jueves 2  de  abril 2026
ANÁLISIS

José Martí y la resiembra de la esperanza

Es fácil apreciar que Miguel Díaz-Canel y sus sicarios, al igual que la dupla Ortega-Murillo y las huestes de facinerosos que le acompañan, se sienten inseguros, temen por su futuro

Por PEDRO CORZO

En este 173 aniversario del natalicio de José Martí, conmemorado hace unos días, el 28 de enero, se ha apreciado entre los cubanos una mayor confianza en el futuro, concurrente, con la profunda y vasta crisis que enfrenta el sistema totalitario castrista, tan grave, en la opinión de muchos, que no descartan el fin de esa tiranía, aunque el totalitarismo se haya fundado sobre la desesperanza y la permanencia del sistema.

Es apropiado reconocer que la represión bajo el totalitarismo tiene un formato integral y diversificado que ha intoxicado con el terror a la mayoría de la población. Las regulaciones restrictivas de un sistema absoluto trascienden lo policial, ya que hacen acto de presencia en el mundo laboral, educativo y social, incluyendo la familia. No hay actividad ajena al control del Estado después de que se implanta un sistema totalitario.

Esta gestión tan abarcadora limita en gran medida la formación de una oposición articulada nacionalmente con propuestas de carácter social y reivindicativas que promuevan proyectos políticos y sociales, factor que impide a los opositores promover protestas y reclamos que los conviertan en opción de cambio.

El control es tan dominante que la inmensa mayoría de la población se siente desamparada ante las autoridades del Estado. La indefensión y la desesperanza son un sentir extendido en toda la sociedad, producido por la supremacía del Estado, gobierno y partido, en los más ínfimos detalles del quehacer diario.

Por suerte, para los cubanos, nuestra historia cuenta con las doctrinas y ejemplos que nos dejó José Martí, parte fundamental de nuestro pensamiento nacional. La vocación patriótica del “Maestro”, su confianza en el futuro y su hacer constante a favor de su utopía, una república “con todos y para el bien de todos”, son referentes para cualquier ciudadano con conciencia cívica, como lo fueron sus convicciones sobre la libertad individual y la soberanía popular.

Martí siempre se manifestó con mucha claridad sobre los derechos inalienables del hombre al subrayar que la libertad “es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía", mientras el castrismo se ha sostenido perpetuamente en el oportunismo, la mentira y el engaño. El sistema totalitario está afincado en una doble moral, en la que el vasallo oculta sus opiniones y actúa con base en lo que le conviene a su sobrevivencia, una hipocresía integral que se ha convertido en el agente más corrosivo que enfrenta el despotismo.

Las diferencias entre las propuestas políticas de Martí y las del tirano Fidel Castro son abismales. El Maestro siempre difundió la esperanza y fue muy explícito cuando escribió: “Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en la que nos tocó nacer; y ni se ha de permitir que, con el engaño del santo nombre, se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas”, una descripción del castrismo muy difícil de igualar.

En cambio, los hermanos Castro identificaron persistentemente la Patria con la Muerte, como si fuera parte de su patrimonio, una heredad en la que no hacen distinción entre rebaños y personas, eliminando así toda esperanza de los ciudadanos que, transformados en siervos, esperan una vida mejor.

El apóstol cubano con una indudable visión de futuro advirtió en “La futura esclavitud”, 1884, sobre el peligro de concentrar el poder en el estado, señalando que “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado”, destacando a su vez el surgimiento de una nueva clase que llama “funcionarios”, burócratas, una angustiante realidad que sufren los cubanos desde hace más de seis décadas.

Las esperanzas han crecido y fortalecido por factores propios de los pueblos y gracias a la decisión del presidente Donald Trump de encarcelar a Nicolás Maduro, más sus advertencias a los dictadores de Cuba y Nicaragua de que sus depredaciones han llegado a su final, lo que sumado al agotamiento del despotismo en ambos países ha motivado el renacer de la esperanza de cambios que conduzcan a la democracia o al menos, al derrocamiento de los opresores.

Es fácil apreciar que Miguel Díaz-Canel y sus sicarios, al igual que la dupla Ortega-Murillo y las huestes de facinerosos que le acompañan, se sienten inseguros, temen por su futuro porque la impunidad que han disfrutado por años se les está terminando.

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