@marjuli y @EdecioBA

ESPECIAL

CARACAS.- María Elena Seijas vive sola desde hace dos años, cuando Beatriz, su hija, emigró a Buenos Aires. Desde entonces, la mujer de 69 años ha tenido que lidiar con el día a día para "sobrevivir" en Caracas.

Económicamente, "se ayuda" con su pensión de jubilada como enfermera y la remesa que quincenalmente le envía Beatriz. "Esa cantidad me alcanza para cubrir lo básico: comida, servicios y medicinas. No me puedo dar lujos. Aquí se vive prácticamente al día", dice Seijas, apoyada en el bastón que la acompaña desde la última operación que le permitió "volver a caminar" tras fracturarse la cadera. Por eso, casi no sale de su casa.

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"Para moverme de aquí (un apartamento ubicado en el piso 10 de un edificio del norte de la capital venezolana) tengo que ponerme de acuerdo con la vecina para que me ayude”.

Tras el apagón nacional del 7 de marzo, el ascensor del edificio donde vive María Elena quedó defectuoso. Allí empezó "su calvario".

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Varias personas se acercan a una tienda de alimentos que permanece abierta pese a la falta de electricidad.
Varias personas se acercan a una tienda de alimentos que permanece abierta pese a la falta de electricidad.

"Cuando hay un apagón se paraliza todo. No hay agua, ni internet, ni señal del (teléfono) celular. Ese día sentí miedo, porque quedé incomunicada. La vecina no estaba. No podía hablar con mi hija, ni con nadie. Y así estuve hasta el día siguiente. Mi cocina es eléctrica, así que no podía preparar nada para comer. Menos mal que tenía por allí unas galletas con lo que pude resolver", cuenta María Elena.

"Como no había cómo comunicarse, pensaba en Beatriz. Ella y yo hablamos todos los días tres veces a la semana, y ese día solo lo habíamos hecho una vez. Quería que supiera que estaba bien. Sin luz, pero bien. Lo que no sabía era que estaríamos más de tres días sin poder hablar", dijo.

La otra "tragedia" de María Elena fue conseguir comida, porque la poca proteína de la que disponía, se le dañó en la nevera.

"Sin electricidad y sin agua para cocinarlo, se me pudrió el pollo que tenía en el congelador. No es justo que lo poco que se consigue termine en la basura por esta situación", espetó.

Crisis del agua en cARACAS
Un grupo de personas toma agua de una tubería de una construcción abandonada en la Avenida Baralt, en el centro de Caracas.
Un grupo de personas toma agua de una tubería de una construcción abandonada en la Avenida Baralt, en el centro de Caracas.

"Me agarró en el Metro"

La historia de María Elena no dista mucho de la de Teresa López, trabajadora de una empresa de servicios de limpieza, a quien el primer mega apagón nacional, una vez cumplida su jornada laboral, "la agarró" en el Metro.

"Yo vivo en Propatria (sector popular al oeste de Caracas). Para llegar a mi casa desde el trabajo tengo que agarrar Metro y dos camionetas. Cuando se fue la luz yo estaba en Gato Negro (a tres estaciones de su destino). El tren se apagó de repente y todo quedó oscuro. Allí estuvimos como 20 minutos. No sabía qué pasaba y la gente ya empezaba a asustarse. En esta línea ocurren muchos robos, y así oscuro, imagínate", relató Teresa.

López, de 38 años, tiene dos hijos en edad escolar. Tampoco supo nada de ellos hasta que llegó a su casa, cuatro horas después de que se inició el "blackout".

"Me angustié porque mi hija pequeña (de 14 años) se iba a encontrar conmigo en la estación del Metro para subir juntas a la casa. El colegio queda cerca, y menos mal que se le ocurrió irse sola cuando vio el alboroto y cerraron el Metro. Un ángel la protegió ese día y gracias a Dios que llegó bien", cuenta Teresa, tras describir lo peligroso que es el sector donde habita.

Crisis del agua en Caracas EFE
Un grupo de personas se aprovisiona de agua de un camión cisterna, en el centro de Caracas.
Un grupo de personas se aprovisiona de agua de un camión cisterna, en el centro de Caracas.

