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Acabo de escuchar a Miguel Díaz-Canel anunciar en la Mesa Redonda de la televisión cubana un período "coyuntural" en el que el país no tendrá petróleo. Lo ha dicho como si se tratara de falta de papel de colores o boinas de miliciano. Ha llamado al altruismo, al ahorro y a la solidaridad. Además, ha asegurado: "no nos vamos a amargar la vida ni vamos a perder el sueño, y nuestro pueblo seguirá siendo feliz, laborioso, alegre y bromista".

Su alocución me ha hecho pensar en mi primer encuentro con él, el pasado lunes, y el sabor amargo que me dejó el evento.

Pasó por delante de mí por la avenida Paseo en un vehículo nuevo de color negro cuya marca y modelo no puedo conocer porque en nuestro país hace muchas décadas no se comercializan vehículos como para que los cubanos tengamos semejante cultura. Lo acompañaban otros tres carros iguales, mismo color, marca, modelo, e infiero que blindados todos. Las ventanillas de esos tres vehículos iban bajadas, y por ellas se asomaban una serie de sujetos de camisas claras. Las puntas de sus fusiles eran visibles.

No vi su rostro, sino que a través del cristal trasero de su vehículo pude definir un peinado y color de cabello semejantes a los suyos, que difieren de la otra persona que puede trasladarse con semejante pompa: Raúl Castro.

La visión me hizo recordar encuentros semejantes con los autócratas que le antecedieron. Fidel Castro hasta 2006, Raúl Castro desde entonces y hasta la llegada del sujeto que ocupa este artículo.

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Hasta los 20 años viví a cien metros del teatro Carlos Marx, donde se celebraban los eventos nacionales que siempre concluía el caudillo con sus discursos interminables, y bien informados gracias a diarios internacionales prohibidos para su audiencia.

Durante mi infancia, la llegada de Castro I al Carlos Marx era siempre un evento. La cuadra era tomada por sujetos de guayabera de color azul claro desde horas antes. El tráfico cesaba en la Calle 10, la más ancha de las avenidas cuya extensión concluía precisamente frente al teatro. Para entrar o salir de sus casas, los vecinos con vehículos tenían que pedir permiso. Los niños jugábamos y los guardias se entretenían con nosotros, dadas las horas que debían aguardar la llegada de Fidel.

Al pasar sus tres vehículos, Mercedes Benz negros, podían hacerlo uno tras otro o moviéndose en una forma semicircular al parecer para cambiar su orden en la caravana.

Eso era en la infancia. Algunos de los peores años del llamado "Período Especial" coincidieron con mis años de preuniversitario en el Instituto Rubén Martínez Villena, a unos seis kilómetros de mi casa, y hacia el oeste de La Habana, cerca de donde se encontraba el complejo de residencias del dictador cubano conocido como Punto Cero.

No había guaguas y mi transporte habitual era una bicicleta china que le dieron a mi abuela en la empresa de teléfonos cuando casi tenía 70 años. Una parte del camino se hacía por la Quinta Avenida, la más lujosa de La Habana, y no por gusto también la de Castro I. Su seguridad era atendida por una unidad especial de la Policía, llamada "Vía Expedita", y el conjunto de viviendas que la circunvalaban tenían un régimen exclusivo de utilización por sus propietarios bajo el título de "Zona Congelada".

En la calle 112, acercándome a mi casa y Fidel alejándose de la suya, los bicicleteros debíamos desviarnos pues teníamos el paso vedado en lo adelante.

En el tramo donde el déspota y el alumno podíamos coincidir fue que uno de sus autos pasó muy cerca de mi pierna cuando iba pedaleando en una ocasión. Tan cerca que me asustó. No recuerdo hoy si me sorprendió por el silencio de sus Mercedes o porque el bullicio callejero era enorme a la hora de salida de los colegios.

Ya entonces la diferencia entre la pompa del déspota y la precariedad de una población mal alimentada y que tenía por único transporte una bicicleta o sus propios pies era antinatural. Fueron los años de la llamada neuritis óptica, una afección rara llena de síntomas, entre ellos la ceguera de quienes la padecían. Todavía es un misterio de las investigaciones neurológicas que la mayoría de los especialistas asocian, sin embargo, al hambre.

Entre los muchos chistes que rodearon el padecimiento estaba el que aseguraba que había sido encontrado el germen que lo causaba, que era un bichito chiquitico, verde y con barba, cuyo nombre científico era el estaelfifoloco. Chiste que ya hay que explicar a una generación joven que tiene la suerte de desconocer que Fidel Castro tenía, entre sus muchos motes, el de "Fifo".

A Castro I le sucedió Castro II en 2006. Parte de su leyenda había sido siempre una honradez sustentada, entre otras razones, por los vehículos de fabricación soviética en que se movía todavía en el momento de arribar al puesto de su hermano. Un volga gris claro que, según se decía, le habían regalado en la Unión Soviética, y un segundo auto que le seguía con unas potentes luces traseras, supongo que para disuadir el acercamiento de cualquier curioso. Me cruce pocas veces con Raúl Castro, pero las suficientes como para recordar aquellos vehículos.

La fantasía alrededor de su modestia palidece hoy en el olvido como Modesto, su segundo nombre. Al asumir el poder, Raúl Castro recubrió su osamenta con cuatro autos azules nuevos, cuya marca y modelo, a la manera de los autos de Miguel Díaz-Canel, no pude definir 13 años atrás y tampoco ahora.

Junto a la remoción bochornosa que Castro II hizo de altos cargos que acompañaron a su hermano —el más rutilante de los cuales fue Carlos Lage Dávila, así como de sus cúmbilas del empresariado extranjero, donde son nombres prominentes el chileno Max Marambio y el canadiense Cy Tokmakjian—, el cambio de la humilde flotilla vehicular por un parque de autos de lujo demuestra que Castro II convivía, de mal gusto, lo mismo con personajes que despreciaba que con vehículos atrasados y humillantes.

Una convivencia desagradable que la prolijidad de testimonios, emitidos en las últimas décadas, permite asociar al placer que sintió en vida Castro I por entumir las ambiciones de su hermano.

No es extraño por tanto que el pasado lunes repudiara la visión de los autos impecables en que se movía Miguel Díaz-Canel, acompañado de una cohorte de guardaespaldas de miradas amenazadoras y fusiles visibles.

Igual de desagradable resultó escucharlo en la Mesa Redonda decir "nosotros tenemos que lograr que todo el mundo sea sensible con la situación de la población, necesitamos que entre todos nosotros se multiplique la solidaridad esa que tenemos como pueblo y, por ejemplo, en un aspecto concreto, yo digo 'todos los carros estatales deben parar en las paradas', si están vacíos, recoger personas, entre todos nos podemos apoyar más".

Desconozco si este sujeto tiene pensado parar su caravana para dar asiento a una mujer embarazada o un anciano minusválido como nunca vi que hicieran sus antecesores. Quizás pueda argumentar —con razón— que él dijo "si están vacíos", y sus carros van llenos de hombres entrenados para matar, armas visibles y toda la inmundicia que ocupa un hombre que se desplaza con semejante lujo entre una población famélica.

El ejemplo lo tiene bien cercano Miguel Díaz-Canel: Castro I y II lo hacían, y él fue el elegido por ellos para sucederlos.

FUENTE: DIARIO DE CUBA/BORIS GONZÁLEZ ARENAS

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