La Carta a los gálatas constituye una de las piezas más notables, no sólo del Nuevo Testamento, sino de la historia de las religiones.  Probablemente, fue el primer escrito de Pablo de Tarso, redactado allá por el año 49, y, desde luego, uno de los primeros del cristianismo primitivo. 

A pesar de no extenderse más de media docena de páginas, en sus capítulos se condensan diversos temas cuya relevancia llega hasta la actualidad.  Por ejemplo, Pablo establece taxativamente que la justificación es por la fe sin las obras de la ley –un tema retomado por la Reforma hace casi medio milenio– o que el verdadero judío no es el que desciende de Abraham sino el que tiene la fe del patriarca. 

Pero, fuera de consideraciones teológicas, la carta contiene un versículo que me ha venido a la cabeza en las últimas semanas y que dice lo siguiente: “Si os mordéis y os devoráis los unos a los otros, tened cuidado, no sea que os consumáis los unos a los otros”. 

La advertencia del apóstol es digna de reflexión. Hay situaciones en que las partes enfrentadas tienen la convicción de que pueden tragarse al contrincante. A veces, resulta bien; a veces, no.  Pero, en algunas de esas ocasiones, el enemigo al que se desea despedazar forma parte del mismo grupo social. Sin tener en cuenta el futuro del colectivo, pensando sólo en sus intereses, los rivales se lanzan a una guerra de todos contra todos.  El resultado, en múltiples ocasiones, es que se produce el desplome del conjunto simplemente porque las dentelladas no han dejado a nadie a salvo.

Los ejemplos históricos que corroboran la sabiduría de Pablo son múltiples, pero su visión es aplicable a episodios actuales. Fíjense, por ejemplo, los lectores en la situación por la que atraviesa en la actualidad el partido republicano.  Posiblemente, desde los años setenta no se enfrentaba con una crisis semejante. Ya no se trata sólo de la diferencia, más que saludable, entre candidatos, sino de un afán destructor del adversario que resulta excesivo y autoaniquilador. 

Desde los trucos no siempre ejemplares de Ted Cruz a la caída de Marco Rubio, por su supuesta blandura, pasando por un Donald Trump amenazante y boquirroto, da la sensación de que los candidatos han perdido la perspectiva de las necesidades nacionales para enzarzarse en un juego de puñetazos y patadas propinadas en cualquier parte de la anatomía del adversario. 

A decir verdad, en ocasiones, se tiene la sensación de que sólo Kasich –que carece de posibilidades– está conservando algo de sensatez en el espectáculo de las primarias. 

Cuando se contrasta semejante panorama con el que ofrece el partido demócrata –donde milagro sería que Hillary Clinton no se alzara con la nominación– no puedo dejar de temer que, finalmente, todo acabará consumido, como enseña la Carta a los gálatas, y llegar a ese punto no sólo sería una desgracia para el partido republicano sino también para esta gran nación.     

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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