La política es el “arte” de gobernar. Cuando el gobierno de un país surge de la voluntad del pueblo (poder ascendente), como se da en los sistemas democráticos, el gobierno siempre está bajo la presión de tratar de hacerlo bien porque los errores los cobra el pueblo en la siguiente elección. Pero cuando el gobierno tiene otro origen, como ocurre en los regímenes totalitarios (poder descendente), no existe presión alguna para hacerlo bien porque el gobierno se establece a perpetuidad.

En Cuba, el Partido Comunista con su control total sobre el estado, el gobierno, las fuerzas armadas y la sociedad civil, jamás ha sentido la presión de gobernar bien. Su prioridad ha sido mantener el poder político y no la eficiencia. De esa manera, la lista de planes económicos, sociales y culturales fracasados ha sido interminable. Fidel Castro, como cabeza del Partido, fue pródigo en ese renglón. Raúl, con menos tiempo como líder del Partido, tampoco ha tenido lauros que presentar, ni siquiera “el vacito de leche” que le prometió a todos los cubanos al comenzar su gestión.

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Realmente, el régimen castrista no había tenido que pagar consecuencias serias por sus fracasos. Sus aparatos represivos se encargaron siempre de eliminar o acallar las protestas y quejas por las múltiples necesidades, por cada restricción y privaciones que a lo largo de seis décadas le habían impuesto a los cubanos. Después de los primeros esfuerzos libertarios, entre 1959 y 1966, las “opciones” de los cubanos contra el régimen se limitaron a escapar del país, unos por vía legal cuando el régimen lo permitió, y otros, por la peligrosa vía ilegal.

El factor que por más de treinta años le evitó una crisis interna seria al régimen castrista, fue la subvención soviética. Ahí están como evidencia los más de $35,000 millones de dólares que el régimen quedó debiéndoles. El grado de dependencia con la Unión Soviética, en muchos otros renglones, también se demostró con la caída de casi el 60% del Producto Interno de Cuba inmediatamente después que se desintegró la URSS en 1991.

Sin embargo, cuando el benefactor soviético desapareció, surgieron otros “países amigos” que nuevamente salvaron al régimen castrista de una crisis interna de importancia. Los países con gobiernos social-demócratas de Europa, liderados por Felipe González y en alianza con el México de Carlos Salinas de Goltari y la Venezuela de Carlos Andrés Pérez, se lanzaron a la “conquista” de Fidel Castro para sumarlo a la social-democracia creyendo que Castro se comportaría de la misma forma que lo hicieron numerosos ex-líderes comunistas de Europa Oriental que “evolucionaron” hacia esa filosofía política. Felipe González y compañía esperaban usar la influencia significativa que Castro tenía en América Latina para fortalecer la social-democracia en la región.

El instrumento que crearon los social-demócratas para influenciar a Castro, y de paso aislar a Estados Unidos en la región, fue las “Cumbres Iberoamericanas”. No por casualidad la primera se celebró en Ciudad México y la segunda en Madrid. Castro, por su parte, “se dejó querer” y los manipuló a su antojo. Recordemos la frase que usó años después para referirse a esa política equivocada: “Los escuchaba con la paciencia de Job y con la sonrisa de la Mona Lisa”. El provecho que les sacó Castro fueron los abundantes créditos que le consiguieron en Europa y que le sirvieron para mantener a flote la economía cubana. Como evidencia de la tabla de salvación que le proporcionaron, está el aumento sustantivo de la deuda del régimen castrista con el “Club de París” entre 1992 y 1999.

A partir de ese año, cuando la mayoría de los créditos ya estaban congelados por la moratoria castrista de no-pago, nuevamente le llegó al régimen otra “tabla de salvación”, Hugo Chávez, que con su ayuda masiva les pospuso la crisis interna por otros 20 años.

Sin embargo, en los últimos cuatro la situación cambió en numerosos aspectos: El primero es que “la válvula de escape” que significaba la constante emigración del país quedó cerrada. Esos “no simpatizantes” permanecieron en Cuba. El segundo son las sanciones económicas de la administración del Presidente Trump que cortó los ingresos que recibían de los barcos cruceros, redujo las remesas y le propinó un fuerte golpe a las inversiones extranjeras al poner en vigor la Ley Helms-Burton. El tercero fue la pérdida de los contratos de los médicos esclavos en Brasil, Bolivia y Ecuador, además de la reducción en los ingresos por los de Venezuela. El cuarto es la pandemia del coronavirus que le paralizó el turismo y semiparalizó la actividad productiva en renglones de exportación como el azúcar, el tabaco y el níquel. El quinto fue la absurda política de persecución y confiscaciones contra los campesinos

