Por Andrés Correa Guatarasma

¿Sería exagerado decir que lo que viene sucediendo en Venezuela es un holocausto? Según el Diccionario de la Real Academia Española, el término significa "gran matanza de seres humanos". Asesinatos, ausencias provocadas, no naturales.

No coincide con la imagen del holocausto europeo tan documentado por Hollywood. Pero tampoco se puede negar que hay matanza sistemática, discriminación y patadas permanentes a los derechos humanos de una población por negligencia confesa de quienes dicen liderar el país.

En otras zonas y épocas también. No se trata de comparar calamidades. "Quien salva una vida, salva al universo entero", dice el Talmud. Pero en Venezuela impacta porque incluye el despilfarro sin piedad de la mayor riqueza petrolera per cápita del globo, misteriosamente "desaparecida" con complicidad internacional.

De momento no hay comunicación posible con Venezuela que no implique malas noticias, sea una simple conversación telefónica o la lectura de los pocos periódicos que han sobrevivido vía digital, mientras los impresos lucen tan desnutridos como la mayoría de la población.

Quizá sea Puerto Rico el único otro territorio en el hemisferio que en este momento pueda compararse en desolación, desesperanza y emigración. Y aunque allá hubo una tragedia natural, imbatible, ya antes del huracán María la isla estaba quebrada y alienada, aún siendo "estado asociado" a la gran potencia occidental.

La máxima autoridad boricua, el gobernador Ricardo Rosselló, tiene un doctorado en ingeniería biomédica. Su homólogo "venezolano" es un chofer de autobús virtualmente analfabeto y de origen natal desconocido; empeñado en que el mundo le reconozca una nueva elección fraudulenta, a la que nadie con decencia e instinto debería prestarse, menos tras la última burla predecible en Santo Domingo.

Al iniciar su última gira por Latinoamérica, el canciller estadounidense Rex Wayne Tillerson resumió que "la gran tragedia de Venezuela es que, aunque podría ser uno de los países más prósperos en la región, es uno de los más pobres". Cierto, llegó a ser la cuarta economía más importante en el mundo bipolar de la postguerra. A Venezuela llegaba quien quisiera hacer dinero, sin mayor trámite...

Hoy, "la gran tragedia" va más allá de escasez, corrupción, desidia, violencia, delincuencia, colapso de los servicios públicos, muerte del estado de derecho, narcotráfico, hiperinflación, falta de papel moneda, aislamiento aéreo, banca inutilizada, saqueo ecológico, aulas vacías, exilio y xenofobia. La tragedia trasciende además cualquier referencia histórica sobre sadomasoquismo, estupidez e incompetencia, según se le vea en el terreno psicológico, sociológico o financiero.

El chavismo cumplió este mes 19 años en el poder, tras nacer de dos sangrientos intentos de golpe de estado en 1992 que quedaron impunes. Las consecuencias son innegables para quien tenga un mínimo de percepción sensorial.

A la par de las enfermedades que se habían extinguido y han resucitado en Venezuela, pululan también unos personajes que rugen como leones y son más bien sabandijas -ayatolás bautizados por ellos mismos- y cada semana lanzan dos y hasta cuatro teorías o "análisis" sobre la realidad del país y el porvenir... desde Caracas o Madrid, en el caso de Zapatero.

Un simple seguimiento -que al parecer pocos hacen- revela las contradicciones del deporte más viejo y fácil del mundo: hablar por hablar. Nada que ver con la disciplina de los atletas que ahora sudan frío en Pyeongchang.

Dentro y fuera, la desmemoria irrespetuosa ha pasado a integrar la gran tragedia venezolana. No es de extrañar en un país donde esta Navidad los bancos y mucho menos los abastos, restaurantes chinos o lavanderías no tuvieron presupuesto, material ni ánimos para imprimir esos calendarios con los que premiaban la lealtad de sus clientes al tiempo que se hacían publicidad.

Ya no hay lealtad, publicidad ni clientela; se sobrevive al día, sin referencias. Y así qué más da si es miércoles, sábado, febrero, septiembre, día de pago o feriado.

Cuando la esperanza es un lujo, quizá ya se está en un campo de concentración. Al final de cuentas, la percepción es algo absolutamente personal. No siempre hay que esperar por un historiador.

FUENTE: EFE

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