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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- La calle Zanja en La Habana, Cuba, después que cruza Belascoaín, municipio Centro Habana, el de mayor densidad poblacional en Cuba, es un hervidero de gente incluso a las dos de la tarde, cuando el intenso calor pareciera que va a derretir el asfalto.

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Afuera de una de las dos funerarias que había a poca distancia una de otra, en el tramo de Zanja entre Gervasio y Belascoaín, un par de dolientes fuman sus cigarrillos afligidos y le preguntan a un transeúnte dónde se puede comprar algo de comer que no sea muy caro.

Un muchacho con pantalón corto empercudido y en chancleta, que arrastra una carretilla de cocos secos, les dice que a dos cuadras venden la comida más barata de la zona: “Una cajita con arroz congrí, hígado de cerdo y un trozo de boniato hervido cuesta 280 pesos (11.66 dólares). En la acera de enfrente venden pizzas a 60 pesos (2.50 dóalres), pero no se las recomiendo”.

Zanja, una de las arterias más transitadas de la capital, cuyo nombre se debe a que por ella corría la antigua Zanja Real, que surtía de agua a La Habana, delimita los barrios de Cayo Hueso y San Leopoldo. Distritos ásperos, pobres y mayoritariamente negros y mestizos. Si le preguntas a la persona adecuada puedes comprar casi cualquier cosa, desde una bolsa de leche en polvo hasta un saco de cemento robado. O apostar dinero en el silot y los naipes de un burle clandestino (casino).

Los nacidos en esas barriadas hablan, caminan y piensan más rápido que el resto de los habaneros, quienes con naturalidad conviven con las ilegalidades y el andamiaje de control del régimen. Vender drogas o lo que se cayó del camión, hacerse santo o que una joven haga propuestas sexuales a cambio de dinero es habitual en esa zona.

Justo frente a la estación de policía en Zanja y Dragones, en una tienda estatal por divisas, hay una cola para comprar paquetes de pechugas de pollo a 14.60 dólares cada uno. A media cuadra, al lado de un garaje, un grupo de jóvenes aparcados con sus motos eléctricas beben ron Santiago directamente de una botella que compraron en 1.500 pesos (62.48 dólares) a un revendedor. En ese entramado de callejones estrechos se palpa el descontento. Pregúntenle a cualquiera su opinión sobre el gobierno y recibirá una catarata de insultos y críticas a Miguel Díaz-Canel, designado presidente hace cuatro años por Raúl Castro. Indistintamente le dicen 'el singao' o 'el capataz', por su forma aburrida de hablar.

Víctor Manuel

A una cuadra de la concurrida calle Zanja vive el escritor y periodista disidente Víctor Manuel Domínguez, con más de 27 años en el activismo opositor. Está entre los pioneros del sindicalismo y el periodismo independiente. La salud le ha jugado una mala pasada. La hipertensión y la diabetes, entre otras complicaciones, fueron las causas de que le amputaran una de sus piernas y debido a la pérdida progresiva de su visión apenas puede escribir.

Victor Manuel malvive en una habitación de diez metros cuadrados con una barbacoa adosada que hace las veces de dormitorio. Come poco y mal. Pero su dignidad y entereza a prueba de balas es un muro de contención a las lamentaciones y la caridad. No quiere que sientan compasión por él. No le interesa ni siquiera el reconocimiento.

En 2007, cuatro años después de la Primavera Negra, la razia represiva de Fidel Castro que encarceló a 75 opositores pacíficos, Domínguez fundó el Club de Escritores Independientes de Cuba. Eran tiempos difíciles. Tener una laptop o una impresora era un delito contra la seguridad del Estado, sancionado hasta con veinte años de cárcel.

Víctor Manuel Domínguez no se amilanó. Y fue el artífice de que varios escritores e intelectuales que trabajaban en instituciones oficiales se afiliaran al Club. En sus inicios se reunían dónde podían, lo mismo en su reducida habitación, en un parque o en la barra de un bar. Entre ellos se leían los borradores de poemas y textos inéditos que jamás, ni en sus mejores sueños, pensaron que algún día se publicarían.

Eran intelectuales marcados por el régimen con letra escarlata. No tenían un espacio cultural para debatir y los agentes de la policía política les pisaban los talones. El Club comenzó con siete u ocho miembros. Ya para el verano de 2014, coincidiendo con la apertura migratoria de la dictadura y luego el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos, en diciembre de ese año, su membresía, entre fijos y colaboradores, superaba los treinta.

