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LA HABANA. - La madrugada del 9 de agosto, Joan y tres vecinos del edificio donde vive pusieron música en un altavoz acoplado a un teléfono inteligente y con la mitad de una botella de ron intentaron matar el aburrimiento jugando dominó entre tragos y escuchando reguetón. El rebrote de la pandemia, ocho meses sin asistir a la escuela y con las discotecas y playas cerradas hace que los más jóvenes busquen diversión por cuenta propia.

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“No es primera vez que armábamos un partido de dominó y nos pasábamos toda la noche descargando y escuchando música. Esa madrugada se nos ocurrió poner Patria y Vida [convertida en himno de los jóvenes cubanos] y una canción de El Micha [intérprete de genero urbano] que le tira al Gobierno. Al día siguiente se formó tremendo lío”, apunta Joan, estudiante.

En la barriada del municipio Arroyo Naranjo donde viven los adolescentes, una semana antes se había creado un Destacamento de Vigilancia Revolucionaria (DVR), agrupación paraestatal vinculada a los Comités de Defensa de la Revolución, fundados por Fidel Castro en septiembre de 1960 con el objetivo de vigilar y delatar a opositores al gobierno.

El primer DVR fue abanderado en la localidad habanera de La Güinera por el espía, exintegrante de la Red Avispa, Gerardo Hernández, coordinador de los CDR. De la humilde barriada era originario el joven Diubis Lurencio, muerto de un disparo por la espalda, el único fallecido que de manera oficial ha sido reconocido en el contexto del estallido popular ocurrido en Cuba el 11 de julio pasado. El objetivo de estos grupos es mantener informada a la contrainteligencia de los criterios políticos de los vecinos.

“Una de las tareas es conocer cómo piensan los jóvenes del barrio, cuáles son sus gustos y preferencias políticas. El objetivo es que otro 11 de julio no tome por sorpresa a los factores (organizaciones) del gobierno. Es una tarea compleja, pues la gente está descontenta con el sistema y no quiere pertenecer a ese tipo de agrupaciones”, señala un militar retirado.

La madre de Joan cuenta que “al día siguiente de haber estado escuchando música, un vecino que se dedica a la ‘chivatería’ [delación], vino con un oficial de la Seguridad del Estado para alertarme de la conducta de los muchachos. No les molestaba que escucharan música ni que jugaran dominó. El problema era que pusieron Patria y Vida. Querían ponerle una multa por propagar la epidemia. Pero el padre y yo nos pusimos fuertes y le dijimos que con tantos problemas que hay en Cuba, ponerse a perder tiempo en vigilar qué música escuchan los jóvenes. Además, estaban en su casa con nasobucos puestos. El gobierno es el primero que propaga la epidemia con todos los actos políticos que organiza. Al final el oficial nos dijo que les iba a ‘dar una oportunidad’ a los muchachos”.

En los preuniversitarios y escuelas técnicas de La Habana han citado a los alumnos para intercambiar criterios con los profesores sobre las causas del 11 de julio y conocer de primera mano sus opiniones políticas. “Llevo un montón de años en la UJC [Unión de Jóvenes Comunistas] y nunca hacíamos nada. Después del 11 de julio se han puesto las pilas. Quieren que hagamos informes de los alumnos. Sus gustos, opiniones políticas y preferencias musicales. También sus planes de futuro. Cuando le dije a un funcionario del Partido cómo pensaban mis alumnos el tipo alucinó. Hay que trabajar muy fuerte ideológicamente con esos muchachos, me dijo”, señala una profesora de preuniversitario.

Carlos, sociólogo, considera que “toda esa campaña doctrinaria orquestada por el gobierno irá perdiendo fuelle. El 11 de julio pilló [sorprendió] por sorpresa a muchos dentro de la Seguridad del Estado y del gobierno. Ahora buscan crear nuevas organizaciones para intentar controlar a los jóvenes. Pero entre el hastío, el descontento y las carencias cotidianas esas estrategias se van desinflando. A un mes del once de julio, algunas de las causas que provocaron el estallido social se han agravado. La cifra de fallecidos por la pandemia ha crecido. Los casos de contagios aumentan. La atención en hospitales, policlínicos y consultorios del médico de la familia es lamentable. El déficit de medicamentos es alarmante. Los agromercados siguen con los estantes vacíos. Y las tiendas en MLC (moneda libremente convertible) son más impopulares que nunca. El régimen controló las manifestaciones utilizando la violencia policial y el miedo. Intenta vender la narrativa de que están abiertos al diálogo y que son más tolerantes. Pero es un espejismo. Solo aceptan dialogar con los que apoyan al sistema. Es el viejo axioma de Fidel Castro: con la revolución todo, contra la revolución nada”.

Treinta días después de las multitudinarias marchas callejera en diversas ciudades país, el drama que viven los familiares de los más de 700 detenidos es terrible. Los acusados tienen que enfrentar la maquinaria legal sin garantías jurídicas. Abundan los testimonios y acusaciones de la brutalidad policial en hombres y mujeres de distintas edades.

