Actor Ricardo Becerra hace llamado a la comunidad y a los políticos de Miami para poder cuidar a gatos en las calles
El actor denuncia obstáculos para alimentar gatos abandonados en un parque de Miami y pide a las autoridades “sentido común” ante una realidad que considera responsabilidad de todos
Ricardo Becerra cuidando de los gatos.
Fotos: Cortesía/Ricardo Becerra
Ricardo con su gato Pelusa.
Cortesía del entrevistado
Ricardo Becerra no solo alimenta a los gatos, sino que también vela por su salud y porque estén esterilizados.
MIAMI.- En un parque de Miami, los gatos comienzan a salir de entre los arbustos. Algunos avanzan con cautela; otros, con confianza. Todos esperan lo mismo: comida. Quien llega cada día con alimento y agua es el reconocido actor Ricardo Becerra, residente en Miami, quien ha destacado por su participación en el filme Plantados y en programas como Mi Abuela Cocina y Mi Abuelo Digital.
Lo hace con recursos propios, sin apoyo institucional, con la constancia de un monje, llueva, truene o relampaguee. Para él, no es un gesto extraordinario, sino una responsabilidad:
“Muchos de estos gatos no nacieron en la calle. Son animales domésticos que fueron abandonados”.
Un acto de cuidado que se convierte en conflicto
Lo que comenzó como una acción de ayuda terminó convirtiéndose en un problema.
Becerra asegura que ha intentado buscar canales institucionales para poder alimentar a los animales sin ser sancionado, pero la respuesta ha sido negativa: “Gracias a la intercesión de mi amigo, el tax collector (redaudador de impuestos) de Miami-Dade, Dariel Fernández, pude hacer llegar mi preocupación a la comisionada del Distrito 6, Natalie Milian Orbis. En ese momento se habló de la posibilidad de reunirnos para que yo pudiera explicarle con más detalle la situación de los gatos abandonados en el parque y la necesidad de poder alimentarlos, sin que me vieran como un delincuente”.
Como explicó: “Esa reunión nunca llegó a realizarse. En su lugar, fui atendido por su jefe de despacho, quien se comunicó conmigo y lo único que hizo fue enviar un correo electrónico al director del parque, con copia a mí, solicitando que se me permitiera alimentar a los gatos”.
“Al día siguiente, la respuesta del director fue una negativa absoluta, citando incluso los artículos del código que, según ellos, se estarían violando al alimentar a estos ‘animales salvajes’. Yo reitero que alimentar a un gato no puede interpretarse como alimentar a la fauna salvaje del parque. Los animales endémicos de ese entorno son los racoons (mapaches), los zorrillos, los patos o las ardillas. El gato, en cambio, es un animal doméstico que algún ser humano desalmado abandonó allí”, indicó Becerra.
Y agregó: “Por tanto, somos nosotros mismos, como sociedad, quienes tenemos la responsabilidad de corregir ese error y ayudar a esos animales indefensos que intentan sobrevivir en un lugar que no es su hábitat natural”. Y agregó: “Por tanto, somos nosotros mismos, como sociedad, quienes tenemos la responsabilidad de corregir ese error y ayudar a esos animales indefensos que intentan sobrevivir en un lugar que no es su hábitat natural”.
E hizo un llamado de ayuda: “Lo único que pido es sentido común por parte de nuestras autoridades para que entiendan que lo que estoy haciendo no es un delito, sino simplemente un acto de amor”.
Ricardo
Ricardo Becerra no solo alimenta a los gatos, sino que también vela por su salud y porque estén esterilizados.
Cortesía
Gatos comunitarios versus animales salvajes
Desde el punto de vista veterinario, la presencia de gatos en la calle no es un fenómeno natural. Muchas personas afirman que los gatos que viven en las calles son animales salvajes.
Para profundizar en el tema, preguntamos a Randy Domínguez, CEO y cirujano jefe de Westchester Animal Hospital y MiamiVetSurge.
“Desde el punto de vista veterinario, ‘animales salvajes’ es un término demasiado fuerte para ellos. Ellos son gatos que viven afuera, en la colonia, comunitarios, como lo quieras llamar, pero no se consideran estrictamente animales salvajes, sino gatos domésticos que viven afuera. En inglés se les dice feral cats, que viven en un estado libre”, planteó el especialista.
