LA HABANA.- Por las mañanas y hasta que cae la noche, Yasmani, 34 años, vende vegetales, viandas y frutas en una tarima ambulante que armó en el portal de su casa. Cuando termina la jornada, cuenta el dinero obtenido. Una parte lo guarda en su desgastada billetera de cuero y la otra en una lata de galletas. “El dinero de la lata es para poder seguir comprando productos agrícolas al intermediario que me abastece”.

Yasmani nació en un poblado montañoso de Santiago de Cuba. La vida familiar era una foto fija. Su padre se levantaba a las cinco de la mañana a labrar la tierra en el rancho, la madre tostaba café, cocinaba y lavaba la ropa a la orilla del río. Él y sus cinco hermanos caminaban tres kilómetros hasta la escuela rural.

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“No había luz eléctrica. A las ocho de la noche ya estábamos durmiendo. Las personas mayores bebían ron como si fuera agua. Los muchachos íbamos a bañarnos a una cañada cercana. La primera vez que tuve sexo, al igual que cualquier guajiro, fue con una puerquita”, recuerda Yasmani. Con 17 años ingresó en el servicio militar. Fue escogido para trabajar como policía en La Habana. Pasó un curso exprés y a los seis meses estaba haciendo rondas en la barriada pobre y marginal de Cayo Hueso, en el corazón de la ciudad.

“Teníamos una área extensa que vigilar. Imagínate, un guajirito en una zona caliente de la capital. Éramos el choteo de la gente, por nuestra forma de hablar “cantando”. Constantemente teníamos que llegar acompañados de una o dos patrullas para detener a varios muchachos por sus burlas hacia nosotros. Eso nos granjeó antipatía. Una táctica de los camajanes del barrio era corromperte. Las jineteras que se prostituían te sonsacaban y al final el propio policía terminaba sirviéndoles de protección a ellas y a un montón de maleantes [delincuentes]. Muchos de los policías orientales, a los pocos meses aprovecharon esas circunstancias para hacer dinero. O buscarse una mujercita con casa en La Habana y no regresar a Oriente, donde la cosa siempre ha estado en candela [muy difícil]”, cuenta Yasmani y agrega:

“La vida de un policía raso en Cuba es durísima, incluso si son oficiales. Aunque el salario ha mejorado, mil y pico de pesos (al mes), no alcanzan como tampoco le alcanza al resto de la población. Por eso muchos policías se corrompen. Hay varias formas. Cuidando los intereses de tipos con dinero como los boliteros (apuntadores de números para una especie de lotería ilegal), dueños de negocios legales o ilegales. Deteniendo personas que usted comprueba que están robando o malversando y pacta un trato con ellos. Le dicen te dejo marchar y me quedo con los artículos robados”.

Julio, ex administrador de una pizzería estatal en La Víbora, en el municipio habanero de Diez de Octubre, hoy residente en Estados Unidos, tenía un modus operandi con patrullas policiales que lo provisionaban de carne de res. “Hubo un momento que tres y cuatro patrulleros trabajaban para mí. Me traían la carne de res que ocupaban a la salida del Matadero de Lawton. Luego yo se la pesaba en la pizzería, la vendía y compartíamos el dinero a partes iguales”, recuerda en un mensaje a través de Whatsapp.

Fermín, quien durante más de treinta años fue oficial del DTI (Departamento Técnico de Investigaciones) afirma que son frecuentes en el cuerpo policial los casos de corrupción. “Se empieza ganando cientos de pesos y se termina involucrándose en delitos más graves. Creo que donde eso es más evidente es en La Habana. Los cuerpos policiales de otras provincias son menos corruptos y suelen ser más profesionales. Pero los habaneros no quieren ser policías, entonces hay que traerlos de otras provincias. La Habana es una ciudad muy compleja, donde la corrupción, las drogas, la prostitución y el mercado negro cuentan con redes muy bien articuladas y abastecidas por funcionarios de cierto rango que trabajan en instituciones del Estado. Otro problema es la poca profesionalidad del cuerpo policial. Al estar constantemente rotando, no logran consolidar un protocolo estándar de buen trato al ciudadano. No pocas veces nuestros policías son agresivos verbalmente con las personas a las cuales les piden su carnet de identidad o a las que detienen. Otro fenómeno muy habitual es encasillar a un ciudadano por el color de la piel, sexualidad o ideología. Y a priori lo catalogan de delincuente, incumpliendo los procedimientos policiales”.