Casi media hora estuvo encerrada en el vagón del Metro. Cuando se abrieron las puertas, ya el calor había hecho lo suyo: dos adultos mayores se desvanecieron por el calor y la multitud que utiliza el sistema subterráneo -desde hace varios años gratis- en las horas pico.

"De allí caminamos un trayecto como por diez minutos hasta que salimos a la estación. Después, el gentío en la calle era horrible. Era una locura. Las camionetas que pasaban estaban llenas. La gente corría y peleaba por subirse. Yo pensaba cómo iba a hacer para llegar a mi casa. Al final tuve que irme a pie, pensando en si mis hijos estaban bien en la casa".

"Ya me duele la espalda"

Yordan Sarmiento es estudiante de Comunicación Social. Es del estado Barinas y vive en Caracas con dos primas y su abuela, de 90 años. Es el único hombre en la casa y a quien le toca el "trabajo fuerte".

"Creo que el segundo apagón ha sido el peor, por los días de incomunicación y la agudización de la escasez de agua potable. En la zona donde vivo (también Propatria) normalmente nos mandan el agua dos veces a la semana, pero después de los apagones, la situación se agravó, como en todo el país", relata Yordan.

El viernes de esa semana, a la abuela de Yordan le correspondía la entrega de la bolsa de los Comité Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), programa de subsidio del Gobierno, a través del mecanismo de control social, el Carnet de la Patria.

"Normalmente, por la condición de discapacidad de mi abuela, no hacemos cola quienes la acompañamos al retiro de la bolsa. La única manera de trasladarla es en una silla de ruedas. Pero, ¿cómo hacíamos si no funcionaba el ascensor por la falta de electricidad? Me vi obligado a hacer tres horas de cola para que me la entregaran. Pero después vino lo peor. Ya las reservas de agua se habían agotado, y la única fuente cercana a mi casa es un desagüe que llaman "el manantial", que queda distante al bloque", refirió el joven.

A Yordan, la semana del segundo apagón se le fue buscando comida y agua. Unos 300 metros separan su edificio del "manantial". Adicionalmente, debe subir 80 escalones para llegar a su residencia y cinco pisos más para entrar al apartamento, todo en penumbras.

Protesta por falta de agua EFE
Un grupo de personas protesta por la falta de agua potable y electricidad, en la avenida Baralt, en el centro de Caracas.
Un grupo de personas protesta por la falta de agua potable y electricidad, en la avenida Baralt, en el centro de Caracas.

"Ya me duele la espalda. No me quiero imaginar hacer esto todos los días. Esos días caminé más que nunca, porque el transporte, con la suspensión del Metro, empeoró. He tenido que irme caminando desde el trabajo hasta mi casa", dice Yordan.

Comenta que estuvo cinco días sin saber de su mamá en Barinas. "Allá me dice que la situación es peor, porque ya no hay día en el que pasen con luz continua. Eso se traduce en que no funcionan las telecomunicaciones y, por ende, los puntos de venta. Todo lo cobran en efectivo y es algo que no se consigue".

A pesar de las penurias, los protagonistas de estos tres testimonios se sienten "afortunados", porque el plan de racionamiento de 30 días que anunció Maduro el pasado domingo 31 de marzo no "tocará" a Caracas, tal como ocurrió hace diez años. Coinciden en que la falta de mantenimiento y la desinversión en los servicios básicos mantiene a Venezuela sumida en la peor crisis de la historia moderna del país. Ellos siguen ávidos de un cambio que les permita tener calidad de vida, y sobre todo, quedarse en su tierra.

Los expertos consultados recientemente por DIARIO LAS AMÉRICAS sostienen que el colapso eléctrico fue provocado por un conjunto de situaciones: a la falta de inversión y la corrupción se une la política de centralización y estatización del sector (que comenzó Hugo Chávez en 2006) sin que sean resueltos los problemas en las áreas claves de generación, transmisión y distribución.

Con información de Edecio Brito Adrián

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