LA HABANA.- A la cinco de la mañana, Sandro, 38 años, vierte dos cucharadas de café en una cafetera italiana, coloca un trozo de pan en la plancha eléctrica mientras fríe en el sartén una tortilla de dos huevos. Desayuna sin prisa y escucha las noticias del día por Radio Reloj. Luego se conecta a internet y en su cuenta de WhatsApp revisa si tiene algún encargo.

En un improvisado garaje guarda su Impala descapotable color marrón fabricado en los talleres de Detroit en 1956. Antes de salir a ‘inventar unos pesos’, enciende el motor y con un paño aprovecha el rocío matinal para efectuar una limpieza exprés al auto. El coronavirus que llegó de China no pudo ser más inoportuno para Sandro.

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Hace cuatro años, cuando el negocio marchaba boyante, se casó con una doctora y decidieron construir una casa en un terreno que por tres mil dólares compraron en las afueras de La Habana. “Si hubiera sido vidente, y sospechado que la crisis económica en Cuba se agudizaría y una pandemia iba a asolar al mundo, no me hubiera puesto a construir una casa ni hubiera

invertido casi todo el dinero en comprar un automóvil. Compré el descapotable pensando rentarlo a los turistas norteamericanos o europeos que se suponían visitarían La Habana por manadas”, dice Sandro y añade:

“Era la etapa de Obama, del boom del turismo ‘yuma’ y llegué a creer que las cosas cambiarían. Muchos amigos me lo dijeron. Aprovecha y márchate del país que mientras esta gente [los del régimen] gobierne, Cuba jamás levantará cabeza. Pero estaba en una nube. Me casé y decidimos formar una familia. Usamos nuestros ahorros para construir la casa, aún a medio terminar. Tuvimos una niña y ahora mi mujer está de nuevo embarazada. Por suerte, aunque tiene licencia de maternidad, cobra su salario completo. Pero no alcanza y tengo que salir pal’ fuego. Hace tres meses no hay turistas en La Habana. Me he tenido que reciclar para ganar dinero”.

El Impala descapotable le costó 55 mil dólares. “Sucede que con la prohibición de Trump a los cruceros, los turistas norteamericanos, que son los que mejores pagan, dejaron de venir. Si hace tres años me buscaba hasta 300 dólares diarios, a principios de este año podía considerar una jornada de suerte si ganaba 60 dólares. Aunque la cosa se puso mala, el negocio daba para comer. Con la llegada del coronavirus todo se vino abajo. Tuve que entregar la licencia y hacer mil artimañas para conseguir dinero”, confiesa Sandro.

Como la prioridad número uno de los cubanos es comprar comida, los precios de las carreras de taxis han caído en picada, afirma Sandro. “Antes, cualquiera te pagaba 10 dólares por un viaje del Vedado a la Víbora. Ahora, a duras penas, el cliente te ofrece 4 o 5 dólares. El transporte público está parado, pero la gente prefiere caminar, montar bicicleta o alquilar a los dueños de motos eléctricas que cobran más barato”.

Suele estar hasta catorce horas rodando por la ciudad, haciendo entregas a domicilio de negocios particulares. Asegura que el Estado no le cobra impuestos, porque entregó la licencia temporalmente, pero tampoco a los cuentapropistas les conceden créditos que les posibilite enfrentar la pandemia. "Es al duro y sin guante”, sentencia Sandro.

Marta Elena Feito Cabrera, ministra del Trabajo, en el programa de la televisión oficialista Mesa Redonda informó que “de un total de 632.557 cubanos que se acogen hoy al trabajo por cuenta propia, 243.203 personas suspendieron temporalmente su actividad por solicitud propia o por indicaciones gubernamentales”. La opción que ofrece el régimen es acogerse a la asistencia social. Los más afectados son gastronomía, hostelería y transporte, los sectores más lucrativos.

