A lo largo de la historia de la humanidad siempre hemos estado en un desafío constante de superación personal y social. En definitiva, es buscar la felicidad que nos hace plenos en el alma y en el espíritu. En la Sagrada Escritura encontramos la importancia e impacto de las palabras que van conformando la vocación de los profetas y su misión en medio del pueblo en busca de su liberación.
Por eso, cuando un presidente promete capturar a un narco-tirano y ayudar a un pueblo a recuperar su libertad, no se trata de retórica, sino de responsabilidad cívica y moral que se hace historia en el cumplimiento de la promesa. Por consiguiente, cuando una promesa se hace pública, deja de pertenecer a quien la pronuncia y pasa a ser patrimonio de los pueblos que esperan la realización de esa promesa.
La espada de doble filo no es la amenaza o la violencia institucionalizada, sino el carácter recto de un compromiso hecho realidad. Es sumamente importante destacar y exponer que no estoy idolatrando a un líder ni confundiendo política con salvación. Se trata de comprender el peso histórico y su contexto.
Es ahí donde comienza el filo a cortar con medida exacta, pero se hace mucho más peligroso, porque al establecer métodos y procesos de democratización en las instituciones y estructuras de poder, no es nada fácil; esto lleva tiempo implementarlo. Por eso la importancia transparente y pacífica en la transición. Quien se ha comprometido a liberar a un pueblo del tirano, se responsabiliza a no negociar con la injusticia en ninguna de sus formas.
Venezuela, Cuba y Nicaragua son naciones heridas, son símbolos del sacrificio personificado en cada rostro hambriento y sediento de libertad con el anhelo de vivir en plenitud de derechos humanos. Por consiguiente, esta promesa resuena no solamente en esta región, sino también en Teherán, y en cada nación donde la dictadura ha implantado el terror y el horror de la despersonalización.
La historia ofrece precedentes incómodos y sanadores al mismo tiempo. Panamá lo sabe muy bien. En ese país la promesa cruzó fronteras y dejó claro que la impunidad no siempre es eterna.
La promesa cristiana y humana no es ingenua. No absolutiza líderes ni convierte a los poderosos en mesías. Por eso este momento exige pasos trascendentales en los procesos de transición política y democrática.
Hoy la historia se reescribe con esperanza en Venezuela y lo será también en otras naciones que vislumbran ese gran día de liberación.