Blanco reconoce que existe una inclinación natural a proyectar el futuro desde la experiencia más reciente —en este caso, el de Venezuela—, la dinámica de Cuba es distinta y está condicionada por factores históricos, legales y estructurales que no existen en ningún otro país de la región: “Yo no lo veo así. Creo que lo que va a suceder en Cuba —y creo que va a suceder— es una operación totalmente diferente a la que se usó en el caso de la modalidad venezolana”.
Uno de esos elementos diferenciales es el marco jurídico que condiciona cualquier proceso de transición para la isla. A diferencia de Venezuela, el escenario cubano está regulado por una legislación específica del Congreso de Estados Unidos: la Ley Helms-Burton o Ley Libertad, aprobada en 1996 con amplio respaldo bipartidista. “Para tú echar para atrás esa ley no basta una mayoría simple; tendrías que tener una mayoría de dos tercios del Congreso, algo que en las circunstancias actuales es prácticamente imposible”, menciona el analista.
Esa normativa, subraya, no solo sigue plenamente vigente, sino que define con precisión el diseño del cambio político que Washington contempla para la isla. “No son tres fases, como se ha establecido para Venezuela. Son dos: un gobierno de transición y, posteriormente, un gobierno democráticamente electo”, puntualiza.
El objetivo del gobierno transicional sería “estabilizar el país y empezar la reconstrucción”, aunque su origen dependerá “de lo que las circunstancias concretas de Cuba permitan en ese momento”, abriendo la puerta a fórmulas diversas, incluida una combinación “cubano-cubanoamericana o cubano-diáspora”, siempre con respaldo estadounidense conforme a lo que establece la ley.
Acercamientos personales
En ese contexto, Blanco no descarta que existan movimientos discretos dentro del propio aparato del poder con funcionarios estadounidenses, aunque aclara que no se trata de negociaciones oficiales. Según explica, “hay gente que está tratando de acercarse, no necesariamente porque le hayan dado oficialmente un mandato para acercarse a los EEUU y conversar, sino como individuos que están explorando su propia salvación en el escenario futuro”.
A su juicio, se trataría de contactos informales, orientados al “intercambio de opiniones, intercambio de información con funcionarios americanos y, eventualmente, discutiendo algunas ideas”, sin que ello implique una representación formal del régimen cubano ante Washington.
Estos canales, añade, podrían limitarse también a asuntos puntuales y sensibles, como el tema migratorio. En ese sentido, plantea que Estados Unidos podría advertir a La Habana que “ni se les ocurra, cuando la gente empiece a protestar por la situación, abrir la compuerta de la migración, porque no se lo vamos a permitir”, una señal de que Washington no estaría dispuesto a tolerar una repetición de crisis migratorias inducidas.
Frente a las comparaciones con una eventual “extracción” de líderes del régimen —como ocurrió con Maduro y su esposa, Cilia Flores—, Blanco es categórico. “Imagínate tú una operación de extracción de un viejo de 94 años”, dice en referencia a Raúl Castro, a quien identifica como el verdadero centro del poder en La Habana. Sobre Miguel Díaz-Canel, su diagnóstico es aún más lapidario: “Extraer a Díaz-Canel, que es un monigote, un completo monigote que ni pincha ni corta, es una pérdida de tiempo y de recursos”.
“Descabezar el aparato represivo”
Desde su perspectiva, cualquier uso de la fuerza no debería centrarse en figuras simbólicas ni en contra de capacidades militares obsoletas. “Tirarle bombas a los tanques no tiene sentido; yo creo que los tanques ni caminan ya. Tirarle a los aviones, creo que quedan cinco y no sé ni siquiera si están en condiciones de volar”, ironiza.
El experto contrasta este escenario con el venezolano, donde existía “un aparato de defensa poderoso, pero obsoleto”, neutralizado mediante guerra electrónica. “Ese no es el caso de Cuba”, insiste, al remarcar que el poder del régimen cubano no descansa en su capacidad militar frente a Estados Unidos, sino en su estructura represiva doméstica.
Considera que la clave estaría en “descabezar el aparato represivo”, apuntando a “los jefes operativos de las unidades represivas”, como fuerzas policiales especiales y estructuras de contrainteligencia dedicadas a la persecución de opositores y disidentes.
