LA HABANA.- La última vez que Alain, obrero de una siderúrgica del sur de La Habana, comió carne de cerdo fue el 23 de marzo, cuando el régimen decretó el confinamiento para frenar la pandemia del COVID-19. “Aunque conseguir comida antes del coronavirus ya era un problema, había logrado comprar diez libras de carne de puerco a 45 pesos la libra. Ahora cuesta entre 70 y 90 pesos la libra. El arroz por la libre todavía lo vendían a 4 pesos la libra y los frijoles negros costaban diez pesos una libra. En estos momentos, la libra de arroz y la de frijoles no bajan de 30 pesos en el ‘mercado negro’”.

Alain cambió su dieta de forma radical. Si hay, desayuna una taza de café. Su esposa prepara una sola comida al día a base de arroz, vianda hervida y huevo, en cualquiera de sus variantes: hervido, frito, en revoltillo o tortilla. “Nos hemos convertido en vegetarianos a la fuerza, con la diferencia de que tampoco es fácil adquirir viandas y hortalizas. Ya ni me acuerdo cuándo comimos pescado. De proteína, huevo y la libra de pollo que nos toca por la libreta. Nos estamos alimentando poco y mal. Hay días que siento hambre”, confiesa la esposa de Alain.

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Desayunar, almorzar y comer se ha convertido en un lujo, al alcance de unos pocos. El precio de los alimentos se ha multiplicado por dos y hasta por tres. En Cuba, asegura Mireya, funcionaria municipal de Comercio Interior, consideran alimentos básicos al arroz, frijoles, pollo, huevo y salchichas.

“El Estado intenta potenciar el consumo de frutas, hortalizas y vegetales. Existe un proyecto con el Ministerio de la Agricultura para que cada persona mensualmente consuma 30 libras de viandas y 5 kilogramos de proteína animal. Pero estamos muy lejos de cumplirlo. En La Habana, por ejemplo, de 500 toneladas diarias de viandas y frutas que se deben comercializar, no sobrepasamos las 80 o 100 toneladas. El arroz escasea debido a una caída de la producción nacional y al aumento del precio en el mercado internacional, que combinado con la falta de liquidez, ha creado el actual bache”, comenta la funcionaria y agrega:

“Con respecto a los cárnicos no hay un plan a corto plazo para satisfacer la demanda. La falta de alimento animal, junto a la subida del impuesto a los criadores particulares de cerdo, trajo consigo una disminución notable de la producción porcina. La bovina y caprina hace años que está deprimida. Para sustituir a la proteína, el Gobierno proyecta aumentar la cría intensiva de claria [especie rara de pez] así como la elaboración de croquetas, hamburguesas y embutidos con subproductos cárnicos. Si no se logra reactivar la producción agrícola, será muy complejo garantizar la alimentación de la población”.

El régimen solo puede garantizar por la libreta de racionamiento 7 libras de arroz, 20 onzas de frijoles negros, 5 libras de azúcar, 10 huevos, una libra de pollo, media libra de mortadella o picadillo que le añaden soya, media libra de aceite vegetal y un panecillo diario por persona. Algunos productos que se suelen vender en los mercados por divisas comenzaron a venderse ocasionalmente por la libreta. Pero según la funcionaria de Comercio Interior, por “afectaciones en la importación de materias primas y escasez de divisas, la producción nacional de salchichas se ha visto afectada al igual que la importación de pollo. La producción de pollo local sigue teniendo muchas dificultades. En los meses de verano no se podrá seguir vendiendo por la libreta la libra adicional de pollo a 20 pesos per cápita".

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Varias personas esperan frente a una oficina de Western Union el 12 de junio de 2020 en el Vedado, en La Habana, Cuba.

Varias personas esperan frente a una oficina de Western Union el 12 de junio de 2020 en el Vedado, en La Habana, Cuba.

Cuando el viernes 3 de julio se inició en La Habana la primera fase post COVID-19, miles de personas se desplazaron a otros municipios de la ciudad intentando adquirir alimentos. Desde la seis de la mañana Osvaldo y su hijo esperaban para abordar el transporte público de la ruta P-6 e iniciar un extenso periplo por tiendas de Centro Habana, Habana Vieja y Vedado.

“Ahora en las guaguas se limita la cantidad de pasajero a viajar en cada ómnibus. Solo pueden viajar los que están sentados y diez o doce de pie manteniendo la distancia. Un ayudante del conductor te da un paño con hipoclorito para que te lo pases por las manos y debes viajar con el nasobuco puesto”, cuenta Osvaldo, quien con su hijo inicio el recorrido por el complejo comercial de Cuatro Caminos.

“El agro estaba ‘pelao’. El mercado y la carnicería estaban cerrados. La única tienda abierta es la que vende, en dólares, equipos electrónicos y electrodomésticos. Por cierto, había tremenda cola para comprar neveras”. Recorrieron decenas de tiendas sin suerte. La mayoría estaban cerradas o las colas eran kilométricas. Después de ocho horas de caminando, con un calor asfixiante que superaba los 32 grados centígrados [89.6 Fahrenheit], vieron una aglomeración en un mercado del Vedado y allí pudieron comprar cuatro paquetes de espaguetis. “Ni teniendo dinero se consigue comida. Regresamos a casa solo con los espaguetis”, dice decepcionado.

Nuria, dueña de una peluquería, afirma que comprar alimentos, medicinas y artículos de aseo se ha convertido en una experiencia frustrante para gran cantidad de ciudadanos en la Isla. “En muchas ocasiones haces cola por gusto, pues casi nunca alcanzas. O porque los revendedores se lo llevan todo o simplemente porque se acabó. Suelo comprar por WhatsApp. Es verdad que todo te sale más caro, pero te traen la mercancía hasta la puerta de tu casa”.

El feroz desabastecimiento afecta particularmente a la personas de bajos ingresos. Es el caso de Alfaro, tabaquero jubilado: "Llevo tres meses haciendo colas para conseguir ‘buchitos’ de comida. Se erradica el coronavirus y siguen las colas. Ayer hice una cola de cinco horas pa' comprar yogurt y hoy otra pa’ comprar croquetas. La cola se ha convertido en el deporte nacional”.

Un porcentaje amplio de habaneros coincide en que, de no mejorar el abastecimiento de alimentos, el país está abocado a una devastadora crisis alimentaria. Berenice, licenciada en biología, desde hace tres años se dedica a importar electrodomésticos, ropa y artículos de aseo desde la Zona Franca de Colón, Panamá. Está convencida de que la solución ante la nueva crisis económica que se vive en Cuba es emigrar.

“Estoy esperando que empiece la fase tres post COVID-19 en La Habana y se inicien los vuelos internacionales. Te aseguro que un montón de gente que tiene sus visas activas va a buscar la manera de marcharse del país hasta que pase esta nueva versión del 'período especial'. Tengo planes de montar un negocio en Panamá o Costa Rica”, señala Berenice.

Y es que una nueva oleada migratoria se avizora en la Isla. Miles de emprendedores privados, profesionales o disidentes hacen planes para emigrar. Unos piensan que será una estadía temporal. Otros están decididos a marcharse definitivamente. Consideran que escapar del manicomio cubano es la mejor opción. Quizás la única.

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