La ayuda del exilio fue clave para que aquellos textos inéditos escondidos en cajones fueran publicados. El Club de Escritores Independientes llegó a publicar 21 libros. El último, publicado recientemente se titula Maleconazo, del periodista independiente y politólogo Julio Aleaga Pesant. Pero, después de quince años de fundado, entre la falta de recursos, la pandemia y una nueva ola represiva de la Seguridad del Estado, el Club se ve obligado a cerrar. También ha influido la precaria salud de Víctor Manuel.

La Primavera Negra de marzo y abril de 2003 fue un mazazo significativo para la oposición demócrata en la Isla. Pero la metódica represión contra la disidencia y el periodismo independiente, no impidieron su resurgimiento en 2007, el año cuando Víctor Manuel Domínguez fundara el Club de escritores libres y los reporteros Juan González Febles y Luis Cino crearan el periódico independiente Primavera, que además de un sitio digital logró publicar varias ediciones impresas.

También en 2007, Yoani Sánchez abría su blog Generación Y que marcara un antes y un después en Cuba en el uso de las nuevas tecnologías y la activación del periodismo ciudadano con la apertura de una blogosfera alternativa y finalmente con el diario digital 14ymedio. En trece años (2007-2020), el activismo político, periodismo sin mordaza y la incipiente sociedad civil cubana se multiplicó. Artistas, escritores y periodistas cómo Luis Manuel Otero Alcántara, Maykel Osorbo, Ángel Santiesteban, Tania Brugueras, Julio Casal-Llópiz, Hamlet Lavastida, Carlos Manuel Álvarez, Mónica Baró, Abraham Jiménez, Elaine Díaz, Camila Acosta, Boris González Arenas, Jorge Enrique Rodríguez, Darcy Borrero y muchos otros, dieron mayor visibilidad al arte, la prensa y la intelectualidad contestataria en la Isla.

Decenas de reporteros graduados de universidades presuntamente creadas para el ‘hombre revolucionario’ ingresaron en el periodismo independiente y crearon nuevas publicaciones como El Estornudo, Periodismo de Barrio, El Toque, Tremenda Nota, Árbol Invertido y Alas Tensas, entre otros.

Con el coronavirus en marzo de 2020, llegó el aislamiento social y el cierre de los vuelos internacionales. Cuatro años antes, en 2016, la estrategia inicial de la dictadura para impedir que los activistas denunciaran en foros internacionales las violaciones a la libertad de expresión, fue prohibirles que viajaran al exterior. El COVID-19 contribuyó a que en Cuba se desatara la tormenta perfecta: pandemia, bestial crisis económica, desabastecimiento general, inflación creciente y amplio descontento popular.

Luis Manuel Otero y el Movimiento San Isidro habían emplazado al régimen por el respeto a sus derechos. Sin fanfarrias, la decisión de la dictadura más longeva de occidente, fue descabezar a la oposición interna. Utilizaron dos estrategias: prisión o exilio. Antes de que el régimen se viera sorprendido por la revolución ciudadana del 11 de julio de 2021, las fuerzas represivas ya habían encarcelado al periodista independiente Lázaro Yuri Valle Roca y al músico urbano Maykel Osorbo.

Las protestas del 11J han dibujado una perspectiva diferente. Aunque la dictadura continúa con su política de tierra arrasada, juicios ejemplarizantes a los participantes en las marchas y encarcelar a disidentes y obligándoles a emigrar, el tablero de juego cambió radicalmente. Ya la oposición política no es el actor protagónico que desafía a la longeva autocracia. El adversario ahora es un ciudadano común y corriente, que no desayuna ni almuerza y hace una sola comida al día.

El descontento no es de unos pocos. Son millones los que reclaman cambios democráticos. Cada etapa ha cumplido su función. Disidentes pacíficos como Martha Frayde, Ricardo Bofill, Ariel Hidalgo, Elizardo Sánchez, Tania Díaz Castro, Rolando Cartaya y María Elena Cruz Varela, plantaron la semilla. Después, periodistas de raza como Raúl Rivero, Tania Quintero y Reinaldo Escobar fomentaron un nuevo periodismo. Y un buen día, Víctor Manuel Domínguez, sin protagonismo, propició que escritores e intelectuales censurados por la dictadura tuvieran su espacio e incluso publicaran sus libros.

Quince años después de fundar el Club de Escritores Independientes de Cuba, enfermo, sin dinero, alimentándose con lo que pueda, Víctor Manuel continúa en su habitación de diez metros, rodeado de libros, en el barrio pobre de San Leopoldo, a una cuadra de la calle Zanja, esperando conversar con algún amigo.

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