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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- No hay mejor país para montar un escenario surrealista que Cuba. En octubre de 2017, cuando los vientos huracanados de Irma arruinaban lo que encontraban a su paso, una foto que dio la vuelta al mundo explicaba el disparate político y la indiferencia ciudadana.

Las aguas del Océano Atlántico saltaron el muro del malecón habanero y en asociación con los aguaceros macondianos, anegaron barrios pobres de la capital como Colón, San Leopoldo, Jesús María, Belén y Los Sitios.

La Habana colapsaba, las personas saqueaban los mercados que comercializan en divisas y en una mesa en medio de una calle inundada de agua sucia, cuatro morenos impertérritos jugaban dominó y bebían ron, mientras una parte de la isla se venía abajo. Esa fotografía se parece tanto a nuestra realidad que asusta.

Dos meses después del paso del ciclón, en enero de 2018, un remedo de elecciones, las 168 asambleas municipales, por pura resignación ciudadana, elegían a 605 candidatos a diputados al monocorde Parlamento cubano.

El 19 de abril, la Asamblea Nacional del Poder Popular “escogía” a quien ocuparía el puesto de presidente designado de la nación. En el exterior, la noticia fue que el nuevo gobernante no lleva el apellido Castro. Pero, para desgracia de los cubanos de la isla, al día siguiente de ser proclamado, Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez prometía más castrismo, planificación económica y férreo control estatal en cualquier estamento de la vida ciudadana.

Esa mañana, tras ser anunciado Díaz-Canel como nuevo gobernante, un tanto azorado y tímido leía el peor discurso que se recuerde de alguien que asume la presidencia. “No prometo nada”, resumía en su desastrosa estrategia presidencial. Y se declaraba ferviente seguidor de Fidel Castro y del 'compañero Raúl'. Más transparente y sincero no pudo ser.

Nacido en Placetas, Villa Clara, al centro de la isla, un 20 de abril de 1960, Díaz-Canel nunca se vendió como reformista ni estadista de calibre. En todo caso es un mascarón de proa. Un tipo que sin complejos dice que todas las mañanas recibe consejos de su manager político, Raúl Castro. Es un político pragmático. Conoce al dedillo que el barco se hunde.

Pero está formado por la vieja escuela fidelista, de resistir hasta el último suspiro. No va a proclamar grandes cambios económicos y políticos si el pueblo no se lo exige. El castrismo no es una ideología, ni siquiera una teoría política. Es una cofradía de funcionarios, militares y burócratas que se benefician más si renuncian a la democracia.

Si el castrismo en 60 años no ha funcionado, difícilmente funcione el neo castrismo o tardo castrismo representado por Díaz-Canel. El estilo de gobernar de Castro I se caracterizó por su incapacidad para administrar con decencia el servicio público, producir alimentos, desarrollar económicamente la nación y llevar prosperidad a los ciudadanos. Pero si en algo destacó fue en el manejo de la diplomacia, en el control social y la represión a opositores.

En los primeros ocho meses, Díaz-Canel trabajó en modo de exploración. Estuvo presente en el lugar donde cayó un avión de pasajeros en La Habana y visitó el municipio Batabanó después que un temporal que provocó inundaciones. Suele diseccionar los disimiles problemas estructurales del peculiar sistema cubano y su única promesa, que suena a farol, ha sido asegurar que en diez años resolverá el déficit de viviendas en el país. Habrá que esperar.

Para la gente de a pie, Díaz-Canel es opaco y sus discursos aburridos. Sus recorridos por diferentes ciudades y municipios de la Isla la gente los ve como una apuesta desdibujada del populismo que acostumbraba Fidel Castro.

En la Cuba actual, las inversiones en infraestructura pública son mínimas. Si acaso se gasta dinero en mejorar las redes hidráulicas y una mano de pintura barata en hospitales. No se planifica la construcción de círculos infantiles, nuevos centros de salud y educacionales. El transporte es un caos.

Es difícil que una institución administrada por el Estado tenga nota de aprobado. Lo que mejor funciona en Cuba viene del sector privado. Restaurantes, bares, peluquerías. Pero desde el verano de 2017 el régimen aplicó la marcha atrás a las reformas del trabajo por cuenta propia (TCP). ¿Por qué? Un funcionario municipal del partido que llamaremos Óscar ofrece la respuesta.

