POR: LAURA DE ROSA
POR: LAURA DE ROSA
Sólo hasta el próximo 15 de mayo, día posterior a las elecciones presidenciales en Turquía sabremos si el “karma” o el “cierre de un ciclo” acompañarán a Recep Tayyip Erdogan a salir del poder o, a pesar de todo, la catástrofe producida por el reciente terremoto del 06 de febrero (que contabiliza hasta el momento 47 mil muertos), no tendrá mayores repercusiones políticas para él.
Muchos recordarán que Erdogan llegó al poder tras el terremoto de 1999, cuando la población, en las elecciones siguientes, castigó con su voto al entonces gobierno de coalición de Bulent Ecevit por su pésima respuesta ante las considerables pérdidas humanas que alcanzaron la cifra de 20.000 fallecidos y dejaron aproximadamente a un millón de personas damnificadas sin hogar.
Para aquel entonces Erdogan se vendió como un reformador y demócrata, portador de varias promesas, una de ellas muy importante: invertir de manera cuantiosa en prevención y protección antisísmica, así como asegurar el cumplimiento normativo en la construcción de las estructuras para evitar que un desastre como el del 99 volviera a pasar.
Sin embargo, con este nuevo terremoto, la corrupción e incompetencia del régimen del Erdogan saltaron a la vista:
No se invirtió durante todos estos años el dinero recaudado con los “impuestos de terremoto” (más de 4.600 millones de dólares según contabiliza la BBC) en lo necesario para proteger a su población; tampoco se formaron y prepararon equipos de rescate que pudieran actuar diligentemente y, la violación de las normas de construcción, así como la concesión de permisos a edificios levantados sin licencia, resultaron evidentes al ver el considerable número de construcciones derruidas.
Y es que después de aquel terremoto que tanto dolor y tragedia generó en el 99, resulta imperdonable la pobre preparación de Turquía en materia sísmica, sabiendo que este país está asentado sobre lo que algunos han llamado “la maldición de la tierra”: una de las zonas más complejas y activas en el mundo por la confluencia de, no una, sino tres placas tectónicas moviéndose cada cierto tiempo: la placa Arábica, la placa Anatolia y la placa Euroasiática.
Las personas que se dieron cuenta de todo lo anterior también voltearon sus miradas hacia Erdogan para analizar su manejo y gestión de la catástrofe, y allí tampoco ha salido airoso.
La reacción ha sido sumamente lenta e ineficaz: el envío de equipos de rescate e insumos se dilató muchísimo; Erdogan tardó mucho en visitar las zonas de desastre, las cuales -para empeorar la situación son de las más densamente pobladas del país; amenazó a quienes le criticaban y por unos días cerró twitter exaltando lo que se ha convertido durante todo este tiempo en el poder: un perfecto autócrata, figura diametralmente opuesta a lo que hace 20 años vendió.
El terremoto no pudo llegar en peor momento. Con un contexto de inflación del 80% y su moneda en mínimos históricos frente al dólar, la reconstrucción de las zonas bajo desastre se vuelve cuesta arriba y en general complica todos los escenarios.
En lo que antes del terremoto se presentaba como un escenario electoral con votaciones muy ajustadas, la catástrofe sísmica ha obligado a cambiar radicalmente la campaña tanto a Erdogan como a la oposición a 3 meses apenas de la cita electoral.
Erdogan que tenia una estrategia de campaña orientada hacia un discurso agresivo en política exterior, incluyendo discusiones vueltas ‘espectáculo mediático’ con la OTAN (Organización del Tratado Atlántico Norte), ahora tiene que mostrarse en la mayor medida posible como un gestor que resuelve. Un gestor eficaz.
Por su parte, la oposición que antes tenía una hoja de ruta clara alrededor de desacreditar la figura de Erdogan y atacar su desempeño gubernamental por la inflación alta, la depreciación de la lira turca, el nepotismo reinante y la fatiga en torno a su imagen, ahora la tiene complicada porque, si bien no puede dejar de señalar la amplia y directa responsabilidad de Erdogan en las consecuencias fatales que el desvío de recursos y la baja preparación de la sociedad trajo ante el nuevo sismo, tampoco puede mantenerse en campañas negativas agresivas por interés político, cuando se esperaría que todos los sectores cierren filas a ayudar, en momentos de desgracia y crisis nacional.
Definitivamente es un escenario electoral complicado. Lo que suceda en las próximas semanas determinará la reelección o no de Erdogan y sólo hasta las elecciones del 14 de mayo (si es que no se suspenden) sabremos si los movimientos sísmicos que lo trajeron al poder serán los mismos que lo sacarán.
