Si algo no amerita discusión es que las dictaduras, por su misma esencia y desapego al respeto de los valores humanos, hacen y deshacen a su antojo, pasando por encima de todo aquel que se les oponga. Como ejemplos clásicos recientes tenemos a Cuba, Venezuela y Nicaragua, cuyos gobernantes ejercen autoridad mediante el empleo de la fuerza cada vez que es necesario a la luz de sus intereses.

En el caso explícito de la isla caribeña, santuario de una familia y una élite militar que manejan el devenir de los cubanos a su libre albedrío, el hecho que en estos momentos acapara la atención dentro y fuera del territorio insular es el proyecto de Constitución que será sometido a una consulta popular entre los meses de agosto y noviembre próximos.

Las reacciones, como es apenas lógico, no se han hecho esperar en Miami, cuna del exilio cubano en los Estados Unidos, y no es para menos, por cuanto nada que provenga de un régimen anquilosado, como es el del general Raúl Castro, puede generar confianza entre las diferentes organizaciones que encarnan la oposición.

La activista Rosa María Payá, en la actualidad una de las caras más visibles de la lucha por el retorno de la democracia en Cuba, no ha dudado en calificar la futura Carta Magna como una trampa para fortalecer aún más al Partido Comunista, vale decir, a la familia Castro y a sus gregarios en el poder.

Pero en igual sentido se han pronunciado opositores como Orlando Gutiérrez, que lidera el Directorio Democrático Cubano, y muchos otros que perciben en este nuevo contexto de la realidad cubana una serie de movimientos tendientes a crear un candado cuya única llave quedaría en manos de la élite gubernamental.

Temas como el reconocimiento del matrimonio igualitario, la abolición de la palabra comunismo y el reconocimiento de la empresa privada parecen el maquillaje requerido para hermosear a un régimen moribundo, que tiene la imperiosa necesidad de lucir un ropaje democrático y dar visos de apertura.

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