Fue hace cinco años que un equipo de periodistas de CubaNet dio cuenta sobre el deterioro del edificio número 909, ubicado en las intersecciones de la Calzada de Infanta y la avenida Carlos III, en Centro Habana, pero va terminando el 2020 y, parafraseando la famosa canción de Panchito Riset, el cuartico sigue “igualito”.

Según reseña el portal CubaNet, la publicación quizás logró, por carambola, unas cuantas promesas por parte del régimen Municipal y la aprobación de subsidios para reparaciones que sirvieron de poco y en esencia no cambiaron nada.

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Todavía los daños estructurales en la edificación amenazan con aportar más a la tragedia de una ciudad que se cae a pedazos y que, por el número de víctimas mortales y desplazados que acumula en su historia reciente, pocos dudan en comparar con una “ruleta de la muerte”, mucho más cuando llueve y la humedad hace lo suyo donde el tiempo imprimió su huella.

“No duermo tranquila pensando en que puedo morir aplastada por los escombros. Puede ser mañana, pasado, en cualquier momento”, recuerdo que se lamentaba, en aquella ocasión, una anciana vecina del lugar, y no por casualidad fueron esas casi las mismas palabras que me dijera una de las hijas de la señora cuando conversamos hace unos días sobre el mismo tema.

A inicios de 2015 había colapsado parte de la fachada del inmueble, así como los techos de varios apartamentos del último piso, pero la Dirección Municipal de Vivienda, aun reconociendo el peligro, se desentendió del asunto después que la Empresa de Servicios Comunales limpiara los escombros que obstruían las calles.

Enviaron un par de arquitectos para que evaluaran la situación pero nada se tradujo en mejoría y bienestar. Así los vecinos, temiendo por sus vidas, acudieron a la prensa independiente para hacer las denuncias, ya que para los medios oficialistas del régimen, incluso para la prensa extranjera acreditada en Cuba, los derrumbes y la precariedad de la vivienda al parecer son temas que les está prohibido tratar de manera crítica ya que necesariamente derivan hacia cuestiones como la pobreza, el racismo, las desigualdades sociales, la corrupción, el mal manejo de la economía y otras sobre las que al régimen no le gusta llamar la atención.

Hoy el edificio 909 de Carlos III e Infanta es, además de un milagro de la arquitectura por mantenerse en pie durante tanto tiempo, apenas una gota disuelta en un océano de calamidades.

Revisando lo reportado por la prensa durante las dos primeras semanas de octubre, en La Habana ha ocurrido una decena de derrumbes de edificaciones, entre totales y parciales. Una cantidad alarmante, teniendo en cuenta que todos han tenido lugar dentro de los aproximadamente 5,5 kilómetros cuadrados que ocupan en conjunto los territorios de los municipios Habana Vieja y Centro Habana, sin embargo, tales reportes apenas describen un fragmento mínimo de la tragedia que hoy se vive en la capital.

Solo los eventos más significativos han llegado a convertirse en noticia pero allí donde los daños han sido menores y, en consecuencia, no han arrojado víctimas mortales o desalojos, los derrumbes no han trascendido, aunque la mayoría sí ha ingresado a las estadísticas de la ciudad donde, de acuerdo con fuentes del régimen Provincial y del Plan Maestro de la Oficina del Historiador de La Habana, consultadas por CubaNet, se ha registrado poco más de medio centenar de casos tan solo entre el 30 de septiembre y el 12 de octubre del presente año. Asimismo, se espera que con las lluvias recientes las cifras se eleven significativamente, tal como ha venido sucediendo en los últimos años, aunque la información pública no esté accesible, actualizada ni detallada.

“La semana pasada (entre los días 4 y 10 de octubre de 2020) se reportaron dos derrumbes totales y más de 20 parciales con daños más o menos significativos”, nos informa la arquitecta Gladys Verdecia, de la Dirección Provincial de Vivienda en la capital.

“Igual se reportaron otros daños menores en edificios multifamiliares, relacionados con filtraciones de techos, grietas en muros, desprendimientos de aleros y balcones, como consecuencia de las lluvias recientes (…), comparado con el año anterior ha habido un incremento y posiblemente para el próximo la situación empeore y así cada año que pasa porque hablamos de una ciudad donde casi todo fue construido en la primera década del siglo XX y donde más de la mitad de las edificaciones están calificadas como de regular o mal estado”, apunta la especialista.

Analizando específicamente la Habana Vieja —municipio que ha recibido mayor atención institucional que Centro Habana—, a pesar del proceso de restauración emprendido desde principios de la década de los 80, como consecuencia del ingreso de la urbe a la lista de Patrimonio de la Humanidad, elaborada por la UNESCO, los derrumbes continúan siendo parte del día a día de sus habitantes.

Las labores del llamado Plan Maestro, del régimen, apenas han abarcado hasta la fecha la mitad del territorio, de apenas 2,14 kilómetros cuadrados, y ha puesto énfasis en las grandes obras como teatros, palacetes, iglesias, conventos, en su mayoría edificaciones que no cumplen las funciones de vivienda, o en aquellas que sí las cumplían pero que han terminado siendo explotadas comercialmente en función del turismo, para lo cual se ha seguido una política de desplazamientos forzosos de los habitantes autóctonos que, tan solo en sus inicios, en la década de los 90, redujo a menos de la mitad la población del llamado Casco Histórico.