Y amplió: “El problema es que, biológicamente, los gatos son una raza domesticable y domesticada, pero lo que entra a variar ahí es el tema social. Si ellos no están acostumbrados a socializar con los humanos, por supuesto que se tornan agresivos. Pero a muchos de ellos los abandonan, incluso sin esterilizar; es impresionante. Pero eso no quiere decir que reaccionen así con un ser humano. Tú pones ahora un niño y lo crías completamente alejado, y no va a ser un niño social ni un ser humano capaz de socializar con otros seres humanos el día de mañana”. Y amplió: “El problema es que, biológicamente, los gatos son una raza domesticable y domesticada, pero lo que entra a variar ahí es el tema social. Si ellos no están acostumbrados a socializar con los humanos, por supuesto que se tornan agresivos. Pero a muchos de ellos los abandonan, incluso sin esterilizar; es impresionante. Pero eso no quiere decir que reaccionen así con un ser humano. Tú pones ahora un niño y lo crías completamente alejado, y no va a ser un niño social ni un ser humano capaz de socializar con otros seres humanos el día de mañana”.
“Entonces, les pasa lo mismo a ellos: muchos no están acostumbrados a socializar con los humanos. Otros sí; hay muchos gatos que, cuando llegan al hospital, les tengo que preguntar a los dueños: '¿De verdad que recogiste este gato de la calle? Porque está súper domesticado'. Eso significa que lo botaron, lo abandonaron. Pero, en resumen, teniéndolos bien controlados, haciendo un programa sistemático de esterilización, pueden vivir en su condición libre y, desde el punto de vista de la salud pública, no veo que ellos constituyan un problema”, acotó.
Más que alimentar: una red de cuidado invisible
Becerra no solo alimenta. También proporciona agua y, en algunos casos, atención básica a gatos enfermos.
Como él, otros voluntarios (conocidos como trappers) trabajan para capturar a los animales de forma humanitaria y llevarlos a esterilización. Sin embargo, según denuncian ellos, estos esfuerzos también enfrentan obstáculos, ya sean conflictos con autoridades o el rechazo y la falta de comprensión de otras personas.
Según reveló Becerra, algunos de sus conocidos incluso han tenido confrontaciones al intentar atrapar gatos con fines de control poblacional, algo que el condado Miami-Dade aconseja como medida esencial para evitar el aumento de gatos en la calle.
Un llamado a la empatía
La labor de residentes como Ricardo Becerra abre un debate en Miami: si alimentar gatos callejeros debe verse como una infracción o como una colaboración comunitaria que ayuda a controlar una población que las autoridades no pueden manejar solas.
Para Becerra, el debate no es solo legal sino, sobre todo, moral. Considera que existe una contradicción entre la realidad de los gatos abandonados y la forma en que algunas normativas se aplican en espacios públicos.
“No estamos hablando de fauna salvaje. Estamos hablando de animales domésticos que alguien dejó atrás”, insistió. “No estamos hablando de fauna salvaje. Estamos hablando de animales domésticos que alguien dejó atrás”, insistió.
Como recalcó, alimentar a un animal abandonado no debería ser un delito: “Cuidar a los gatos comunitarios no debe ser una infracción, sino una forma de responsabilidad cívica”.
Mientras el debate continúa, su rutina no cambia. Cada día vuelve al parque con comida, agua y la convicción de que pequeños actos pueden marcar una diferencia. Porque para los gatos que lo esperan, ese gesto significa su supervivencia.
En Miami se estima que hay más de 300.000 gatos comunitarios, una población que el sistema de refugios no puede absorber por completo. Por eso, el futuro del manejo de estos animales no depende solo de las autoridades, sino de una combinación de políticas públicas inteligentes y participación ciudadana.
La esperanza de Becerra es que más personas comprendan que ayudar a estos animales, con educación y esterilización, no es un problema, sino parte de la solución. Porque al final, una ciudad no se mide solo por sus edificios o su crecimiento, sino por la manera en que trata a los más vulnerables (ya sean personas o animales) cuando nadie más está mirando. A fin de cuentas, la pregunta no es si los gatos son parte de la ciudad. La pregunta es si la compasión todavía es parte de nosotros.