lunes 2  de  marzo 2026
Opinión

Trump: Espada de doble filo y promesa que se hizo carne

La libertad no consiste en hacer lo que nos gusta, sino en tener el derecho de hacer lo que debemos.” San Juan Pablo II

Por Pbro Juan Lázaro Vélez González

A lo largo de la historia de la humanidad siempre hemos estado en un desafío constante de superación personal y social. En definitiva, es buscar la felicidad que nos hace plenos en el alma y en el espíritu. En la Sagrada Escritura encontramos la importancia e impacto de las palabras que van conformando la vocación de los profetas y su misión en medio del pueblo en busca de su liberación.

Por eso, cuando un presidente promete capturar a un narco-tirano y ayudar a un pueblo a recuperar su libertad, no se trata de retórica, sino de responsabilidad cívica y moral que se hace historia en el cumplimiento de la promesa. Por consiguiente, cuando una promesa se hace pública, deja de pertenecer a quien la pronuncia y pasa a ser patrimonio de los pueblos que esperan la realización de esa promesa.

La espada de doble filo no es la amenaza o la violencia institucionalizada, sino el carácter recto de un compromiso hecho realidad. Es sumamente importante destacar y exponer que no estoy idolatrando a un líder ni confundiendo política con salvación. Se trata de comprender el peso histórico y su contexto.

Es ahí donde comienza el filo a cortar con medida exacta, pero se hace mucho más peligroso, porque al establecer métodos y procesos de democratización en las instituciones y estructuras de poder, no es nada fácil; esto lleva tiempo implementarlo. Por eso la importancia transparente y pacífica en la transición. Quien se ha comprometido a liberar a un pueblo del tirano, se responsabiliza a no negociar con la injusticia en ninguna de sus formas.

Venezuela, Cuba y Nicaragua son naciones heridas, son símbolos del sacrificio personificado en cada rostro hambriento y sediento de libertad con el anhelo de vivir en plenitud de derechos humanos. Por consiguiente, esta promesa resuena no solamente en esta región, sino también en Teherán, y en cada nación donde la dictadura ha implantado el terror y el horror de la despersonalización.

La historia ofrece precedentes incómodos y sanadores al mismo tiempo. Panamá lo sabe muy bien. En ese país la promesa cruzó fronteras y dejó claro que la impunidad no siempre es eterna.

La promesa cristiana y humana no es ingenua. No absolutiza líderes ni convierte a los poderosos en mesías. Por eso este momento exige pasos trascendentales en los procesos de transición política y democrática.

Hoy la historia se reescribe con esperanza en Venezuela y lo será también en otras naciones que vislumbran ese gran día de liberación.

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