En su opinión, el eje central del conflicto es “el pulso entre el pueblo cubano y el poder”, un pulso “injustamente desequilibrado” porque “el poder está armado para reprimir a la población, y la población está desarmada”. En ese escenario, afirma, la intervención de un tercero puede modificar radicalmente la ecuación.
“Cuando Estados Unidos interviene del lado del pueblo y le dice al bravucón del barrio ‘ni se te ocurra sacar a la calle tus escuadrones de la muerte’, se rompe la cadena de mando. “Una vez que se rompa la cadena de mando, se acabó, se desmorona el régimen, porque lo único que tiene ese régimen que funciona es la represión contra el pueblo. Más nada funciona”, subraya.
Agudización de la crisis
Advierte, no obstante, que ese aparato podría activarse con mayor fuerza en los próximos meses, en medio de una crisis estructural que entraría en su terminal. “Yo creo que la situación se va a deteriorar, en primer lugar, en Cuba, y en segundo lugar, en el terreno de la relación bilateral con Estados Unidos. Las dos se van a deteriorar”, señala.
El detonante principal sería el colapso energético. “En la medida en que se acabe el petróleo y no haya electricidad ni agua, la población va a estar viviendo en condiciones angustiosas, realmente angustiosas”, alerta, situando ese escenario en un plazo de “dos o tres meses”.
A su juicio, la magnitud de la crisis podría superar cualquier antecedente reciente. “Si creíamos que estaban en una situación final, crítica, no: va a ser mucho peor todavía”, afirma, al compararla incluso con el contexto previo a la guerra de 1898. Ante ese deterioro, considera inevitable una nueva ola de protestas.
“Es muy probable que la gente no aguante más y salga otra vez a la calle”, advierte, aun cuando el régimen intente neutralizarlas cortando Internet. “Con Internet o sin ella, la gente se puede lanzar a la calle en muchos lugares del país”, advierte, especialmente al acercarse el verano, una etapa históricamente asociada a mayor efervescencia social.
Ante la inminente agudización de la crisis que despierte una nueva ola de protestas, el analista destaca que el régimen en lugar de adoptar medidas paliativas, como la liberación de producción agrícola, otorgar libertad real a la empresa privada o levantar las restricciones a la inversión extranjera, ha buscado apoyo externo para su aparato represivo.
“¿Ha recibido Raúl Castro al ministro de petróleo ruso? No. ¿Al de Angola, Colombia o Brasil, que tienen petróleo? No. ¿A quién recibe Raúl Castro? Al ministro del Interior, léase, al jefe de la represión en Rusia. La única colaboración que Rusia les va a brindar no es para modernizar la economía, sino para reprimir las manifestaciones que ellos, al igual que yo, están previendo que van a suceder casi inevitablemente”, sostiene.
Una guerra contra el pueblo
En cuanto al Estado de Guerra, que el régimen estaría evaluando declarar, alerta que sería recurrir al marco constitucional para institucionalizar la represión. Recuerda que la Constitución de 2019 contempla, en su Título X —titulado "Defensa y Seguridad Nacional"—, la declaración de un Estado de Guerra o de excepción. “Eso, traducido al español, se llama golpe militar contra el gobierno y el Estado civil”, afirma.
Bajo ese esquema, explica, “se suprime la Constitución, desaparecen todas las instituciones del Estado y todo se subordina a una junta militar”. En este punto es contundente, el régimen se prepara para una guerra, pero “esa guerra no es contra los americanos; es la guerra contra el pueblo, contra las manifestaciones y contra las protestas”.
“Son los cubanos los que tienen que luchar activamente por su libertad”, afirma, pero plantea un rol más directo de Washington: “Es posible que EEUU tome una acción en Cuba similar a la que han estado amenazando con tomar en Irán, apoyando a los manifestantes y castigando a las unidades represivas”.
“A noventa millas, para EEUU es tremendamente fácil castigar puntualmente a los jefes de las unidades que repriman a la población y neutralizar el aparato represivo de la dictadura”, explica, al estimar que una intervención de ese tipo “nivelaría el terreno” y enviaría un mensaje claro al régimen: “Entiéndase con su pueblo hablando, porque si usan las armas, nosotros los vamos a castigar”.