sábado 21  de  febrero 2026
CUBA

Una vieja dictadura que intenta aparentar democracia

El país naufraga sin destino alguno, haciendo piruetas ideológicas y con una apuesta de futuro que solo produce más emigración
Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

ESPECIAL
@DesdeLaHabana

LA HABANA.- En el año 279 a.C., Pirro, rey de Epiro, en la antigua Grecia, comenzó la segunda mayor batalla de la guerra en Asculum. Durante dos días, el general romano Publius Decius intentó aprovechar el terreno de las colinas de Apulia para reducir la caballería y los elefantes griegos.

Pero el guerrero no consiguió detenerlos. Los romanos dejaron en el campo 6.000 soldados, por 3.500 las bajas helénicas. Según cuenta la historia, al contemplar el resultado de la batalla, Pirro dijo: “Otra ‘victoria’ como esta y volveré solo a casa”.

Para la inmortalidad quedó reflejado el término de una victoria pírrica, aquella que se consigue con muchas pérdidas en el bando aparentemente ganador o tácticamente vencedor.

Cualquier semejanza con la realidad del régimen castrista en Cuba no es pura coincidencia. Justo después de los pobres resultados en la farsa electoral del 27 de noviembre, la maquinaria política de la autocracia verde olivo se puso en marcha.

Experiencias

Un exfuncionario del Partido Comunista, la única agrupación partidista permitida en la isla contó a DIARIO LAS AMÉRICAS que “después de esa debacle, cuando solo fue a votar el 68% del padrón electoral, y en La Habana el 55% de la población se abstuvo o anuló su voto, el gobierno acordó revertir la situación”.

Es un panorama terrible para el régimen. El modelo implementado por Fidel Castro nunca funcionó, “ni siquiera para nosotros mismos”, le dijo el dictador en un rapto de ‘sinceridad’ a un periodista estadounidense.

La revolución cubana siempre priorizó la política antes que desarrollar una economía que generara prosperidad a la población. Castro fue un narcisista incorregible. Quería poner a Cuba en el mapa mundial. Y lo logró, no con éxitos económicos, sino con subversión e injerencia en América Latina y África.

La dictadura castrista dilapidó el generoso subsidio soviético durante casi 40 años, el doble que el Plan Marshall de Estados Unidos a Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial, en adiestrar guerrilleros y terroristas de medio mundo. Estableció un ejército con un millón de hombres armados, 3.000 tanques de guerra y más de 200 aviones. Cuba ha sido el único país pobre del Tercer Mundo que intervino de manera simultánea en dos guerras, Angola y Etiopía, a más de 10.000 kilómetros de sus costas.

La Unión Soviética enviaba gratis a La Habana petróleo del Cáucaso, materias primas, carne enlatada, leche en polvo y compotas, entre otros productos. Éramos un satélite de Moscú en el Caribe. En la isla estuvieron emplazados 20.000 soldados soviéticos, una base de espionaje electrónico y los servicios especiales cubanos aprendieron de la KBG y la STASI de la Alemania Oriental cómo enfrentar y reprimir a la disidencia.

Cuba fue un duplicado de la URSS en el plano económico y político. Desde la Constitución de 1976, calcada de la Constitución estalinista de1936, hasta la planificación centralizada de la economía. Fidel Castro detestaba la democracia occidental. Le parecía una hipocresía liberal, un sofisticado juego de espejos. El Estado, es decir él, era dueño de los medios de comunicación, de la cultura, los deportes y las ciencias.

Censura

En la isla se publicaba lo que el aparato de propaganda del Partido Comunista quería que se leyera. La censura autorizaba qué película, obra teatral o concierto debían ver los cubanos. El control era absoluto. Alquilar una casa en la playa, comprar un televisor, mudarse a un apartamento en buenas condiciones, dependía de la lealtad a la ‘revolución y su comandante’.

En cada cuadra existía un CDR para vigilar a los enemigos del sistema. Hablar de democracia, leer periódicos y revistas extranjeras, tener libros de escritores prohibidos por el régimen o guardar en tu domicilio un ejemplar de la Declaración Universal de Derechos Humanos era considerado un delito. Escribir cartas a un pariente en Miami era punible. Vestir un jean Levi’s te podía convertir en un sospechoso e incluso ser expulsado de la universidad.

Si decidías emigrar, había que trabajar 40 días en la agricultura y luego entregar tu casa y tus bienes a las autoridades, quienes previamente te habían hecho un minucioso inventario de tus pertenencias y las de tu familia. En 1963 fueron creadas las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), gulags caribeños donde encerraron a roqueros, homosexuales y religiosos. Que el régimen castrista hable de democracia es un contrasentido.