Según el exoficial Fermín, desde hace veinte años, el uso de la fuerza policial ha aumentado considerablemente en Cuba. “No creo que el nivel de brutalidad sea comparable a la policía de México, por ejemplo. Pero durante el periodo especial [agravamiento de la crisis económica en Cuba tras la caída del bloque socialista de Europa del Este], producto del descontento social, la escasez y la miseria en amplios sectores de la sociedad, fueron creciendo los casos de personas que ofendían y agredían a la policía. Ocurrieron asesinatos y lesiones graves a algunos policías. Entonces se determinó aumentar el uso de la fuerza durante las detenciones. A los autos patrulleros se les colocó un cristal que separa los asientos delanteros del trasero. Se ordenó esposar con las manos detrás y otros protocolos como el uso de las tonfas y el spray cuando la situación se podía salir de control. El uso del arma de fuego es la última opción. Antes de disparar a ser humano, debe hacerse un disparo preventivo al aire. Pero muchos policías no están preparados física ni militarmente para enfrentar determinadas situaciones que ahora mismo se están dando en Cuba. La policía debe reciclar sus métodos de adiestramiento, que se aprenda a manejar ciertos escenarios donde no necesariamente se debe usar la fuerza”, alega Fermín y añade:

“Cuando se detiene a un anciano y de mala forma se le decomisan las jabas de nailon o cigarrillos sueltos que estaba vendiendo, te ganas el repudio popular y la gente en la calle te grita abusador. Eso está sucediendo, cuando alguien protesta en una cola o porque no entró el agua a su vecindario, la emprende a gritos contra la policía. El caso de las dos jóvenes golpeadas por un oficial en Lawton se pudo evitar. Igual que la muerte del joven Hansel Ernesto en Guanabacoa”, hecho que ha conmocionado a la población en Cuba.

Un policía del municipio Cerro explica que las detenciones a disidentes y periodistas independientes no debieran estar entre sus funciones. “Para eso está la Seguridad del Estado. Pero la Seguridad tiene luz verde en Cuba. Ellos llegan a una unidad de policía y sacan a los oficiales de su oficina para entrevistar a un disidente. O, sin delito previo, te dicen que metas en un calabozo a un opositor. Y si uno no cumple la orden, se mete en un lío gordo”.

DIARIO LAS AMÉRICAS les preguntó a diez personas su valoración sobre la policía cubana. Irma, empleada bancaria, dijo que en un rango del uno al diez, ella le daría una nota de cinco. “Tres décadas atrás, la policía era más instruida y efectiva en su trabajo. Ahora usted va a la unidad y hace una denuncia por robo y la mayoría de las veces los casos no se resuelven. Solo en las series que pasa la televisión cubana la policía es mostrada como altamente profesional”.

Abdel, taxista, considera que en todas las sociedades se necesitan agentes del orden que protejan a la población. Pero la frontera entre lo permisible y el exceso policial es muy corta. “Y es evidente que un segmento de policías en Cuba no dominan el reglamento interno ni las propias leyes que dicen defender. A veces se entrelanzan a puñetazos con un ciudadano como si fuera un cartel de boxeo. Para mí, los más corruptos son los policías de tránsito. Viven de las mordidas [multas injustificadas] que le dan a los taxistas”.

Por su parte Gladys, oficial de la policía, argumenta que ha mejorado la presencia policial en la escena del delito. “Hace unos años un ciudadano llamaba a la policía y se podía demorar hasta dos horas en llegar. En estos momentos llega en menos de veinte minutos, en el caso de La Habana. Es verdad que es necesario hacer una limpieza en el cuerpo policial, pues existe corrupción y policías ineptos, pero son los menos”.

Octavio, maestro de primaria, opina que la policía cubana debe cambiar sus métodos en el trato hacía los ciudadanos. “Si un ciudadano que nunca ha cometido un delito, como es mi caso, cuando ve a un policía siente temor y la primera reacción es tratar de esquivarlo, es que las cosas no están funcionando bien”.

Aunque los medios oficiales intentan maquillar la imagen de la policía nacional, lo cierto es que cada vez son más los cubanos que no confían en la profesionalidad, honestidad e imparcialidad de quienes se supone están para cuidarlos, protegerlos, defenderlos, orientarlos. En Cuba está ocurriendo todo lo contrario.

Especial
@DesdeLaHabana

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