Después de una magra cena de pésima elaboración a base de arroz blanco, boniato hervido y dos croquetas secas cocinadas al vapor, adquirida en una cantina estatal que oferta comidas para personas de bajos ingresos, Armando, 79 años, jubilado, se sienta en la destartalada mesa de su casa y esparce un bolso de nailon con colillas de cigarros que recogió en la calle. Con paciencia arma una decena de cigarros que luego guarda en una caja metálica.

"A veces me consiguen el papel para enrollar la picadura, de lo contrario, cojo papel suave y rehago los cigarros. Siempre fui fumador, pero después que murió mi esposa fumo más. Fumar me relaja. Antes, con moneda nacional, compraba tres o cuatro cajetillas de Titán, conocidos como 'rompe pecho', los deshacía y mezclaba esa picadura con la de los cigarros recogidos en la vía pública. Pero ahora las cajetillas por pesos cubanos están perdidas, entonces mato el vicio haciendo cigarros con los cabos que recojo en la calle", explica Armando.

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A pesar de una artritis severa que le ha deformado sus manos, tiene dos trabajos que le ayudan a complementar la ridícula pensión (380 pesos) que recibe del Estado. "Diez veces al mes hago guardia de madrugada en una escuela secundaria. Y suelo hacerle los mandados al dueño de una cafetería particular. Le compro el pan, le limpio el local y los baños. Como custodio gano 456 pesos y por los mandados y la limpieza, de 4 a 5 chavitos (cuc) diarios. Con los chavitos es que puedo comprar pollo, aceite y detergente. Los 456 pesos de las guardias, más los 380 de mi pensión, son para comprar medicinas, pagar la electricidad, el agua y el gas, sacar los productos que dan en la bodega por la libreta y adquirir viandas en el agromercado".

Pero ahora con el coronavirus la situación ha empeorado mucho, para toda la población y en particular para los ancianos. "El dueño de la cafetería va a cerrar, y perderé una parte importante de mis ingresos. No sé cómo va a terminar está película. El gobierno tiene que hacer algo pronto, el hambre va a matar a miles de personas en Cuba, sobre todo a viejos como yo, que estamos en las últimas. Va ser peor que el coronavirus", afirma Armando y cuenta que por dos o tres pesos puede almorzar y comer en un comedor destinado a casos sociales.

"Pero como no hay quien se dispare lo cocinan, tengo que tratar de reforzar mi dieta con vegetales y frutas, cada vez más caros. Me estaba lavando los dientes con bicarbonato, pero veinte días que se me acabó. Para bañarme solo me queda una astilla de jabón. Por la noche veo la telenovela, cuando termina escucho la radio mientras me fumo las brevas que preparo. Extraño mucho a mi esposa. Quiero hacerle compañía lo más pronto posible", confiesa Armando.

Las tímidas e incompletas reformas económicas emprendidas por Raúl Castro entre 2008 y 2016, que luego encallaron tras el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos y la popularidad de Barack Obama en la Isla, que dejó en evidencia quiénes eran los que frenaban la prosperidad de los cubanos, tuvo entre sus grandes perdedores a los ciudadanos más pobres, a los ancianos y a los mendigos o pordioseros, denominados 'deambulantes' por el régimen.

Durante los 47 años que el dictador Fidel Castro gobernó, financiado por una tubería de petróleo y rublos que llegaba del Kremlin, Cuba contó con un formidable servicio de salud pública y de asistencia social. Era difícil ver un mendigo en las calles. Las condiciones en los hogares de ancianos eran decentes. Pero las reformas económicas de Raúl Castro provocaron recortes financieros a la sanidad y los servicios sociales.

Miles de doctores dejaron de prestar asistencia en el programa Médico de la Familia, diseminado por todos los municipios y barriadas. El régimen optó por utilizarlos en la exportación de servicios de salud y que en 2011 generaría unos 10 mil millones y que se ha convertido en la primera industria recaudadora de divisas del país.

La cacareada revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, proclamada por Fidel Castro en 1961, se transformó en una revolución de los militares, por los militares y para los militares. En la última década, las empresas verde olivo fueron escalando posiciones en la ruinosa economía nacional. Hoy son las más saneadas y exitosas.

El Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), perteneciente a las Fuerzas Armadas y por el general de brigada Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, ex cuñado de Raúl Castro, administra más de 60 mil habitaciones de hoteles cuatro y cinco estrellas en la Isla. En 2014, según el ranking de las 300 cadenas de mayor tamaño elaborado por la revista Hotels, Cuba era el país latinoamericano con las empresas hoteleras más grandes, le seguían México, Brasil y Panamá. A Cuba la representaban tres grupos hoteleros controlados por GAESA: Gaviota, Cubanacán y Gran Caribe.

Mientras en la última década los militares se enriquecían con sus hoteles y los otros negocios que tienen a lo largo y ancho del archipiélago cubano, los ancianos y pensionados han visto cómo se ha ido degradando su existencia. En las calles es habitual ver a cientos de ancianos vendiendo jabas de nailon, cigarrillos sueltos, pidiendo limosna o haciendo colas de alquiler: una persona le paga para que haga largas colas. También se les encuentra como porteros en hediondos baños públicos o como vendedores de periódicos y cucuruchos de maní en las paradas de ómnibus.

Ana, ex trabajadora social, aclara que debido a la precariedad de las pensiones, si un anciano no cuenta con el apoyo de su familia, "son los que más sufren los rigores de las crisis económicas. Y para poder subsistir, aceptan los empleos peor pagados, como hacer guardias nocturnas y cuidar baños. Después que pase el COVID-19, con la debacle que se avecina, quienes peor lo pasarán serán los más viejos, estén internados o no en asilos administrados por el Estado".

Olivia, ama de casa, considera que los únicos asilos que funcionan bien en Cuba son los administrados por la iglesia católica."Pero no todo el mundo tiene posibilidad de conseguir un ingreso en esos asilos. Soy madre soltera de tres hijos y por necesidades económicas me vi obligada a ingresar a mi padre en un asilo estatal. A los tres meses tuve que sacarlo. Partía el alma ver aquellos viejos empercudidos, mal atendidos y mal alimentados. Cuando regresó a la casa, mi padre tenía sarna".

El antiguo Hogar del Veterano, ubicado en San Miguel entre Agustina y Acosta, Diez de Octubre, municipio al sur de La Habana, en los últimos siete años ha tenido cuatro administradores. Una persona que labora en el lugar cuenta que los bajos salarios y falta de profesionalidad de los empleados provoca inestabilidad laboral. "Las condiciones de trabajo son muy malas. Los viejitos no son bien atendidos y la alimentación es pésima. Los que viven bien son los jefes, que cargan para su casa carne de res y de cerdo y hasta la pintura destinada a pintar el asilo". Es penoso ver a los ancianos sin camisa, parados en la cerca perimetral del asilo pidiéndole dinero, cigarros o comida a los transeúntes que pasan.

Una enfermera opina que "si en todos los asilos de Cuba se hicieran tests de detección del coronavirus, muchos darían positivos. Lo que pasó en el asilo de Santa Clara y en el refugio para mendigos que instalaron en El Cotorro, donde medio centenar de los internados dio positivo del COVID-19, no fue una excepción. No sé en otras provincias, pero la mayoría de los hogares de ancianos existentes en La Habana no presentan las condiciones idóneas".

Pedro, indigente, desde hace cinco años duerme en portales. Se gana la vida chapeando canteros, acarreando materiales de la construcción o vendiendo cosas que encuentra en contenedores de basura. Después que el régimen decretara la cuarentena, un ómnibus recorrió toda la capital recogiendo 'deambulantes'. "A mí me llevaron al centro de acogida del Cotorro. Lo primero que hicieron fue lavarnos las manos con desinfectante y bañarnos con una manguera con un chorro de agua fría a presión. Pero había peleas continuamente, la comida era malísima y el trato peor. Los empleados van a trabajar a esos lugares para cargar comida y aseo para sus casas. Por eso en cuanto pude pude me escapé".

Prefirió volver a la lucha diaria por la supervivencia. "Recorro la ciudad buscando cualquier forma de ganarme una calderilla que me alcance pa' comer un par de días. Siempre con mi nasobuco puesto y una ropa que no esté muy sucia pa' confundir a la policía". Lo peor, asegura, es que lo manden de nuevo al refugio de mendigos.

"En El Cotorro te puedes bañar, duermes en una cama bajo techo y te dan almuerzo y comida. Pero te maltratan y no tienes libertad". Pedro prefiere pasar hambre y dormir donde lo coja la noche. Pero ser libre.

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