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Delcy Rodríguez, vicepresidenta de la dictadura de Nicolás Maduro, es, en esencia, una negacionista.

Ese es el encargo de Rodríguez (Caracas, 1969), quien se lleva desempeñando en el cargo más de un año, y la “tarea” la ha ejecutado con un discurso saturado de cinismo, lenguaje de odio y resentimiento.

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Bajo ese pensamiento, la crisis que atraviesa Venezuela es una “construcción mediática” y el “amor del pueblo” por Maduro es algo real.

“En Venezuela no hay hambre, en Venezuela hay voluntad (...) Aquí no hay crisis humanitaria, aquí hay amor", espetó en octubre pasado en su primer discurso como encargada de dirigir la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente.

La muerte de su padre, el líder de izquierda radical Jorge Antonio Rodríguez, el 25 de julio de 1976, marcó, sin dudas, la vida de Rodríguez, quien 43 años después se ha convertido en pieza fundamental de la dictadura.

Se afirma que Jorge Antonio Rodríguez falleció a causa de las torturas infligidas por agentes de la policía política que le interrogaban por el secuestro de un empresario estadounidense.

Sobre sus hombros recae justamente el control de la policía política. Como máxima autoridad de los servicios de inteligencia -el temido SEBIN-, las decisiones finales pasan por su escritorio y la cartilla de reprimidos y asesinados llevan su firma.

La “elegida”

Para consolidar su propio régimen tras llegar a la presidencia, en 2013, el dictador Maduro forjó alianzas inimaginables en todos los escenarios: conservó a viejos aliados de sus tiempos como canciller y recicló a vetustas figuras del chavismo sin Hugo Chávez, para controlar la pesada burocracia que heredó del “’comandante eterno”. Es desde allí donde Delcy -como sus allegados le llaman-, alcanza un protagonismo estelar.

Sin embargo, es por medio de su hermano Jorge Rodríguez, un psiquiatra devenido político y actual ministro de Información, que recorre a lo largo de años puestos baladíes, aunque estratégicos de la burocracia roja. En ello tuvo mucho valor su radicalismo ideológico y pasado familiar.

En su ascenso, la actual vicepresidenta de Venezuela, fue también ministra de Comunicación e Información, una suerte de jefa de propaganda del gobernante Chávez, cuyo apego a los dogmas acentuaron la polarización del país.

Como canciller, el cargo más largo que ejerció, ya con Maduro en el Palacio de Miraflores, terminó por ideologizar la política exterior, hasta el último enroque que diseñó el actual dictador, en la Asamblea Constituyente, donde la colocó como presidenta entre agosto de 2017 y junio de 2018.

“Ella es un factor importante dentro de la hegemonía de la usurpación y diría que es un gran genio del mal”, afirmó sin ambages el diputado de la oposición venezolana Williams Dávila.

“Ha sido una persona importante para el ‘madurismo’ y en sí para el sostenimiento de este régimen, porque es una persona ‘trabajadora’ y al mismo tiempo radical, pero nada de lo que piensa es en función de la democracia o de rescatar el país. Todo lo contrario, quiere mantener el poder a toda costa”, subrayó.

El comienzo

El inicio profesional de Rodríguez, en los años 1990, fue en un par de bufetes de abogados privados vinculados a temas corporativos nacionales y extranjeros; por ello se jactaba de ser abogada de “firmas Internacionales en Venezuela”, algo absolutamente falso.

Gracias al último Gobierno del presidente Rafael Caldera -en la Cuarta República que tanto el chavismo lapida-, fue enviada como agregada cultural a Londres.

Allí conoció a Roy Chaderton, hoy en las filas chavistas, quien era entonces embajador en el Reino Unido y con quien no tuvo una buena relación. “Era un gobierno copeyano (partido conservador venezolano) y la embajada en Londres era reflejo de eso, apellidos y personas muy bien conectadas en lo que Delcy no encajaba”, relató un antiguo funcionario de esa legación.

No fue una buena época. Sólo dos personas de esa embajada le dan un trato agradable, uno de ellos es Félix Plasencia, “diplomático bolivariano” -como se define- que ha continuado cerca de Rodríguez a modo de confidente.

Fuentes cercanas a ambos afirman que son amigos y que Rodríguez le perdonó, o quizá no sabe que Plasencia, siendo asistente del entonces canciller Fernando Ochoa Antich, formó parte de la delegación que viajó a EEUU para denunciar a Chávez y a los militares del 4F como terroristas tras la intentona golpista de 1992, como reveló en un libro el propio exministro Antich.

Figura vengativa

En los círculos más íntimos se asegura que Plasencia fue la persona que instaló en el exterior a varios familiares de los Rodríguez en cargos diplomáticos y como ciudadanos comunes, a modo de escape ante el colapso de la “revolución”.

Uno de sus antiguos colaboradores en el Ministerio de Exteriores la describió “como una persona desconfiada y paranoica, que cree en teorías de conspiración. Pero premia los radicalismos. Hay funcionarios que al haber adoptado su estilo fueron premiados en el exterior. Lo de ella es una especie de venganza constante”, explicó

Para el diputado Dávila, los hermanos Rodríguez siempre quieren aplicar una agenda de venganza desde el poder, que es alimentada por el pasado.

En el caso de Rodríguez, explicó el veterano parlamentario, “no hay duda de que ha sido un factor importante dentro de la usurpación. Ella llevó adelante la defensa ideológica de la revolución cuando fue canciller. Hoy como vicepresidente, trata de controlar el aparato del Estado, los gobernadores y alcaldes, porque es quien va filtrando las exigencias del régimen”.

El fiasco ruso

Durante una gira por Rusia, siendo viceministra para Europa desde 2005, Chávez la destituyó debido al fracaso de unas negociaciones que se estaban dando en Moscú de las cuales era responsable. “Fue tanto el malestar del presidente, que tuvo que volver a Caracas en vuelo comercial, porque Chávez la bajó del avión presidencial”, relató uno de sus viejos compañeros.

Luego de ese incidente se volvió protegida de su hermano, quien ganó en 2008 la alcaldía de Caracas. Durante esos años, ejerció cargos de la administración pública cercanos al Palacio de Miraflores, siempre cercana a las bases más radicales del chavismo.

Rodríguez ha querido mostrarse estos años como el rostro amable y del diálogo en los momentos más críticos para el “madurismo”. A la vez que ataca a la oposición con hechos y palabras, va y se reúne en prisión con una figura opositora para hablarle de compromisos, con la única garantía de ser una figura de confianza del dictador.

Como el de Maduro es un régimen de tribus, advirtió el congresista Dávila, en un escenario de futuras elecciones, habría que ver la puja de poder que se podría dar entre Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez y el propio Maduro, para repartirse el poder.

Sin un ápice de carisma popular y una carrera política construida en laboratorio, ser “hermana de Jorge Rodríguez” le ha abierto un espacio en los “círculos rojos” pero sin un futuro claro, pues su capital sólo se basa en ser “la favorita”

Para no terminar de hundirse, Rodríguez hoy cuenta con el afecto de su hermano y el espaldarazo del dictador.

Tan profunda es la animadversión que lleva cultivando estos años en Venezuela, que es difícil pensar en Rodríguez transitando libremente por una esquina de Caracas pidiendo votos o comprensión.

Su destino, como ocurre con tantos cómplices de las dictaduras, luce oscuro, pues algún día tendrá que responder a una larga lista de preguntas frente a la justicia.

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