Martes por la noche. He decidido interrumpir mis vacaciones en Lima y volver apuradamente a Miami para reanudar el programa en vivo, dada la gravedad de la crisis en Venezuela.

No ha sido una decisión fácil. Mi esposa y nuestra hija están en Lima. El jueves hemos convocado a la familia a una fiesta en casa de mi madre para celebrar los seis años de nuestra hija. No quisiera ausentarme de esa celebración. Pero tampoco quiero defraudar a mi público, repitiendo programas toda la semana, mientras en Venezuela la dictadura reprime con ferocidad las protestas y mata a sangre fría a jóvenes valientes. Debo elegir entre las obligaciones familiares y las profesionales. Muy a mi pesar, decido que no estaré presente en la fiesta de mi hija y volveré a Miami a hacer el programa cuanto antes. Mi hija llora a mares, yo lloro con ella, es una despedida tristísima.

-Nos veremos en tres días –le prometo, pero no sirve de nada, ella no entiende por qué de pronto quiero alejarme y faltar a su fiesta tan esperada.

Ya hemos celebrado su cumpleaños en Miami, pero la fiesta de Lima tiene el encanto adicional de que podrá jugar con sus primos más queridos, y ella está encantada de hacer dos fiestas de cumpleaños, y me temo que así será de ahora en adelante.

El vuelo sale a las diez de la noche. Debo estar en el aeropuerto de Lima a las ocho de la noche. Llevo dos maletas vacías. Las traje llenas de ropa y regalos para mi madre. Salgo de casa a las siete y media de la noche. Se me ha hecho tarde. Me lleva el chofer de mi madre, Alfredo.

-Vamos por la ruta de siempre –le digo, pero él me dice que no conviene usar la avenida principal, pues cree que estará colapsada de tráfico, y sugiere tomar una ruta alternativa que dice conocer mejor.

-Bueno, tú mandas, tú sabes mejor –me resigno, confiando en él.

Alfredo maneja lentamente porque teme que nos pongan una multa. Baja a la avenida que circunda las playas y el mar y avanza un buen tramo, pero cuando quiere subir los acantilados por una calle estrecha, comienza el caos. El tráfico está detenido, anudado, y los autos avanzan a paso de hombre, en una lenta, chirriante, fragorosa procesión.

-No me está gustando esta ruta –le digo al chofer.

-Llegaremos en cuarenta minutos –me anuncia, con voz confiada.

Probablemente el tráfico es tan espeso porque estamos en vísperas de Semana Santa. También es probable que las vías estén saturadas porque hay muchos más carros circulando en la ciudad, como consecuencia del progreso experimentado en los últimos quince o veinte años. También es verdad que el tráfico en esta ciudad siempre fue un caos ingobernable.

-Toma la ruta principal –insisto.

-No conviene –dice él-. Le aseguro que hay más tráfico.

Son las ocho y cuarto. Debo llegar, como muy tarde, a las nueve, una hora antes de la salida del vuelo. Empiezo a dudar de que llegaremos a tiempo. Comienzo a impacientarme. Alfredo enciende una aplicación de su celular que sugiere vías menos congestionadas, marcadas en azul, y decide seguir esas rutas, desechando la suya original. Poco después estamos en unos barrios desangelados que él dice no conocer y yo conozco todavía menos. Ya es tarde para desobedecer los comandos del programa de rutas de su celular. Seguimos la ruta azul, que nos lleva por callejuelas estrechas y nos mete en barrios patibularios, y yo me pregunto si nos romperán las ventanas con bujías calientes y nos asaltarán, como asaltaron la otra tarde a mi esposa y sus padres, cuando iban al club de playa.

-Debimos tomar la ruta principal -le digo, molesto, al chofer, y él se mantiene en silencio, sufriendo.

