo, enfermo, y soportando el peso de tener a Zelda, su esposa, encerrada en un manicomio.

La novela perfecta

Integrante de la llamada Generación Perdida, se le ha catalogado como el cronista de la Era del jazz, en la que él mismo era protagonista. El sueño americano que pintó en sus libros en tonos de desenfreno prefiguró la pesadilla de la crisis de 1930.

Ernest Hemingway, a quien conoció en Paris, le criticaba por sus relatos “ligeros”, esas historias de amor y glamur juveniles que, sin embargo, leídas casi un siglo después rezuman frescura y encanto.

En su género favorito —la novela— recogió lo mejor de la técnica literaria de sus predecesores y contemporáneos. Diseñaba en detalle estructura, trama y personajes, y era sumamente cuidadoso con su escritura: sencilla, elegante y de vuelo poético.

En 1940, enfermo y desmoralizado, murió de un ataque al corazón en Hollywood en el apartamento de la columnista Sheilah Graham, con quien vivía desde hacía tres años. Tenía 44 años.

Además de las novelas citadas, y de una decena de magníficos cuentos, nos dejó Hermosos y malditos (1922), Suave es la noche (1934) y El último magnate (inconclusa, publicada póstumamente, 1941). Fitzgerald fue, sin duda, una de las grandes figuras literarias del siglo XX y sus obras siguen cautivando a miles de lectores.

Otro miembro de la Generación Perdida fue William Faulkner, nacido en New Albany, Mississippi, en 1897. Considerado uno de los más relevantes escritores estadounidenses de todos los tiempos, escribió poesía, cuento, novela, teatro y guiones de cine. Como Fitzgerald, sufrió al principio la incomprensión de las editoriales, e igualmente tuvo serios problemas con el alcohol. Necesitado de dinero, también escribió relatos y se fue a Hollywood a trabajar como guionista. Le fue tan bien, que pasó allí 20 años.

Antes de dedicarse por entero a la creación literaria, Faulkner se desempeñó como pintor de brocha gorda, carpintero, bombero y cartero. Finalmente, su talento se impuso y logró el reconocimiento en vida.

La novela tragedia

Sus innumerables innovaciones técnicas (monólogo interior, flujo de conciencia; frases largas, sin puntuaciones; multiplicidad de puntos de vista; saltos temporales) podrían hacer algo difícil la lectura de sus obras. Empero, vale la pena explorar ese mundo extraño y atroz del Sur profundo, donde la tragedia la protagonizan hombres mutilados por el odio, la soledad y la represión sexual. Tal vez bastaría saber por qué influyó y deslumbró a tantos.

Faulkner no le da tregua al lector. En cierta ocasión le pidieron una sugerencia para quienes lo leían dos o tres veces y no lo entendían. Respondió: “que lo lean cuatro veces”. Se inventó un territorio: Yoknapatawpha, donde se desarrollan buena parte de sus novelas, entre las que se destacan ¡Absalón, Absalón! (1936), El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930) y Luz de agosto (1932).

Vivió retirado del mundo en medio de las arboledas de su residencia de Rowan Oak, en Oxford, Mississippi. Murió en 1962 de un paro cardíaco en una institución para alcohólicos a los 64 años.

Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1949 y ganó dos veces el Pulitzer con Una fábula (1954) y La escapada (1962). En su discurso de aceptación del Nobel señaló que la literatura debía expresar “los sentimientos contradictorios del corazón humano” y que únicamente sobre estos valía la pena escribir.

Truman Streckfus Persons o Truman Capote nació en New Orleans, el 30 de septiembre de 1924. Escritor precoz, también fue periodista, dramaturgo y guionista.

Durante la niñez Capote sufrió el abandono y la indiferencia de sus padres. Según cuenta, la literatura fue su salvación. Comenzó a escribir a los 8 años y, con el tiempo, vio aparecer sus relatos en magazines de gran tirada.

A los 21 años con el cuento “Miriam”, que publicó la revista Mademoiselle, ganó el premio O. Henry, el más prestigioso en el género desde 1919. Dos años después, en 1948, su primera novela Otras voces, otros ámbitos mostró el genio de Capote y le despejaría el camino.

La novela de no ficción

Su creación más celebrada fue A sangre fría (1966), que le convirtió en referente literario mundial. En ella relata, combinado literatura y periodismo, el asesinato de una familia de granjeros en un pueblito de Kansas.

En apenas unos meses la novela —cuya redacción le tomó tomó seis años— logró vender más de 300.000 ejemplares. Convertido ya en celebridad le sacó partido a su histrionismo, mordacidad y archivo de chismes. Eso lo colocó en el centro del interés de los medios de comunicación y convirtió en figura mimada de ricos y famosos.

En sus últimos años quiso describir las interioridades de la vida de la High Society que tanto había frecuentado. La publicación en Esquire de adelantos de Plegarias atendidas (inconclusa, 1987) provocó la indignación y el repudio de sus amistades. Al final, esta quedó inconclusa y Capote desolado y hundido. Drogas, alcohol y sexo le sirvieron de consuelo, pero eso minó su salud y potencial creativo.

Tenía 59 años cuando murió en 1984 de una insuficiencia hepática en Los Angeles. Había pasado la noche en el apartamento de su amiga, Joane Carson.

Capote dejó a la posteridad varios libros de cuentos, reportajes periodísticos y de viajes, y, además de las novelas mencionadas, El arpa de hierba (1951), Se oyen las musas (1956), Desayuno en Tiffany’s (1958). Medio siglo después, Capote consigue aún atraparnos con su prosa amena, ingeniosa e iluminadora.

Fitzgerald, Faulkner y Capote integran un excepcional trío de narradores del siglo XX. Nacieron en septiembre y se instalaron para siempre en la historia de la literatura y el imaginario social de los norteamericanos.

Desde octubre, todos los jueves, de 5:30 a 7:30 pm, el Centro de Actividades para Adultos de Coral Gables (2 Andalusia Avenue) auspicia el Taller de Lectura NARRATIVA ESTADOUNIDENSE, SIGLO XX. Pasará revista a la vida y obra de 12 de los más brillantes escritores de la primera mitad del siglo XX. Tres temas esenciales: Generación perdida, Literatura sureña y Literatura criminal y de misterio. Gratuito; para inscribirse, llamar al 305-461-6764.

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