De las 22.623 viviendas registradas en el censo de 2001, 10.251 fueron reportadas como en mal estado o que no reunían “las condiciones de habitabilidad adecuadas”, lo que equivalía al 45,3 por ciento, la mayoría ciudadelas o cuarterías donde se alojaba el 41,5 por ciento de la población de la Habana Vieja.

Son estas mismas edificaciones las que 20 años más tarde aún continúan mostrando el mayor deterioro, asociado a fallas estructurales en cubiertas y filtraciones, a la vez que en los alrededores resurgen de las ruinas viejas estructuras transformadas de viviendas o escuelas en hoteles de lujo, como el Manzana y el Paseo del Prado, o se pulen los mármoles y se lustran esculturas del Gran Teatro de La Habana, así como se cubre con pan de oro la cúpula de la actual sede del Parlamento.

Tan solo en las labores de restauración del Capitolio el régimen cubano invirtió unos 16 millones de dólares, de los cuales cerca de 10 millones fueron donados por Rusia mediante acuerdos de los que no se han publicado los pormenores.

Tal cantidad de dinero, destinado a una sola edificación, hubiera podido ayudar a solucionar, posiblemente de manera definitiva, los problemas de vivienda de más de 40.000 núcleos familiares de la capital, teniendo en cuenta el precio otorgado, mediante el Acuerdo 8641/2019 del Consejo de Ministros del régimen, a un núcleo básico promedio de 60 metros cuadrados. Un valor calculado por el propio Gobierno y expresado en pesos cubanos.

“Es triste ver que tienen de todo y a la vez no hay ni un clavo para reparar una casa”, comenta Lázaro, vecino de una cuartería en la calle San José, en las cercanías del Capitolio, una zona que aunque está repleta de edificaciones de altos valores histórico y patrimonial, ha quedado fuera de los planes de restauración y, al parecer, permanecerá así hasta que el tiempo se encargue de echar abajo lo que ha ido quedando a merced de abandonos y olvidos.

“Fueron un montón de veces para proponernos que nos mudemos para Alamar pero yo no quise ir para allá, es que uno se pone a pensar ‘Si uno se va para Alamar, entonces aparecen los materiales para reparar el edificio, pero si uno se queda, entonces dejan que el edificio se derrumbe. Eso no es ayudar, eso es chantajear. En realidad están jugando con la vida de uno”, contesta, evidentemente enojada, una anciana nombrada Celia, cuya casa se encuentra en las cercanías del Convento de San Francisco.

“Hubo desplazamientos forzosos hacia el Este de La Habana, y también para Capdevila, pero sigue habiendo desplazamientos solapados. Cuando uno deja que un edificio se desplome, sabiendo que va a suceder porque se ha ido al lugar y se ha dictaminado que es inhabitable, y después sobre las ruinas de ese edificio uno ve que construyen un hotel o una galería de arte o cualquier cosa que no sea un edificio de vivienda para sus mismos moradores, eso es un modo de desalojo, es el modo más fácil y barato de apropiarse de una parcela”, comentó vía WhatsApp Eladio Hernández, quien se desempeñara como ingeniero y exinversionista de la Oficina del Historiador durante la década de los 90.

Publicaciones de la propia Oficina del Historiador han dado fe de los desplazamientos, iniciados en 1994 con los planes de rehabilitación del barrio de San Isidro y la Plaza Vieja, y con el apoyo de fondos aportados por distintas organizaciones de Bélgica, Italia, País Vasco y Canadá para la recuperación de los inmuebles pero con la finalidad de la explotación comercial posterior.

Según lo publicado por el Ministerio de la Construcción del régimen, en el informe de 2019 titulado “Política de la vivienda en Cuba”, el fondo habitacional precario registraba 9.823 cuarterías y ciudadelas en todo el país, además de 854 edificios considerados en peligro de derrumbe, de los cuales 696 pertenecen a la capital, para un total de 6.960 apartamentos y un estimado de 849.753 personas en inminente situación de peligro.

Así, de acuerdo con esos mismos datos, se estaría hablando de cerca de un millón de personas en la Isla que no están totalmente seguras en sus casas. El 80 por ciento de esa cantidad corresponde a la población de La Habana, una ciudad donde vive alrededor del 20 por ciento de los cubanos y las cubanas, a quienes no les resulta posible escapar del peligro al elegir, con algún margen de libertad, otro lugar para vivir puesto que los ingresos salariales, tanto de los obreros como de los profesionales, nunca han sido suficientes ni siquiera para emprender reformas mínimas en el hogar, además de que las leyes y regulaciones relacionadas con la vivienda dificultan e imposibilitan la adquisición o la reparación, convirtiendo estos procesos en privilegios otorgados sobre la base de la fidelidad al Partido Comunista.

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Personas que usan mascarillas en medio de la nueva pandemia de coronavirus oran durante una misa católica transmitida por radio en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre, en su fiesta en La Habana, Cuba, el martes 8 de septiembre de 2020. La virgen es la patrona católica de Cuba Santo.

Personas que usan mascarillas en medio de la nueva pandemia de coronavirus oran durante una misa católica transmitida por radio en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre, en su fiesta en La Habana, Cuba, el martes 8 de septiembre de 2020. La virgen es la patrona católica de Cuba Santo.

FUENTE: CubaNet

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