Un chapucero trozo de cartón pintado con crayola anuncia la venta de una casa descolorida en el barrio de La Víbora, a treinta minutos en automóvil del centro de La Habana.

Amanda, su dueña, pobre a rabiar, si logra vender la casa por el equivalente a 40 mil dólares, pretende comprar dos pequeños apartamentos, uno para su hija y otro para su hijo.

La casa necesita con urgencia una reparación de fondo. Pero la familia de Amanda no tiene el dinero necesario para emprender las obras. Frank, 36 años, su hijo, es custodio de una escuela secundaria y devenga un salario de 365 pesos, alrededor de dieciséis dólares al mes, y para ayudar en el sustento familiar es donante voluntario de sangre.

El régimen cubano no paga por esas donaciones. Frank, quien dona sangre hasta dos veces al mes, debiera recibir unas diez libras de viandas, medio kilogramo de pescado y tres libras de pollo.

“Siempre hay atrasos. Es un fastidio. En cada municipio existe una bodega asignada para distribuir esos alimentos a los donantes. Pero nunca se cumple. Y lo que es peor, el Gobierno no te lo reintegra. El pescado, por ejemplo, nunca lo recibes. Varios donantes enviamos una carta al Ministerio de Salud Pública quejándonos por la falta de suministros, pero no hemos recibido respuesta”, se queja Frank.

Negocio

La precariedad material en Cuba es brutal. Un número creciente de familias en sus casas tienen muebles de medio siglo o más de antigüedad, carecen de electrodomésticos modernos y deben estirar su ropa y calzado hasta el infinito.

Aunque el mayor problema es la comida, que devora entre el 80 y 90 por ciento del salario promedio, que según datos oficiales equivale a 26 dólares mensuales.

Odalys, enfermera de un banco de sangre, cuenta que “la mayoría de los donantes voluntarios extraen su sangre para resolver un poco de comida para sus casas. Incluso hay gente que ocasionalmente dona sangre para recibir como merienda un bocadito de jamón y queso y un refresco enlatado”.

Los CDR, una organización de corte paramilitar creada como embrión de apoyo a los servicios especiales, lo mismo se dedican a recolectar materias primas, efectuar guardias nocturnas que a delatar disidentes y sospechosos de ‘enriquecimiento ilícito’, un acápite jurídico aberrante aplicado por el castrismo a cualquier persona que eleve su calidad de vida.

También, los CDR hacen campaña por las donaciones de sangre. Una vecina de la barriada de Lawton, presidenta de un Comité, afirma que “cada vez son menos las personas que quieren donar sangre. Los CDR se han convertido en un relajo, solo se ocupan de chivatear a los disidentes. Hace rato que en mi cuadra no se hace guardia, tampoco actividades recreativas”.

Danaisis, médica desde hace tres años, reconoce que “incluso en los grandes hospitales de La Habana, donde a diario se efectúan decenas de intervenciones quirúrgicas, en sus bancos de sangre no hay plasma suficiente. Cuando un paciente tiene que operarse, la sangre deben donarla sus familiares. O comprarla a personas que cobran 20 cuc por donación”, unos 20 dólares al cambio.

Tanto Frank, como el resto de donantes voluntarios del municipio 10 de Octubre, la enfermera Odalys y la doctora Danaisis desconocen que el Estado anualmente exporta cientos de millones de dólares en derivados de sangre humana.

Exportación

Según María Werlau, directora ejecutiva del proyecto Archivo Cuba, en un artículo publicado el 4 de junio de 2016 en Diario de Cuba, “durante décadas, el Estado cubano ha coordinado un negocio multimillonario, basado en el comercio de la sangre que extrae a ciudadanos que ignoran ese tráfico y que no reciben remuneración alguna por sus donaciones. Ya a mediados de la década del 60, los informes indicaban que Cuba vendía sangre a Vietnam y Canadá. En 1995, Cuba exportó sangre por valor de 30,1 millones de dólares estadounidenses, por lo que este comercio representó su quinto producto de exportación, solo superado por el azúcar, el níquel, los mariscos y el tabaco.”

Werlau aporta cifras. “En las estadísticas oficiales del Gobierno cubano, que publica la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), no figuran estas exportaciones, pero los datos del comercio mundial indican que en los 20 años transcurridos entre 1995 y 2014, Cuba exportó 622,5 millones de dólares en derivados de sangre humana -lo que arroja un promedio anual de 31 millones de dólares- en el marco de la Clasificación Uniforme para el Comercio Internacional (SITC 3002), para componentes de sangre humana (plasma, etc) y productos médicos derivados del plasma (PDMP, por sus siglas en inglés)”.

En ese artículo, la directora de Archivo Cuba denunciaba que, “el grueso de esas exportaciones se ha destinado a países cuyos gobiernos autoritarios son aliados políticos de Cuba, probablemente a entidades estatales que aplican criterios menos estrictos, tanto éticos como de otra índole (Irán, Rusia, Vietnam, Argelia hasta 2003; luego a Venezuela, Brasil, Argentina y Ecuador). Según informes del Gobierno cubano, el 95% de todas las unidades de sangre humana acopiadas se fracciona en sus componentes, lo que permite un comercio mucho más lucrativo que cuando solo se vende el plasma, y facilita la producción de derivados del alto valor, como el interferón, la albúmina humana, las inmunoglobulinas, los factores de coagulación, las toxinas, las vacunas y otros productos fármacos. Este comercio de exportación dispone de una considerable ventaja sobre sus competidores, ya que se ahorra el costo habitual que representa el pago a los donantes por la sangre, que es la materia prima del negocio”.

Exportar plasma, ya sea animal o humana, no es un delito. Lo repudiable es la falta de transparencia del régimen de Raúl Castro. O que cubanos como Frank tengan que donar sangre a cambio de un puñado de viandas y unas pocas libras de pollo. Alimentos cuyas entregas la mayoría de las veces el Estado incumple.

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