“El TCP siempre fue visto como algo coyuntural. Si en 2010 se aplicaron reformas de corte económico y se amplió el ‘cuentapropismo’ fue por la sencilla razón de que el Estado necesitaba dejar desempleado a un millón y medio de personas. Pero quedaron disponibles solo medio millón. Se pensaba que con el cerco fiscal y el control de los inspectores no crecería demasiado el trabajo privado. Pero quedó demostrado que cuando se trabaja en beneficio propio, el individuo es capaz de superar cualquier barrera. El TCP ha sabido gestionar el desabastecimiento y la falta de un mercado mayorista con creatividad, burlando las normas impositivas e importando por la izquierda. Hoy nadie cena en un restaurante estatal, van a una paladar. Y en otros sectores también le hacen una fuerte competencia al Estado”, señala la fuente y concluye:

“La estrategia política de Obama de importar y otorgar créditos a los cuentapropista amedrentó al Gobierno. Si ese sector seguía creciendo a golpe de dólares, en poco tiempo podría provocar cambios económicos de mayor calado, e incluso político. El Estado los ve como un Caballo de Troya. [Más] un enemigo que un amigo. Miles de profesionales han dejado sus carreras para convertirse en emprendedores privados, lo que preocupa al gobierno y por eso buscan un mayor control sobre el trabajo por cuenta propia”.

La Cuba del 2018 fue ‘gatopardismo’ puro. Aparentar cambios, sin que nada cambie. La economía sigue en recesión. Los optimistas presentadores de televisión anuncian crecimientos productivos que jamás aterrizan en la mesa de las familias cubanas. Los precios de los alimentos crecieron entre 10 y un 25 por ciento. Los mercados en divisas están más desabastecidos que nunca. Declaraciones recientes de Alejandro Gil, ministro de Economía y Planificación, dan a entender que no hay posibilidades de revertir la situación en 2019.

Entre octubre y noviembre, Miguel Díaz-Canel y su esposa Lis Cuesta, en visita oficial recorrieron China, Rusia, Corea del Norte, Vietnam, Laos y una breve escala en Londres. Nadie abrió la billetera. Putin se enroscó en la misma posición: invertir el diez por ciento de la deuda condonada a Cuba en el transporte ferrocarril y centrales eléctricas y venderle armas. China prefiere esperar. No ve rédito a corto plazo. Públicamente se monta en el discurso de apoyar a sus camaradas de viaje, aunque el dinero sigue en casa. Corea del Norte y Laos fueron visitas de corte ideológico. Vietnam los empuja a la economía de mercado, pero el castrismo se lo piensa.

La autocracia verde olivo busca con desespero inversiones extranjeras. En octubre de 2018, Cubadebate reportaba que la Zona Especial de Desarrollo del Mariel atraía 474 millones de dólares, el mayor monto de inversión en cinco años. Emilio Morales, presidente del Havana Consulting Group, estima que esa cifra es cinco veces inferior, a los gastos de las mulas que viajan a comprar mercancías a Rusia, Haití, México o Panamá, para después vender lo que traen en el mercado negro cubano.

Es evidente que el régimen de La Habana vive en otra dimensión. Díaz-Canel quiere promover el gobierno electrónico y crear mecanismos informáticos para que la población pueda intercambiar con los funcionarios del Estado y gestionar con inmediatez sus problemas. Anunció la apertura de una web gubernamental y un canal en You Tube. Y pidió que todos los ministros abrieran cuentas en Twitter y fueran activos en las redes sociales.

“¿En qué país vive el Canelo? Una hora de internet en cualquier zona wifi cuesta un peso convertible y el internet de datos en los móviles, el más barato, cuesta 7 cuc. Él cree que la gente se va a gastar un tercio de su salario pa' chatear con ministros y funcionarios que nada resuelven. Es bobo o se hace. Si quiere interrelación con el pueblo, que los ministros se bajen de sus carros y sin avisar, caminen por las cuadras y se enteren de los problemas de la gente. Que hablen a ‘camisa quitá’, no esa tramoya que montan cada vez que un dirigente visita un lugar”, señala Camila, estudiante universitaria.

Lo peor de la Cuba del 2018 no es la escasez de pan y huevos, de que el precio de la carne de puerco sube sin parar o de lo difícil que es adquirir leche en polvo en las tiendas por divisas. No. Lo que más asusta es la falta de futuro. No hay soluciones a la vista.

Si usted recorre el barrio pobre y mayoritariamente negro de Los Sitios, en el corazón de La Habana, escuchará por las bocinas de los teléfonos móviles reguetón a toda mecha y observará el pasotismo habitual de los cubanos especialistas en el arte de la espera. Allí, entre casas en peligro de derrumbe y pregones callejeros, nació Yosvany Sierra Hernández, alias Chocolate MC, un reguetonero agresivo y desafiante que a pesar de los amagos de prohibiciones del Ministerio de Cultura y los medios estatales, se escucha abiertamente en toda la Isla.

Sin gastar un centavo en publicidad, Chocolate es más popular que Miguel Díaz-Canel. Es la Cuba que nadie entiende.

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