martes 14  de  abril 2026
OPINIÓN

Padres emocionalmente disponibles pero desbordados: el nuevo perfil en la parentalidad

Tal vez el verdadero reto de la parentalidad contemporánea no sea hacerlo todo mejor, sino construir una forma de criar más posible, más respirable y más humana

Diario las Américas | Dra VIOLETA GARCÍA
Por Dra VIOLETA GARCÍA

Cada vez aparecen más en consulta madres y padres que quieren estar, que quieren hacerlo bien, que se implican de verdad en la vida emocional de sus hijos y, sin embargo, viven con la sensación constante de no llegar. No son padres fríos ni ausentes. Al contrario: son adultos atentos, sensibles, informados, con interés real por criar de una manera más consciente. Saben que el vínculo importa, que poner palabras a las emociones ayuda, que no todo pasa por corregir conductas. Pero aun con todo eso, muchas veces se sienten agotados, irritables, saturados y con una culpa de fondo que les acompaña casi a diario.

Ese es, probablemente, uno de los perfiles más característicos de la parentalidad actual: padres emocionalmente disponibles, pero profundamente desbordados. En parte, esto tiene que ver con un cambio importante en la manera de entender la crianza. Gracias a las aportaciones de la psicología del desarrollo y de autores como John Bowlby o Mary Ainsworth, hoy sabemos mucho más sobre la importancia del apego, la sensibilidad parental y la seguridad emocional en la infancia. Todo ese conocimiento ha sido valioso y ha permitido revisar estilos de crianza más autoritarios o más desconectados afectivamente. El problema es que, junto a esa mayor conciencia, también se ha ido colando una exigencia cada vez más alta sobre lo que significa ser un “buen” padre o una “buena” madre.

Ya no parece suficiente con cuidar, proteger y acompañar. Ahora, además, hay que validar emociones, regular con calma, estimular, fomentar autoestima, educar en límites respetuosos, estar presente, detectar necesidades, revisar la propia historia personal y hacerlo todo de forma coherente. Y, a ser posible, sin perder la paciencia, sin gritar y disfrutando del proceso. La idea resulta bonita, pero también agotadora. Porque una cosa es aspirar a una crianza más consciente y otra muy distinta convertirla en un ideal de perfección emocional prácticamente imposible de sostener en el día a día.

Es precisamente ahí donde empieza a entenderse mejor lo que hoy se denomina burnout parental. Investigadoras como Isabelle Roskam y Moïra Mikolajczak han descrito este fenómeno como un estado de agotamiento intenso asociado al rol de madre o padre, en el que aparecen cansancio emocional profundo, sensación de distancia respecto a los hijos y vivencia de ineficacia. Lo interesante es que este desgaste no suele aparecer por falta de amor o de compromiso, sino muchas veces por lo contrario: por un nivel de implicación muy alto mantenido en el tiempo sin suficientes recursos para compensarlo.

Dicho de otra manera: no siempre se desborda más quien menos quiere, sino a menudo quien lleva demasiado tiempo intentando sostener mucho. A esto se suma una carga invisible que pesa enormemente y que no siempre se reconoce lo suficiente: la carga mental. No se trata solo de hacer cosas, sino de estar pendiente de todo. Recordar citas, anticipar necesidades, organizar rutinas, pensar en lo que falta, supervisar, coordinar, decidir. Muchas familias viven en una gestión permanente de lo cotidiano, y ese estado de alerta continua consume una enorme cantidad de energía psicológica. Cuando además hay trabajo, falta de descanso, escasa red de apoyo o dificultad para conciliar, el margen interno se reduce todavía más.

Por eso muchos padres y madres llegan a un punto en el que saben perfectamente cómo les gustaría responder a sus hijos, pero no siempre pueden hacerlo como quisieran. Y este matiz es importante: saber no equivale a poder. Puedes tener herramientas, haber leído, haber reflexionado mucho sobre crianza, y aun así encontrarte un martes cualquiera reaccionando con menos paciencia de la que te gustaría porque simplemente estás agotado. La regulación emocional parental no depende solo de la intención, sino también del estado del adulto. Cuando ese adulto vive en fatiga acumulada, con estrés crónico y sin apenas espacios de recuperación, su capacidad de sostén se resiente.

Y entonces aparece la culpa. Culpa por no disfrutar lo suficiente, por contestar mal, por necesitar distancia, por sentir saturación incluso queriendo profundamente a los hijos. Pero quizá convenga detenerse aquí y plantear otra mirada: tal vez muchas de estas madres y padres no estén fallando, sino intentando responder a un modelo de parentalidad demasiado exigente para las condiciones reales en las que viven.

Porque este malestar no es solo individual. Tiene mucho de contextual. Criar hoy implica, en muchos casos, hacerlo con menos tribu, menos descanso, más presión social, más comparación y más sensación de examen constante. Se espera mucho de los padres, pero no siempre se les sostiene en la misma medida. Y eso acaba generando una tensión difícil: cuanto más conscientes quieren ser, más riesgo tienen a sentirse insuficientes.

Quizá por eso resulta tan útil recuperar la idea de Donald Winnicott de la “madre suficientemente buena”. No hablaba de perfección, sino de presencia estable, de una disponibilidad razonable, humana, con margen para el error y la reparación. Y quizá esa sea una de las ideas más necesarias hoy: a los hijos no les hace falta un adulto impecable, sino uno suficientemente presente, capaz de cuidar, de equivocarse a veces y de volver a encontrarse después.

Tal vez el verdadero reto de la parentalidad contemporánea no sea hacerlo todo mejor, sino construir una forma de criar más posible, más respirable y más humana. Una crianza donde haya conciencia emocional, sí, pero también límites internos, realidad y compasión hacia quienes sostienen el día a día. Porque estar disponible no debería implicar estar permanentemente desbordado.

Violeta García, psicóloga

Puedes encontrarme en violetagarcia.es

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