En Cuba, en 1959, fueron pocos los que se enfrentaron abiertamente a una revolución que llegó derramando sangre y a un caudillo que se apoderó de la isla como un encantador de serpientes. En enero de aquel fatídico año, Rafael Díaz-Balart ya había fundado la organización La Rosa Blanca como una vía de confrontación frente a la barbarie que se avecinaba sobre Cuba. Esa capacidad de ver las cosas con claridad y el valor de tomar el camino correcto, aun cuando no fuera el más popular, fueron algunos de los grandes valores que transmitió a sus hijos.
El 13 de agosto de 1959, Roberto Martín Pérez, con apenas 23 años, aterrizó en Trinidad junto a un valiente grupo de hombres, en lo que pasaría a la historia como la Invasión de Trinidad. Eloy Gutiérrez Menoyo y William Morgan los habían traicionado. Morgan llegó a ponerle una pistola en el cuello a Roberto, mientras Menoyo hacía lo mismo con su amigo Luis Pozo. La traición tendría consecuencias para todos: poco tiempo después, Morgan sería fusilado, Menoyo terminaría en prisión.
Aquel hecho histórico, que fue noticia en Cuba y en el exilio, no nos dijo demasiado a Lincoln ni a mí. Éramos apenas unos niños. Solo sabíamos que el hijo de un amigo de su padre y del mío había terminado en prisión, condenado a treinta años.
Un cuarto de siglo después, Lincoln Díaz-Balart, entonces un joven abogado, ganaba su primer escaño en la Legislatura de Florida. Su primera victoria política se la dedicó precisamente a aquel preso al que no conocía personalmente, pero que nunca había olvidado. Lo unía a él la solidaridad, pero también algo más profundo: el reconocimiento hacia un hombre que, aferrado a sus valores, había decidido no rendirse.
Ese era Lincoln Díaz-Balart.
Escogió no olvidar a un preso plantado, a un hombre que, desde el encierro, desafiaba a sus verdugos a pesar del maltrato, la soledad y las condiciones inhumanas de una celda tapiada. Para Lincoln, la libertad no era una palabra para los discursos. Era una causa que exigía compromiso, memoria y acción.
Hoy, 13 de agosto, fecha que coincide también con el cumpleaños de Lincoln Díaz-Balart, vivimos otro momento cargado de significado. Gracias a la gestión de la senadora Ileana García, un tramo de la emblemática Calle Ocho, desde el comienzo de la Pequeña Habana, en la 27 Avenida, hasta Brickell, ha sido nombrado Congressman Lincoln Díaz-Balart Memorial Highway.
El homenaje trasciende un nombre colocado en una calle. Es el reconocimiento a una vida de servicio público, principios y compromiso. En este día, tantos políticos de la actualidad, republicanos y demócratas, hombres y mujeres de distintas nacionalidades pueden reconocer, de una manera u otra, la influencia de aquel congresista nacido en Cuba que supo dividir su corazón entre el país donde nació y el que le dio refugio, libertad y la oportunidad de representar a su pueblo en el Congreso de Estados Unidos.
Lincoln Díaz-Balart fue una de esas figuras capaces de dejar huellas más allá de las fronteras partidistas. Sus acciones, su carácter y su firmeza han inspirado a generaciones de servidores públicos. Su vida demuestra que la política, cuando se ejerce con honestidad y convicción, puede convertirse en una herramienta para defender principios y abrir caminos para otros.
Cuando quienes vivimos en Miami transitemos por esa zona y veamos su nombre, recordaremos a un político honrado, humilde y fiel a sus principios. Recordaremos a un hombre que contribuyó a dar prestigio a los cubanos y que, junto a Ileana Ros-Lehtinen, su hermana legislativa, ayudó a construir una presencia política cubanoamericana con verdadero peso en el Capitolio de Estados Unidos.
Ileana Ros-Lehtinen nos recordó en más de una ocasión que Cuba ocupa un lugar singular dentro de la política exterior estadounidense, la única cuya política exterior no puede ser alterada por el presidente, solo por el Congreso tiene un papel fundamental en las decisiones relacionadas con la política hacia la isla. Lincoln entendió esa responsabilidad y trabajó incansablemente para preservar las herramientas legales que permitieran mantener la presión sobre el régimen cubano. Su participación en la codificación de la Ley Helms-Burton fue una expresión de esa visión y de una pasión por Cuba que jamás lo abandonó.
Su relación con Cuba nunca fue una cuestión de nostalgia. Fue una responsabilidad moral.
En una Cuba futura, libre y soberana, también veremos calles, escuelas y espacios públicos que llevarán su nombre. Será entonces cuando un país que conozca su verdadera historia rendirá tributo al hijo que jamás olvidó dónde dio sus primeros pasos.
Las futuras generaciones conocerán la historia de aquel niño exiliado que nunca pudo regresar a una Cuba libre, pero que tampoco olvidó a su pueblo durante sus momentos más oscuros. Con fe, determinación y la convicción de que la vida pierde sentido cuando se permanece indiferente ante las causas justas, Lincoln Díaz-Balart dedicó buena parte de su existencia a la defensa de la libertad.
Nunca fue indolente cuando se trató de Cuba. Nunca confundió prudencia con cobardía ni popularidad con principios. Su esfuerzo, su dinamismo y su perseverancia seguirán alimentando a generaciones que deberán conocer el significado de la dignidad, el honor, la lealtad y el amor por la patria.
Por eso, cuando hoy veamos su nombre en una de las arterias más importantes de Miami, no estaremos simplemente contemplando el reconocimiento a un político.
Estaremos recordando a un hombre que decidió no olvidar.
Y en eso, Lincoln Díaz-Balart fue un campeón.