Han pasado ya varios días de las declaraciones del presidente Trump sobre la política hacia Cuba y no puede negarse que un sentimiento de euforia continúa haciéndose sentir en medio de la comunidad cubanoamericana de la Florida.

Hay razones más que justificadas para ello. La primera es que Trump está mostrándose agradecido con un colectivo que le entregó la victoria en el estado de la Florida, un enclave decisivo para llegar a la Casa Blanca.

La segunda es que Trump ha delimitado su política en torno a un eje de principios centrado en los derechos humanos y la democratización de la isla.

Se mire como se mire, la meta de que desaparezca la dictadura castrista y se vea sustituida por elecciones libres, libertades políticas y respeto hacia los derechos humanos es óptima. Ambos aspectos, por lo tanto, resultan claramente positivos y justifican sobradamente la alegría.

Sin embargo, el análisis desapasionado enfría mi optimismo y, por el contrario, me lleva a plantearme dos interrogantes menos halagüeños. El primero gira en torno a la táctica que piensa llevar a cabo Trump. Sus objetivos son obvios, pero ¿cómo pretende convertirlos en realidad? La embajada en La Habana va a seguir abierta, sin duda. Las remesas seguirán fluyendo a Cuba para aliviar la miseria de los isleños.

A decir verdad, parece que el único cambio tangible será que los turistas estadounidenses tendrán que ir en grupo. Con el corazón en la mano, confieso que soy incapaz de ver cómo estas medidas van a doblegar una dictadura que lleva resistiendo altivamente por seis décadas a la nación más poderosa del globo.

El segundo interrogante me resulta no menos punzante. Si entre la comunidad cubanoamericana de la Florida, el discurso de Trump ha provocado un entusiasmo comprensible, no se puede decir lo mismo de los demás estados.

Basta echar un vistazo a la prensa para darse cuenta de que la noticia apenas ha tenido relevancia y, desde luego, ha ocupado mucho menos espacio que el encuentro entre el senador Marco Rubio y la señora Trump. No es que carezca de interés esa cita y, sin duda, ha estado rodeada de cierto contenido anecdótico, pero que se le otorgue más relevancia que al discurso de Trump sobre Cuba dice mucho de por dónde anda la mayoría del país.

Y aquí surge el segundo interrogante: ante una indiferencia casi generalizada, ¿será capaz Trump de soportar las presiones para mantener la política de Obama hacia Cuba? Permítanme esgrimir sólo un dato. El año pasado, Cuba recibió cuatro millones de turistas. De esa cifra nada desdeñable, la proporción de estadounidenses no alcanzó ni siquiera el diez por ciento.

Es obvio que el mercado turístico cubano que, por razones más que fáciles de entender debería orbitar en torno a Estados Unidos, está siendo dominado por la lejana Europa. La pregunta, pues, es: ¿las corporaciones estadounidenses que llevan desarrollando planes para ganar dinero en Cuba, mucho antes de que Obama instituyera una política de apertura, tolerarán que Trump les arruine el negocio por gratitud hacia la comunidad cubanoamericana de la Florida? Sinceramente, cuesta creerlo y esa circunstancia me lleva a preguntarme preocupado cuánto estará dispuesto a resistir Trump.

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