Represión brutal

Abel González Lescay, apunta, que el domingo 11 de julio estaba en su casa oyendo música con un amigo. “Vivo en Bejucal, un pueblo contiguo a Santiago de las Vegas y muy cerca de San Antonio de los Baños, donde comenzaron las protestas”. En la esquina de su casa alrededor de 400 personas se habían concentrado. Abel se sumó al grupo y comenzó a gritar consignas. Estuvieron frente a una unidad policial. Allí cantaron el himno nacional. La policía no salió hasta que Díaz-Canel dio la orden de combate.

Al otro día, lunes 12 de julio, “como a las seis de la mañana se parqueó una patrulla frente a mi casa. Tocaron la puerta. Mi papá abrió nervioso. Vino a mi cuarto y me dijo que la policía me estaba buscando. Estaba desnudo, me levanté para vestirme, y de pronto un policía estaba metido en mi cuarto. Caminó toda la sala, subió la escalera, llegó a mi cuarto y me dijo: Dale, que te vas. ¿Dónde está la orden de arresto? Esto es un allanamiento. ¿Dónde está la orden para que puedas entrar en mi casa? Tú no puedes entrar en mi casa”, le increpó Abel. Tras un intercambio de palabras, el oficial, con el número de identificación 31033, “me cogió por el pelo, así, desnudo, me puso las esposas y me sacó encuero de mi casa y me montó en una patrulla”. Luego el mismo oficial le pegó con su tonfa. “Empezó a empujarme. Me metió por un pasillo y delante de todos los policías el tipo empezó a darme durísimo por las nalgas. Cinco tonfazos mientras me empujaba por el pasillo. Todos lo vieron”.

Abel enfermó de COVID-19 durante su detención. Lo tiraron solo en una celda sin ponerle siquiera un termómetro. “Esa gente me trató como si fuera un perro con lepra”. Al sexto día de arresto, un muchacho, también detenido, le contó a Abel que la policía lo mandó a desnudar y le pusieron hacer cuclillas junto a un grupo. Después le mandaron a gritar ‘Viva Fidel’. “Nos partimos de la risa porque Fidel está muerto hace cinco años. Una cosa muy ridícula. Ellos mismos ridiculizan su figura. El muchacho le dijo a la policía que no iba a gritar Viva Fidel y los policías empezaron a darle golpes con el puño por la frente”, recuerda Abel, a quien dos días después lo soltaron y le informaron que estaba en prisión domiciliaria.

Leonardo Romero Negrín, es un estudiante universitario. El domingo 11 de julio, relata en una entrevista a La Joven Cuba, estaba caminando y en medio de la manifestación vio a un alumno suyo de cuando fue profesor en un preuniversitario. “Él tenía una cámara y estaba grabando. Lo sostuve por el brazo para evitar que alguien se lo llevara o que un tumulto de gente viniera y le diera golpes. Estábamos exactamente debajo de la cámara de vigilancia del Hotel Saratoga”, precisa Leonardo, que no se atrevió a participar en la manifestación porque se encontraba pendiente de la detención sufrida el 30 de abril en el parque de Obispo y Aguacate, Habana Vieja. Su foto con un cartón escrito a mano que por un lado decía Socialismo Sí, Represión No, y por el otro Derecho a tener Derecho, se hizo viral en las redes sociales cubanas.

En determinado momento, Leonardo vio que a su alumno le estaban dando golpes cuatro civiles. “Él estaba tirado en el piso en posición fetal, para proteger la cámara. Y esas personas le daban golpes y pisotones. Lo único que hice fue tirarme sobre él para que no lo golpearan más. Entonces me cogieron varios oficiales, me hicieron una llave, me dieron golpes, pero no fue ahí donde me golpearon de verdad”. Se lo llevaron para la unidad policial de Dragones. Cuando entraron en el recinto, lo tiraron al piso de un estrallón y entre cuatro personas le cayeron a patadas por todas partes.

“Tuve un antebrazo hinchado. También una costilla. Después me llevaron para un patiecito. Un oficial con una tabla me dio varios tablazos. Estaba presente un periodista estatal de la revista Alma Mater que vio exactamente todo lo que me hicieron”. Cuando iba a salir de la unidad, otro oficial, con el número de chapilla 03912, les dijo a dos personas que aguantaran al joven. “Me cogió con las dos manos por el pelo y me dijo, ‘por mercenario’. Me dio un cabezazo por la nariz, casi me desmayé y siguieron dándome golpes antes de trasladarme a la estación de Zanja”, explica Leonardo.

El estudiante universitario estuvo detenido en un reclusorio conocido como Ivanov, antiguo Pitirre. Allí, a varios detenidos les practicaban una golpiza conocida como Somatón ¿En qué consiste? Una hilera de militares a ambos lados y el recluso tiene que pasar esposado por el centro en medio de una brutal golpiza con tonfas.

La orden de combate

La violencia policial y tratos degradantes a los detenidos del 11J no fueron casuales. Fue el modo de operar de las fuerzas de orden. Un protocolo. Simplemente cumplieron la orden de su comandante en jefe Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, porque la calle es de los revolucionarios.

Hasta que una Comisión de la Verdad no investigue a fondo, no se hará justicia. El régimen acalló las manifestaciones pacíficas mediante la brutalidad policial. Pero las causas que provocaron las protestas del 11 de julio de 2021 siguen presentes. Nada ha cambiado. Por el contrario, el descontento popular aumenta.

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