MIAMI.-A más de medio siglo de haber dejado su natal Cuba a bordo de uno de los vuelos de la operación Pedro Pan, en la que unos 14.000 niños fueron enviados por sus padres a EEUU entre 1960 y 1962, Eduardo Padrón recuerda su vida a los 15 años en un nuevo país, como una experiencia que lo convirtió en la persona que es hoy.

El presidente emérito de Miami-Dade College, un hombre determinado ante la adversidad y dedicado a su familia y a fomentar en los jóvenes el valor de la educación, aún conserva a flor de piel esa cubanía, que atesora desde el momento en el que se despidió de sus padres, sin saber cuándo volvería a verlos. Esa misma cubanía que, sin proponérselo, ha heredado a los suyos.

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“Fue un poco traumatizante, porque supe que veníamos para acá el día antes por la tarde. Mis padres nos dijeron a mi hermano, que era tres años menor, y a mí que teníamos que acostarnos temprano porque en la madrugada salíamos para el aeropuerto porque nos íbamos para los EEUU”, recordó Padrón en conversación con DIARIO LAS AMÉRICAS.

“Fue bastante traumático, porque entramos a la famosa pecera, que era un salón todo de cristal donde ponían a las personas que venían para acá y no podían entrar los padres. El avión se retrasó mucho; se suponía que saliéramos en la mañana y no salimos hasta las 6 de la tarde. Y todo ese tiempo estuvimos ahí, sin agua ni comida”, agregó sobre lo que vivió ese día. De esa dramática escena, no olvida las lágrimas de su madre ni sus reconfortantes palabras exhortándolo a estudiar.

“La imagen que me queda es ver a mi madre del lado de allá llorando sin que yo me diera cuenta de que estaba llorando por la separación. Ahora todo eso luce muy fácil, pero en aquel momento no sabíamos si nos íbamos a volver a ver”, dijo sobre el día de la despedida de sus padres, con quienes se reencontró unos tres años después.

“Mi madre me hizo prometerle que iba a ir a la universidad. Me dijo: ‘Nos han quitado todo, pero tus estudios y conocimientos nadie te los va a poder quitar’. Y eso me inspiró muchas veces a seguir estudiando”.

Vicisitudes y logros

Una vez en suelo americano, una amistad cercana a la familia se hizo cargo de los hermanos Padrón.

“Nosotros tuvimos suerte, pero había casos muy tétricos. Una señora muy amiga de nuestros padres nos recogió. Ella estaba esperando a una sobrina que nunca llegó, nos vio por casualidad y nos reconoció. Estuvimos en su casa hasta que nuestros padres llegaron. Y como estábamos en confianza, eso hizo la situación más llevadera”.

Pero una nueva vida como emigrante requería sacrificios, que tuvo que enfrentar durante la adolescencia y con la responsabilidad de cuidar a su hermano menor.

“Al llegar aquí me convertí en padre porque era responsable por él. Entonces hice trabajos duros. Los fines de semana iba al campo a Homestead a recoger tomates y strawberries (fresas) bajo el sol, era horrible eso. Trabajé en muchos lugares, desde lavando inodoros hasta planchando en una tintorería. No fueron momentos fáciles y lo digo sin ningún arrepentimiento, porque eso me ayudó a formar mi carácter y a entender la vida un poquito mejor”, relató.

“Hubo momentos que dormía solamente tres horas al día, porque tenía dos o tres trabajos y había que ir a la escuela para terminar el bachillerato. Y estudié sin parar, porque pensaba que si paraba un tiempo no iba a continuar. Así que seguí directamente hasta obtener el doctorado en Economía”.

Con Cuba en el corazón

Para quien ha vivido la mayor parte de su vida en el país que lo acogió pero no lo vio nacer, sentirse cubano aun le resulta natural. Aunque se sorprende al ver cómo las nuevas generaciones cubanoamericanas se identifican con la cultura y tradiciones de la isla, en muchos casos, sin ni siquiera conocerla.

“La cubanía es algo difícil de explicar, porque creo que, en parte, es muy único de los cubanos. El hecho de que nosotros, los que nacimos en Cuba, nos sintamos cubanos después de tantos años hasta cierto punto se entiende bien. Y eso no es único de nosotros, porque aquí hay muchos latinoamericanos que se sienten de donde ellos son. Lo que es diferente y, hasta cierto punto admirable, es que nuestros hijos y nuestros nietos, dos generaciones nacidas aquí, se consideren cubanos y mantengan las costumbres”, señaló.

Esa cubanía desbordante suele llegar después de cierta crisis de identidad en los adolescentes. Y afirma haberla visto de repente en plena adolescencia de su hijo, Camilo, quien no conoce la isla natal de su padre. Pero también ha visto aflorar en los jóvenes de hoy esa necesidad de reconocer sus raíces.

“Es interesante que, tanto mi hijo como mis nietos, se sienten cubanos. Y he visto cierta transformación, no solo en el caso de mi familia, también en el de muchos amigos con niños que han nacido aquí. Cuando entran a la escuela, socializan y se integran muy bien. Aprenden inglés y no quieren hablar español; se quieren identificar como americanos, porque quieren ser aceptados por sus compañeros. Pero cuando llegan a la adolescencia, como a los 15 o 16 años, se dan cuenta de que por mucho que traten de ser aceptados y de que los vean igual que a ellos, no es así. Y entonces les empieza a salir lo de la cubanía y empiezan a valorar más sus tradiciones”, explicó.

“Yo le digo a mi hijo: ‘Cuando tú llegaste a los 15 años, hasta caminabas como cubano’. Y antes de eso él no quería hablar español ni se identificaba con nada de nuestras cosas. Y todo era por ese afán, ese deseo de ser aceptado. Y luego todo cambió”.

Padrón esperaba tranquilo aquel cambio, confiado en que llegaría a su hijo de manera espontánea o por elección propia. Y no se equivocó.

“Yo nunca quise forzarlo, porque creo que la identidad es algo muy personal. Y tenía la esperanza de que con el tiempo eso iba a cambiar, hasta el punto de que hoy en día es un cubano más, es un cubanazo. Y creo que eso ha sido un cambio muy positivo, porque él se maneja muy bien en las dos culturas. Tiene la virtud de ser bicultural y bilingüe, una persona que entiende ambos mundos y se mueve muy bien en los dos. Y eso aquí es importantísimo, porque vivimos en este gran país que nos abrió las puertas. Y somos americanos, porque juramos a la bandera y juramos patria y lealtad a este país”, apuntó.

Justamente, esas son las cualidades del inmigrante que le gustaría se valoraran más en un país que fue construido desde sus cimientos por sus hijos adoptivos.

“Yo quisiera que este país entendiera eso mucho mejor, porque creo que lo que ha hecho grande a este país es, precisamente, que ha sido construido desde el principio por la inmigración. Y en estos últimos años he sufrido mucho por ese tema, porque he visto que a los inmigrantes se les desprecia, no se les acepta y no se valora, cuando todas las estadísticas serias demuestran la gran contribución de los inmigrantes”, alertó.

“Y ahora nos damos cuenta, durante esta pandemia, de que la gran mayoría de quienes son los primeros en responder a las crisis, tanto en los hospitales como en la agricultura, es de origen latino. Creo que eso es importantísimo. Ese reconocimiento es parte de la transformación que tiene que haber en este país, porque es algo que no se puede revertir. Aquí estamos y nuestra influencia ha sido vital y fuerte”.

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