Si algo dejó claro el tan esperado cara a cara entre Donald Trump y Vladimir Putin, en el marco de la cumbre del G20, es que la relación entre Estados Unidos y Rusia será el tema que fijará la pauta de la Casa Blanca en los próximos años.

No hay duda de que los dos líderes dieron la impresión de haber conectado de manera positiva, pero química personal aparte, esto no significa necesariamente que vaya a servir a la causa de Trump para demostrar que las sospechas de connivencia con Moscú son noticias falsas.

Es cierto que desde antes de ser electo presidente, el entonces candidato republicano, dejó entrever su interés por abrir un canal de diálogo con Putin para mejorar las relaciones con Rusia, en base a intereses comunes que pasaban por cómo resolver conjuntamente algunos de los mayores problemas del mundo.

Sin embargo, luego de una prolongada reunión y aparte del acuerdo para decretar un cese al fuego en el suroeste de Siria, no hubo adelantos sobre retos importantes como Corea del Norte o la intervención de Rusia en Ucrania.

Aun así, ambos líderes parecieron disfrutar de la mutua compañía, lo cual no debería extrañar, ya que se parecen en algunos aspectos: ambos son extremadamente seguros de sí mismos, están decididos a poner a sus países en primer lugar y los dos poseen grandes personalidades.

No obstante, en Washington, ese primer contacto entre Trump y Putin, produjo una mezcla de reacciones marcadas por el escepticismo, particularmente luego de que Sergey Lavrov, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, dijera que Trump aceptó la versión de Putin, de que nunca participó en alguna acción encubierta para influenciar las elecciones presidenciales estadounidenses el año pasado.

Es poco probable que la afirmación del ruso haya causado alguna impresión en Robert Mueller, el exdirector del FBI y asesor especial designado para investigar el “Rusiagate”.

Con este panorama de fondo, los próximos meses prometen ser muy frustrantes para el Presidente, porque a pesar de querer mejorar las relaciones con Putin, convencido de que una cálida asociación con Moscú tendrá beneficios positivos, sus deseos enfrentarán una férrea oposición bipartidista, motivada por la desconfianza hacia el Kremlin.

Y mientras Mueller ha logrado completar un impresionante equipo de investigadores y fiscales, el Congreso, por su parte, se ha negado a considerar la eliminación o reducción de las sanciones impuestas a Rusia, originadas en la misma acusación que Putin pretende calificar como falsa: la injerencia rusa en las elecciones en Estados Unidos.

Así, mientras que la reunión en Hamburgo rompió el hielo entre Trump y Putin, nada cambiará en Washington hasta que Mueller y su equipo presenten sus conclusiones.

Trump también tendrá que cuidarse de poner mucho énfasis en la relación con Putin porque muchos de los republicanos pueden volverse en su contra, mientras los llamamientos para su destitución podrían aumentar.

Putin, por supuesto, sabe todo esto y espera tener muchas oportunidades para sacar provecho de su potencial amistad con Trump.

Por mucho que no le guste al Presidente la forma en que se está llevando a cabo la investigación, sigue siendo posible que Mueller descubra nuevas y sólidas evidencias de la interferencia rusa en la campaña electoral.

Si es así, no habrá forma de que la relación de Trump con Putin sobreviva.

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