Todo tiende a empeorar. De pronto terminamos atrapados en un nudo de tráfico verdaderamente atroz. Nada se mueve. Los conductores se ofuscan y gritan improperios. Un policía mira todo con una abulia olímpica, como si con él no fuera la cosa. Hay un semáforo, pero está siempre en rojo, no tiene la cortesía de pasar a verde. Es el Tercer Mundo en su dimensión más grotesca, chocante, espantosa. Qué carajos hago acá, me digo. Debí quedarme en Miami, pienso. He venido a Lima porque mi esposa se encaprichó con ir a un concierto de Justin Bieber y ahora estoy agonizando lentamente en este infierno de tráfico, pienso, y maldigo mi suerte. Alfredo trata de hacer maniobras suicidas y escapar, pero ya es tarde, estamos atrapados. Pasan diez, quince, veinte minutos. En algún momento, inexplicablemente, el semáforo cambia a verde, y por fin la obstrucción vehicular se mueve a duras penas. Son diez para las nueve de la noche.

-Voy a perder el vuelo –le digo a Alfredo, y él acelera, hace todo lo que puede, pero el caos es de tal magnitud que no se puede ir más deprisa y uno termina empantanado aunque no lo quiera.

Finalmente llegamos al aeropuerto a las nueve y cuarto de la noche. Le doy una propina mezquina al chofer. El vuelo a Miami ya está cerrado. No encuentran mi pasaje en el ordenador. Espero y reprimo la furia y me siento a punto de estallar en gritos. Es un momento de alta tensión. Viajar era antes un placer, ahora es una pesadilla, pienso. Pido disculpas, ruego ayuda, dos señoritas amables encuentran por fin el pasaje, reciben las maletas y me piden que me dirija sin demora a la puerta de embarque número 16. Camino a toda prisa, paso los controles tan odiosos, un oficial de aduanas se burla de mí porque llevo pasaporte azul de los Estados Unidos y no el peruano, por fin entro en el avión y veo con profunda sorpresa y decepción que la cabina de clase ejecutiva no es la que me habían anunciado cuando compré el pasaje, no es la misma del viaje de ida, es de pronto una cabina más antigua, de un avión viejo, casi chatarra, con asientos que se reclinan muy poco. No es justo que te vendan asientos en un tipo de avión y luego termines un asientos mucho menos cómodos en otro tipo de avión, pienso, furioso. Pero, qué más da, ya estoy acá y debo ser fuerte y llegar a Miami para cumplir con mi público y ponerme al día con la crisis venezolana.

Quince minutos después, el capitán anuncia con voz sombría que el vuelo está demorado una o dos horas.

-Me bajo ahora mismo –pienso, y me levanto, retiro mi maletín de mano y me dirijo a la puerta del avión.

Ya nos hicieron esperar casi cuatro horas en el vuelo de ida, no estoy dispuesto a esperar un número incierto de horas en el regreso. Era la señal que estaba necesitando: ¿debo volver a Miami, o quedarme en Lima? Si el vuelo está demorado, es porque debo quedarme en Lima, concluyo, con absoluta arbitrariedad. Y bajo del avión, aunque los tripulantes me piden que me quede. Luego es un largo y engorroso papeleo justificar mi decisión de desertar, pasar migraciones de regreso, recuperar mis dos maletas, contratar un taxi negro y volver a casa. Cuando llego, hacia la una de la mañana, seguramente el avión ha despegado ya, pero yo he decidido quedarme para estar con mi hija en su fiesta de cumpleaños. Toco la puerta del apartamento. Mi mujer me abre sin ropa, cubierta apenas por una toalla. Estaba a punto de meterse en la ducha.

-¿Estás con alguien? –le pregunto, al verla desnuda, agitada.

-No seas tonto, pasa –me dice ella.

Dos días después, mi madre organiza la fiesta más linda que uno pueda imaginar. El día está soleado, los niños se bañan en la piscina, hay un triciclo de helados deliciosos, la comida es una suma de exquisiteces, todo sale de maravillas. Mi hija parece particularmente feliz. Sabe que, tras muchas dudas y no pocas lágrimas, elegí ser un buen padre antes que un buen periodista, y yo no dudo de que hice bien quedándome en Lima para estar con ella en un día tan importante para su felicidad. Pero ahora mismo estoy impaciente por volver al programa.

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