¿Encuentras coherente que una madre o un padre tengan que sobrevivir a un hijo o a más de uno después de una muerte imparable?

Preguntemos imaginariamente a quienes tienen que vivir con este dolor vacío e indescriptible.

Y respondamos con lo que podemos deducir desde fuera, desde un intento de ponernos en sus zapatos.

¿Acaso es un error de la madre naturaleza? ¿Deberían morir los niños, jóvenes u otros hijos con la edad que tengan?

Me cuesta creer en este acierto, en esta realidad desgarradora y nefasta. La muerte en sí es la antesala de lo peor por venir: una ausencia que no tiene fin.

El espacio que queda se llena de lágrimas, de un golpe mudo y de vidas que pierden muchas veces sus sentidos.

Dicen que la creación es perfecta, pero en nuestra cultura que una familia pierda un hijo no se termina de asimilar. Se ve y se compadece como la fatalidad mayor. Donde no hay consuelo, hay quienes lo encuentran en Dios. Otros, nunca.

Millones de veces escucho que “lo natural sería que los hijos sepultaran a los padres”… y estoy de acuerdo. Aunque duele descomunalmente, los hijos ¿son o no son el bien más preciado?

He visto sermones de consuelo para soportar tal desgracia. Con toda buena intención, pero ¿se puede entender algo que no se ha sufrido?

José Martí, el Apóstol, orgullo de nuestra patria, Cuba, trató este tema a través del poema “Los dos príncipes” que fue publicado en el segundo cuaderno de la Revista La Edad de Oro –con una frecuencia mensual– que se editó en Nueva York en 1889.

La obra de Martí habla de tantos temas que no se le escapó este tan sensible para casi todos.

Enfrenta en este poema a dos familias: la del rey y la de un pastor, ante la muerte de un hijo.

El Palacio está de luto

y en el trono llora el rey,

y la reina está llorando

donde no la pueden ver:

En pañuelos de holán fino

lloran la reina y el rey:

… ¡EL hijo del rey se ha muerto!

¡Se le ha muerto el hijo al rey!

En los álamos del monte

tiene su casa el pastor:

La pastora está diciendo

¿por qué tiene luz el sol?

… ¡Se quedó el pastor sin hijo!

¡Murió el hijo del pastor!

Y para hacer homenaje póstumo a José Fernández y a todos los hijos que han perdido todas las familias del mundo les dedico el siguiente fragmento de este poema, que fue uno de los primeros escritos por el gran pensador de las Américas: José Julián Martí y Pérez.

Lo conmovió el sufrimiento cuando murió el hijo pequeño de su maestro Rafael María de Mendive y de su esposa Micaela.

“A Micaela”

Cuando en la noche del duelo

Llora el alma sus pesares,

Y lamenta su desgracia,

Y conduele sus afanes,

Tristes lágrimas se escapan

Como perlas de los mares;

Y por eso, Micaela,

Triste lloras, sin que nadie

Tu dolor consolar pueda

Y tus sollozos acalle;

Y por eso, Micaela,

Triste en tu dolor de madre,

Lloras siempre, siempre gimes

La muerte de Miguel Ángel.

@idaysicapote

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