POR MIGUEL LARA HIDALGO

Amanece en La Habana, que no es poco. Los vecinos del arca de Mercedes despiertan: Babi prepara para todos café con leche y pan tostado con mayonesa. El hijo de Vilma la llama desde Brasil para darle los buenos días. No hay electricidad, ni gas, ni agua pero escucha risas y eso lo tranquiliza.

“Somos el clan de los sobrevivientes”, cuenta la madre. “Me ofrecieron una cama personal y nos ayudamos entre todos. Ayer Ailyn, la nuera de Mercedes, trajo almuerzo y comida caliente para todos porque en el trabajo del marido hay luz y agua. ¡Y pudimos tomar agua fría!".

"Voy a esperar un poco para inyectar a Olga, la penicilina tiene que ser cada 12 horas". Vilma es la médica de un grupo de vecinos del edificio “Nina”, de la calle 13 # 55 entre M y N en El Vedado, el barrio habanero más afectado por las inundaciones costeras provocadas por el huracán Irma. “Olga tiene neumonía y no podía ir al policlínico porque todo estaba bajo el agua. A otro vecino con fiebre le indiqué un antibiótico y ya se le quitó, montamos aquí un hospital de campaña”, cuenta.

El apartamento de Mercedes está en el primer piso del edificio y también aloja a María, vecina de la planta baja. Neri, por su parte, se autoevacuó en la casa de Carlos, también en el mismo nivel. De nada vale vivir a una cuadra de la Embajada de los Estados Unidos, la zona más alta del Malecón. El mar no respeta jerarquías diplomáticas: el agua subió poco más de un metro, con olas de hasta ocho metros de altura.

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Nadie saca cuentas ni se lleva el apunte de lo que aporta cada uno. En reverberos con alcohol, cocinan lo que va quedando de antes. No hay dónde comprar: los famélicos supermercados se desplomaron ante Irma y las mercaderías se perdieron. Algunos intrépidos se hicieron con botellas de ron, latas de malta o de refresco que nadaban por las aguas. No se habla de política, porque los discursos no caben en la azucarera y esperar por el gobierno no rinde frutos.

“David es el hijo de Babi y con 16 años ha trabajado muchísimo. Junto con Eduardo del tercer piso y Juancito del edificio de enfrente subieron refrigeradores, muebles, de todo. Pocholo, así le dicen al hijo de Vladimir, me ayudó con los colchones.”, narra Vilma. Horas antes de la furia de la naturaleza, fotos, memorias, marcas del alma… también pudieron guardarse en estantes altos, pero muchos cubanos no tuvieron la misma suerte.

Al segundo día, las aguas bajaron y el asombro volvió: el desastre fue peor que la Tormenta del Siglo de 1993 y se extendió hasta la calle 13 y G, donde no había llegado antes. Comienza el conteo de daños: los muros que separan un edificio con otro cayeron, la puerta principal de entrada colapsó ante el ímpetu del mar, la pared con los contadores de luz ya no existe, cada vez queda menos de aquella fortaleza arquitectónica de los años cincuenta. La Habana, a duras penas, sobrevive una vez más.

No hay tiempo para el llanto. Los vecinos comienzan a limpiar la inmundicia en la planta baja usando el agua contaminada de la cisterna. Entran a los apartamentos afectados a sacar lodo, ramas, restos de no se sabe qué. El olor es insoportable. “Mercedes se metió en el fanguero a ver en qué podía cooperar y se puso a destupir los tragantes. Cooperaron muchos vecinos, hasta Samanta que tiene 14 años y es la nieta de Andrés del cuarto piso. También Rolando, Lazarita y el “Gallego” del primero ayudaron a limpiar.”

Lázaro, el novio de Marisela –otra vecina de la planta baja-, y Aldo, el esposo de Babi, “siempre estuvieron con buen carácter, me ayudaron a abrir y cerrar la puerta del apartamento”, dice Vilma. “Hacía falta fuerza porque el agua hinchó la madera”.

Mercedes y Olga me dicen por teléfono: “quédate tranquilo que te vamos a cuidar a tu mamá”. Un amigo publica en su muro de Facebook: “Resumen de un huracán: no te olvides nunca de todos los que te ayudaron y se preocuparon por ti, esos son los que son. Lo demás es área verde". Por eso esta nota es un inmenso “gracias” a todos los vecinos de un edificio cualquiera de la calle 13 que se convirtió en un templo de la humanidad, de la solidaridad y del amor.

Miguel Lara Hidalgo. Periodista cubano residente en Brasil.

FUENTE: Especial

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