Rubén, dueño de una cafetería de jugos y sándwiches, comenta que el subsidio otorgado por la asistencia social es insuficiente. “Es una broma de mal gusto. A pesar de que nos cobran impuestos por cualquier cosa, me dan 300 pesos mensuales, que no alcanza ni para pagar la luz eléctrica”.

Por ello, muchos trabajadores privados han optado por ejercer de manera clandestina.

Es el caso de Yoel, quien comenzó a vender pizzas familiares a domicilio. Cobra entre 5 y 10 cuc por cada pizza. “Trabajo catorce horas diarias.

Antes tenía ocho trabajadores, ahora las pizzas las elaboramos mi esposa, mi hijo y yo. Trato de vender al precio más asequible posible. Pero todo está por las nubes. El queso está perdido, la libra de harina cuesta quince pesos y otros insumos han duplicado o triplicado sus precios. Al menos nos alcanza para comer los tres”.

Nuria, cerró su peluquería y comenzó a poner extensiones y hacer desriz en su propia casa. Vive en una habitación pequeña de una cuartería en el barrio habanero de San Leopoldo. “En la peluquería tenía excelentes condiciones de trabajo con aire acondicionado y varios empleados. Pero con la llegada de coronavirus tuve que cerrar el negocio. Había invertido casi nueve mil dólares y todavía no he recuperado ni la mitad. Lo que hago en la casa alcanza a duras penas para comer decentemente mi madre, mi hijo y yo”.

Peor la están pasando miles de empleados que trabajaban en negocios privados y devengaban un salario diario que fluctuaba entre 7 y 15 cuc, a veces más. Geydis, era dependiente en un bar de moda y había días que solo en propinas ganaba 50 cuc. Como no tiene hijos, gastaba el dinero en comprar ropa, cosméticos y ayudar a sus padres. Hace tres meses está sin un peso. “Me confié. Creí que la temporada de vacas gordas no tenía final y no ahorré dinero. Pudiera ponerme a trabajar para el Estado, pero pagan salarios muy bajos. La estoy pasando negra".

Varias personas que se dedicaban a importar pacotillas [baratijas] industriales, teléfonos inteligentes y electrodomésticos desde la zona de Colón en Panamá o Cancún en México, expresaron a DIARIO LAS AMÉRICAS que su situación es compleja.

Magda explica que “las mulas no tenemos un estatus legal en Cuba. Si el Estado entrega ayudas económicas a los cuentapropistas, no recibo ni un centavo. Y para más desgracia, el coronavirus me sorprendió en Panamá y cuando llegué el 27 de marzo, la aduana me decomisó dos maletas y todavía tengo mi carga acompañante en Panamá. He tenido que coger el dinero de la inversión para sobrevivir. Cuando vuelvan abrir la frontera, no tendré dinero para pagar los pasajes aéreos y hacer compras”.

Los trabajadores privados o informales que se desempeñan en oficios menos remunerados viven ahora mismo una situación mucho más dramática. Ángel es llenador de fosforera y sus ganancias diarias oscilaban entre 100 y 120 pesos, cantidad que a duras penas le alcanzaba para comer su esposa y él.

“Ella es diabética y no trabaja. Estoy dispuesto a realizar cualquier trabajo, pero cuando aparece algo, pagan tan poco que no me alcanza para comprar comida para dos personas, porque los precios de los alimentos se han disparado. Estamos comiendo un sancocho asqueroso en un comedor que atiende casos sociales”.

Roxana, era empleada doméstica en la casa de una cubana casada con un italiano. Le pagaban 150 cuc mensuales, más comida y ropa que le regalaban. “Cuando llegó el coronavirus me despidieron. He tratado de lavar, limpiar y planchar a domicilio. Pero cuando no falta el detergente, no tienen dinero para pagar lo que consideran un lujo. 2020 ha sido terrible”. Roxana espera que cuando se acabe el confinamiento su situación mejore. Pero en Cuba.

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@DesdeLaHabana

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