¿Elecciones?

Cuando el 2 de diciembre de 1976, Fidel Castro dejó inaugurada la primera asamblea parlamentaria y estructurado el Poder Popular, una institución burocrática que ocasiona más gastos que beneficios, no fue con intención de democratizar la sociedad. No. Al contrario. El plan era sofisticar aún más los mecanismos de control social. En los 47 años de su existencia, jamás el monocorde y aburrido parlamento nacional ha votado en contra de un proyecto o decreto gubernamental. Quienes supuestamente representan a sus electores siempre levantan la mano por unanimidad.

Las elecciones diseñadas por los gobernantes, para querer aparentar modernidad y democracia, son una puesta en escena. Ni siquiera cuando en el barrio un vecino propone como delegado a una persona que el régimen considera disidente, hay rastros de democracia. Los aceitados mecanismos de la dictadura sirven de cortafuego y abortan esa posibilidad.

Un sector de la oposición ha intentado sin éxito postularse como delegados de circunscripción. Quizás la estrategia contribuye a desenmascarar a la dictadura o que un disidente pueda colarse por alguna rendija y acceder a un cargo público. Pero es perder el tiempo.

El poder establecido castrista está blindado a pruebas de bombas. Si conocemos de antemano que Cuba es una dictadura dura y pura, camuflada con una narrativa de justicia social, analizar las votaciones del 26 de marzo, donde ya los 470 diputados estaban aprobados, no vale la pena. Aunque se debe reconocer que el castrismo, que ya lleva 64 años en el poder, trata de renovarse y ser original. Y no caer en la burda chapucería de sus colegas de Corea del Norte, donde en los remedos de sufragios los norcoreanos apruebas las disposiciones por el 99,9%.

Dar como buenas las estadísticas que ofrecen las autoridades es validar el sainete electoral. El papel aguanta lo que pongan. Si el régimen quiere creer que el 76% de la población, con la que está cayendo en el país, votó a favor de su gestión, que se lo crea.

Los periodistas independientes, que gastamos las suelas de los zapatos hablando con la gente de a pie, conocemos la realidad cubana, sabemos que es una colosal mentira. Probablemente las cifras estén invertidas. Los dictadores, pueden ser más o menos crueles, pintorescos, ególatras o lunáticos. Pero a todos les gustan los baños de masas, creerse que son apoyados por multitudes.

Cuando el 1 de noviembre de 1924 Gerardo Machado ganó las elecciones a la presidencia, fue un personaje popular y realizó importantes obras públicas como el Capitolio Nacional y la Carretera Central. Después, pretendió eternizar ese ‘amor del pueblo’ a golpe de porras, balas y palmacristi. Fulgencio Batista, capaz de lo mejor y lo peor, en la década de 1940 legalizó el Partido Socialista Popular y en un momento en que la Unión Soviética era aliada de los Estados Unidos, los comunistas cubanos llegaron a tener dos senadores en el congreso de entonces.

En ese primer mandato de Batista se promulgó la más avanzada Constitución que tuvo Cuba, la de 1940. Luego, con el pretexto de querer extirpar la corrupción institucional, dio un cuartelazo el 10 de marzo de 1952. Fidel Castro se disfrazó de santón para engañar a una parte importante del pueblo. En su macarrónico inglés repetía "I am not communist". Decía que no le interesaba el poder. Aseguraba que era un demócrata.

A pesar de sus posteriores métodos dictatoriales, contó con un cheque en blanco y el apoyo, por miedo, simulación o lealtad, de una mayoría durante 30 años. La revolución cubana es una hipérbole. Una abstracción. Papel mojado. Periódico viejo.

Es el caso de la actual camada de compadres del Partido Comunista, escasos de ideas, sin carisma, cansinos, con una verborrea desfasada. Dirigentes sin soluciones ni gestiones que resuelvan los disimiles problemas que afectan a la sociedad. Ministros y funcionarios que se escudan en el discurso facilón de la continuidad, decididos a cargar en hombros el féretro de Fidel Castro, creyendo que eso les va a mantener en el poder.

La realidad los ha puesto en su lugar. Cuba naufraga hacia ninguna parte, haciendo piruetas ideológicas y con una apuesta de futuro convoyada a la Rusia de Putin. Por ahí van los tiros, seguidos de dos noticias, una mala y otra buena. La mala, que no se vislumbra luz al final de túnel. La buena, que las dictaduras también tienen su epílogo.

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