MIAMI.- El escenario, el vestuario, la decoración, las palabras, los colores desvaídos, los papeles sujetados por unas manos temblorosas… El discurso pronunciado hoy por Raúl Castro, que fue transmitido en Cuba y seguido por millones de personas en todo el mundo, podría haberse producido hace 20, 30 o 40 años. Pero ocurrió hoy. Desde La Habana, con la misma retórica de siempre, el presidente disfrazado de dictador (o viceversa) anunció una victoria con sabor a derrota (o viceversa).
Los espías disfrazados de terroristas (o viceversa) vuelven a casa a cambio de la liberación del empresario Alan Gross, que se ha llevado la peor parte de los juegos diplomáticos entre los gobiernos de Cuba y EEUU.
A la misma hora del discurso de Castro, un Obama, vestido, peinado e iluminado para la ocasión vendía su decisión histórica “asegurando que el aislamiento no funciona”. Tiene razón el Presidente cuando apunta que estos 56 años de confrontación conforman la historia de los sucesivos fracasos de los gobiernos de Estados Unidos para desarrollar políticas que acabaran con el régimen castrista que tanto dolor ha causado dentro y fuera de la isla.
Y es ese dolor, el que contempla la posibilidad de que los malos hayan ganado la batalla, es el que empaña e imposibilita la acción de aplaudir la recién estrenada política norteamericana hacia Cuba.
Aunque el mismísimo Papa hay podido intervenir de buena fe y aunque éste sea el primer paso para llegar al final, ver a Raúl Castro al nivel de un presidente elegido democráticamente leyendo los papeles que avalan su supervivencia duele. También duele pensar en las familias de los miembros de Hermanos al Rescate contemplando la liberación de los espías que colaboraron en su asesinato.
¿Quién ganó y perdió hoy? ¿Obama? ¿Castro? Quienes seguro perdieron son las víctimas de la dictadura cubana, que jamás van a recuperar el pasado.