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LA HABANA.- Incluso durante la represión de la Primavera Negra de 2003 desencadenada por el régimen de Fidel Castro que arbitrariamente encarceló a 75 opositores pacíficos, el Día de la Independencia de Estados Unidos siempre fue festejado por la representación diplomática estadounidense acreditada en La Habana.

En aquellos tiempos, cuando los disidentes y periodistas libres cargaban en sus mochilas un cepillo de dientes y una cuchara por si eran detenidos, la entonces Sección de Intereses fue señalada por la autocracia verde olivo como "nido de espías, centro de subversión y sucursal financiera de los mercenarios y contrarrevolucionarios" que se oponían a la dictadura castrista.

En los alrededores de la mansión donde históricamente han residido los embajadores de Estados Unidos, en el oeste de La Habana, había varios puntos de chequeos de la contrainteligencia. Al día siguiente de asistir a un evento "en terreno enemigo", oficiales de la Seguridad del Estado te citaban para indagar el motivo de la visita.

Navegar por internet desde la Sección de Intereses, hoy Embajada estadounidense, charlar con un diplomático o asistir a uno de los cursos que impartían, significaba marcarte como CR (contrarrevolucionario). La prensa oficial condenaba en groseros términos la supuesta injerencia de los funcionarios estadounidenses: especialmente se cebaron con James Cason, al que los medios castristas llamaban "el sargento Cason".

Por puro miedo, artistas plásticos, dramaturgos, cineastas y otros intelectuales, aparentemente liberales y defensores del intercambio cultural entre las dos naciones, no asistían a los eventos organizados por la delegación diplomática de Estados Unidos.

Con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, sobre todo después del 17 de diciembre de 2014, donde ambos gobiernos salieron de sus respectivas trincheras cavadas durante la Guerra Fría y arriaron la bandera blanca, la víspera del 4 de julio se transformó en una pasarela de músicos, artistas e intelectuales cubanos famosos, que igual se tiraban una foto con Berta Soler y un opositor de barricada que escuchaban absortos a Chico O’Farrill y su banda de jazz mientras bebían con calma un doble de whisky Jack Daniel's.

Pero llegó Donald Trump a Washington. Y tras anunciar un paquete de medidas que supuestamente afectarían a las empresas militares que hacen caja en el sector del turismo, se desató el affaire de los presuntos ataques acústicos a 26 diplomáticos norteamericanos acreditados en La Habana.

Se ha regresado a los viejos tiempos. Una embajada desierta, sin colas de futuros emigrantes y la mayoría de los prósperos negocios privados aledaños, cerrados hasta nuevo aviso.

Con las relaciones en su más bajo nivel desde 2014, con varios días de antelación, la Embajada de Estados Unidos organizó la celebración por el Día de la Independencia. "Fueron invitadas muchísimas personas, como otras veces, pero por una razón u otra, no todas asistieron", señala una fuente.

Estuvieron presentes una veintena de opositores, activistas de derechos humanos y periodistas independientes, tres o cuatro reporteros extranjeros acreditados en Cuba, y Fernando Rasvberg, colaborador de Le Monde Diplomatique y editor del popular blog Cartas desde Cuba, al que las autoridades de la Isla no le han renovado su licencia.

También asistieron músicos, artistas e intelectuales que aprovechan estas citas para hacer lobby pensando en futuros viajes, conciertos o presentaciones en Estados Unidos. El cuerpo diplomático que asistió no fue muy concurrido.

“Con la que ha armado Trump y su guerra comercial a países de la Unión Europea, las relaciones entre Estados Unidos y nosotros no pasan por su mejor momento”, apuntó un funcionario europeo.

El calor y la humedad relativa eran espantosos. Mientras los invitados esperaban las palabras de Philip Goldberg, encargado de negocios de Estados Unidos en Cuba, las personas bebían mojitos, picaban canapés de jamón o queso y papas fritas aderezadas con salsa cóctel.

Aproximadamente a las ocho de la noche, luego de que un grupo de jóvenes músicos cubanos interpretaran los himnos de Cuba y Estados Unidos, Goldberg dijo unas palabras de bienvenida.

Su alocución apenas duró cuatro minutos. Con esa habilidad innata que tienen los diplomáticos para pintar de color rosa un panorama gris y desolador, destacó que “hoy estamos tan comprometidos como siempre. Estamos trabajando con nuestros colegas cubanos en unos veintidós proyectos que han establecido nuestros gobiernos desde el restablecimiento de relaciones diplomáticas”. Y subrayó que “especialistas estadounidenses se encuentran investigando en colaboración con Cuba las causas del trágico accidente aéreo ocurrido hace un mes”.

En su breve discurso, no habló de los ataques sónicos, del estancamiento de las relaciones, de las continuas violaciones de los derechos humanos en Cuba ni de la inercia del régimen hacia los emprendedores privados.

Un disidente comentó: “Hace 22 años que asisto a las celebraciones por el 4 de julio y las cosas en Cuba, en tema de democracia, siguen igual o peor. Me espanta que dentro de dos décadas tenga que decir lo mismo”.

La sensación percibida por algunos opositores y periodistas independientes presentes, es que el neocastrismo tiene cuerda para rato. El final no está al doblar de la esquina.

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