A Ignacio la familia “se le ha bajado” con un pedido de lo más extraño: necesitan una caja de tizas...
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
A Ignacio la familia “se le ha bajado” con un pedido de lo más extraño: necesitan una caja de tizas...
“De las de yeso”, me explica desde la cocina de su casa, “las tizas comunes, con las que escribían en las pizarras los maestros de las escuelas de nuestra infancia”.
Según me cuenta, las barras de caliza compactas son infalibles a la hora de descubrir a los estafadores que en Cuba, venden trucadas, las balitas de gas.
Me quedo de una pieza, no entiendo cómo se pueden asociar un acto de protección, con el tanquecito de gas y la tiza de mi niñez en una sola ecuación.
Pero Ignacio no acaba de explicarme, prefiere contarme lo caro que le sale, desde Miami, garantizar el suministro de gas licuado en La Habana, para que la familia en la isla pueda cocinar, “imagínate, un vecino que fue profesor universitario anda recogiendo trozos de madera por la calle porque no tiene como pagar el servicio”.
Ignacio se gasta 120 dólares al mes en la compra de la balita a través de una agencia de paquetería, “son noventa dólares por la balita y treinta por el envío a la casa de tu familia”.
Pero el negocio no admite devolución: una vez tu familia acepta el tanque y el distribuidor se va no hay manera de reclamar.
“Se están dando casos de tanques entregados vacíos o hasta llenos de agua para que pesen y parezcan llenos”, cuenta Ignacio contrariado, “por eso tienes que recibir al muchacho con la tiza en una mano y un trapo mojado en la otra y en su cara hacerle la prueba al depósito”.
Por fin, parece que llegamos al momento de la explicación, pero Ignacio vuelve a desvariar: ahora me muestra dos cajitas con tizas, son barras menos frágiles y mucho más gruesas que las que recuerdo en la primaria de Cuba. Además, aquellas de mi barrio eran todas blancas y mi amigo las ha conseguido hasta de colores. “Baratísimas, bro, ahora hay que ver cuánto me cuesta mandarlas”.
“¿Y qué hacen con ellas?”, lo apremio. Ignacio me deja con la palabra en la boca y me lleva hasta el patio de la casa.
Soy testigo silencioso de cómo desconecta el balón de gas de la parrilla portátil de los fines de semana y con un protocolo sobreactuado coloca el tanque, sucio de grasa, sobre la limpísima mesa del patio. “Me mata mi mujer si me coge en este brinco”, dice risueño.
Con una de las tizas marca una raya gruesa, desde la punta del tanque hasta la base. Luego le pasa por encima un trapo mojado, pero sin mucha fuerza, solo para humedecer la raya, “a este le debe quedar poco porque lo hemos usado por varias semanas, pero igual sirve”, me dice y se aleja para contemplar su obra pictórica de un solo trazo.
A los pocos minutos es evidente que casi dos tercios de la marca de tiza están secos, más bien resecos. El tercio restante de la raya, justo el que está pegado al fondo del tanque, sigue húmedo, como si le hubieran acabado de pasar el trapo. Ignacio explica que hasta allí llega el llenado, “esto no falla, por eso los tramposos en Cuba, cuando te ven tiza y trapo en mano saben que no te vas a dejar engañar”.
Le pregunto de donde vino ese invento, “de algún cubano que no tenía nada que hacer”, en cuanto al principio físico que actúa sobre la tiza mojada es tajante, “qué sé yo, pero de que funciona, funciona, que es lo importante”.
Ignacio me asegura que los cubanos siempre han estado adelante en eso de tener trucos para descubrir las estafas, “me recuerdo que en Angola había mucho marfil falso y nosotros sabíamos cómo protegernos”. Pone cara de esfuerzo para recordar, después de tantos años, su misión internacionalista en África, “nos arrancábamos un pelo de la cabeza y lo envolvíamos en la figura del supuesto marfil, después le acercábamos la fosforera encendida, si el pelo se quemaba, falso, si el pelo se reía de la candela, el marfil era legítimo”.
Ignacio me revela historias cotidianas que yo no viví, “en los noventa estaban de moda en La Habana los sillones de madera, pero de la buena, había carpinteros por todas partes”. El truco estaba en que, para comprarlos, debías llevar un bolígrafo contigo, “preferiblemente una Parker”, le pregunto que si para firmar un contrato, se burla, “no abogado, no todos son papeles en la vida, la pluma esa carga un repuesto grueso que servía para probar la dureza de la madera, lo encajabas en diferentes partes del mueble y descubrías donde te intentaban pasar el pino por majagua”.
Yo sigo con lo de la tiza, no entiendo por qué hay que mandárselas desde Miami y no usan las de Cuba, “compadre allá no queda ni yeso”, se ríe recordando la de broncas que armábamos en las aulas tirando tizas en todas direcciones, “hasta los masareales de la merienda y las chapas de las botellas de refresco, todo servía para armar el tiroteo”.
Ignacio cambia el rostro, “si le cuento eso a mis sobrinos de Cuba pensarán que es una historia de ciencia ficción: merienda en las escuelas y niños capaces de botarla para jugar a la guerrita”, me mira buscando mi complicidad mientras masculla una frase lapidaria, “y entonces nos quejábamos”.
Yo asiento, dándole la razón, mientras me sacudo de la camisa las boronillas del masareal imaginario con que la añoranza me acaba de golpear en el centro del pecho.

video