independientes que, como advirtieron en ese momento, ha traído una escasez severa de productos del agro. Y, el quinto, es la falta de liderazgo. Los Castro argumentaban su legitimidad al frente del régimen por haber liderado la revolución que les dio el poder político, pero Díaz-Canel carece de argumento. Simplemente fue puesto “a dedo”. Además, cuando asumió su cargo, él mismo dijo que “lo iba a consultar todo”. Su posición quedó identificada como la de “lleva y trae”. La implicación es que carece de autoridad y se evidencia en los epítetos que el pueblo comenzó a colocarle en las redes sociales y que son innombrables aquí.

Todos esos factores antes mencionados, más la escasez de alimentos y artículos de aseo, el aumento de los precios, el regreso de los cortes de electricidad, la ineficiencia de las vacunas y el aumento crítico de los contagios con el coronavirus, se concatenaron con la incapacidad del régimen para producir soluciones y trajeron como resultado una “ebullición” de la ira popular acumulada. La ebullición no es ciega porque el pueblo sabe que la causa de los problemas es el sistema comunista. Nadie pide comida. Todos piden libertad.

Como preámbulo, el arbitrario Decreto 349 ya había llevado a los músicos y artistas a un enfrentamiento con el régimen. Y éste, en lugar de buscar una solución al problema, recurrió a lo usual, rechazo y represión. Evidentemente, el régimen no entendió que las circunstancias habían cambiado y que los sectores jóvenes de la población están concientes que bajo ese régimen no hay futuro para una vida mejor y no aceptan más quedar en silencio. El Movimiento artístico San Isidro, se les volvió rebelde y comenzó a mostrarle a los demás jóvenes que sí se podía decir no y ejercer la desobediencia civil como lo han hecho otros jóvenes en el mundo ante la opresión.

La explosión social en Cuba ya era predecible, pero nadie podía imaginar la magnitud y extensión con que se dio.

Lo que demostró la explosión social es que las cadenas del miedo con que el régimen mantuvo atadas las aspiraciones legítimas de los cubanos, se rompieron. Las armas y el poder siguen en manos del régimen, pero la razón y la legitimidad ya están en las manos y voces del pueblo. Lo hemos estado viendo en la forma viril y fuerte con que los familiares y amigos han ido frente a los cuarteles policiales para exigir, más que reclamar, la liberación de los suyos.

Nadie en el régimen debe dudar que volverá a ocurrir otra explosión social y que, seguramente, será de mayor magnitud que la anterior porque en ésa, no habrá “indecisos”. El ejemplo ya marcó el rumbo. Se percibe en la atmósfera humana de la isla y se siente aquí. El respaldo que recibieron en todo el mundo democrático de parte de presidentes y ex-presidentes, seguramente les servirá de incentivo. Ya no están solos. El exilio les ha respondido contundentemente. Los legisladores federales cubanoamericanos, los alcaldes y consejales de todas las ciudades donde viven cubanos, han llevado sus gestiones a todos los niveles del país. Hasta la Casa Blanca lo ha sentido.

Esta es la hora de la sensatez. Ya el exilio, a través de la Asamblea de la Resistencia Cubana, le ha enviado un mensaje de concordia a los militares cubanos para que no cumplan las órdenes criminales de disparar contra el pueblo desarmado que solo está ejerciendo el derecho, internacionalmente reconocido, de protestar pacíficamente. La lealtad de las fuerzas armadas debe ser con la nación y el cuerpo de la nación es el pueblo.

La incógnita que queda pendiente en medio de esta crisis tan seria, es: ¿Tendrá el régimen la sensatez de aceptar que su gestión de gobierno fracasó y que su monopolio del poder político tiene que terminar? El pueblo expresó clara y contundentemente que no quiere más el sistema comunista y que debe dársele una salida pacífica al problema para evitar un baño de sangre que, de ocurrir, va a forzar a Estados Unidos a tener que realizar una acción armada para frenarlo.

Sería sensato que en este momento crítico los miembros del régimen lean la historia y no malinterpreten la paciencia norteamericana o sus mensajes anteriores buscando entendimiento. La mayoría de las guerras y acciones armadas de Estados Unidos las han realizado los gobiernos demócratas. Este el momento para que el régimen sea sensato y piense bien lo que va a hacer. La próxima explosión social puede ser apocalíptica, para ellos también.

Luis Zúñiga

Analista político

lzuniga6347@hotmail.com

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