El viernes 18 de noviembre de 2016, Ramón Arboláez Abreu, 45 años, partió desde Cuba con su esposa y dos hijos rumbo a Trinidad y Tobago. La meta final era entrar legalmente a Estados Unidos por un paso de la frontera sur mexicana.

No podía suponer Arboláez que el 12 de enero 2017, el presidente Barack Obama derogaría la "ley pies secos, pies mojados", una normativa que concedía automáticamente a los ciudadanos de origen cubano visa de entrada a Estados Unidos. En esa etapa, las dos naciones salieron de sus trincheras cavadas durante la Guerra Fría. Se restablecieron relaciones diplomáticas y Obama visitó la Isla, donde ofreció un histórico discurso en La Habana.

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Oriundo de la provincia Villa Clara, a poco más de 270 kilómetros al este de la capital, Ramón Arboláez es miembro desde finales de los años 90 de la ilegal y reprimida oposición cubana. Fue detenido varias veces por la Seguridad del Estado debido a su activismo político como integrante de la Coalición Central Opositora y del Foro Antitotalitario Unido (FANTU) que lidera Guillermo ‘Coco’ Fariñas.

Ante la represión y el acoso de la policía política, las únicas puertas que quedaron abiertas para Ramón y su familia fueron las de la emigración. Entre los años 2014 y 2016 más de cien mil cubanos decidieron escapar del manicomio castrista huyendo de la pobreza y la falta de futuro.

Arboláez permaneció tres años en Trinidad y Tobago. “Allí, en octubre de 2017, me reconocen mi estatus de refugiado político. Pero es una isla muy pequeña y los refugiados deben presentarse en un tercer país porque no tienen condiciones para albergar a refugiados”, cuenta vía WhatsApp.

“En la sede de las Naciones Unidas en Puerto España, capital de Trinidad y Tobago, protagonicé dos protestas junto con mi familia. Dos veces mi esposa y yo fuimos a prisión y los niños quedaron bajo la custodia del gobierno durante tres meses. Fueron momentos muy duros para mis hijos”, confiesa y da más detalles de la odisea vivida:

“Entonces decidimos salir en lancha, de forma ilegal, rumbo a Venezuela. Pero la Guardia Nacional chavista me bajó del autobús que se dirigía a la frontera con Colombia y me separaron de mi familia. Estuve detenido dos días en una estación de policía y mi familia se trasladó a Cúcuta, una pequeña ciudad colombiana fronteriza con Venezuela. Estuve deambulando por Caracas por espacio de nueve días. Hasta que mi mujer contactó con un coyote que me cruzó la frontera a Colombia y me envió a Medellín, donde pude coger un bus hasta la playa de Necoclí, y encontrarme con mi familia en un campamento montado a la orilla de la playa, en espera de abordar una lancha que nos trasladaría a Puerto Obaldía, una pequeña isla muy cerca de la selva de Darién”.

Estuvieron cinco días de travesía por la espesa selva del tapón de Darién hasta que llegaron a la ciudad de Panamá, donde Ramón Arboláez, su esposa y dos hijos siguieron todo el flujo migratorio tradicional, cruzando una frontera tras otra por todo Centroamérica hasta llegar a la ciudad de Palenque, Chiapas, México.

Después del brutal maratón terrestre, “pedimos una protección a México por persecución política y me fue otorgada. En enero de 2020 comencé a perder peso. Tuve meses esperando para saber qué enfermedad padecía. Luego comenzó la pandemia del coronavirus y me trasladaron de Palenque a la ciudad de Monterrey. Estuve varios meses sin atención médica. Pero gracias a Dios, una periodista de Miami, Mayté Luna, que seguía mi caso, pudo contactar a funcionarios de ACNUR en México para que yo fuera atendido por mi enfermedad. Me llevaron a una clínica privada para realizar los estudios pertinentes. Fui atendido por un oncólogo y me realizaron varios exámenes, entre ellos una tomografía, estudios de laboratorio, ultrasonidos y una biopsia. Supe entonces que tenía un agresivo cáncer de lengua y garganta que abarca la mandíbula y los dientes. Me dijeron que no podía ser operado, porque no sería beneficioso. Me orientaron que lo mejor era reducir el tamaño del tumor con quimioterapia”, explica Arboláez.

Decidieron enviarlo al hospital metropolitano de Monterrey, pero por la contingencia del COVID-19 estaba colapsado y solo atienden casos de coronavirus. "Por eso estoy en la frontera de Reynosa. El viernes 24 de julio me presenté por una visa humanitaria, debido a que mi vida peligra por el cáncer que padezco. Gracias a unas monjas católicas que me pagaron un hotel pude hacer la gestión, que fue baldía pues no aceptaron que lo hiciera en la frontera. El lunes 27 fui al consulado estadounidense en Matamoros y presenté para una visa médica (tuve que pagar 320 dólares que me hicieron llegar compatriotas del exilio) para mí y mi esposa. Pero el Cónsul me denegó la visa, alegando que con ese tipo de visa hay que demostrar que puedo ir a Estados Unidos y regresar al terminar el tratamiento. Los funcionarios consulares dicen que como no tengo ninguna propiedad en México, se les hace difícil pensar que regrese de nuevo a México. Para ellos, mi esposa y yo somos posibles emigrantes”.

El disidente cubano siente que está atrapado en un drama humano. Viviendo como un gitano junto a su familia en condiciones precarias y enfrentando un cáncer devastador. Ramón Arboláez se encuentra en tierra de nadie.

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