Un manto de nieve. Noche, noche hasta el día que viene. Lento, avanza el frío, cortándonos el rostro. Y no sé si estas calles son Nueva York, o París, o Madrid. Está todo entre el vaho y las luces, las bufandas, los caminantes con prisa y los ojos acristalados, bailando en el abismo ocre de la melancolía. Con las manos ennegrecidas y el rostro rosado, extiende una súplica un mendigo en la puerta de una panadería, y sostiene unas monedas en las palmas, brillantes bajo las farolas. Se escapa ajena al tiempo la voz cortada de un villancico de Sinatra, y gime un violín entrelazando melodías con el viento helado, al otro lado de la esquina. Hay abrazos, hay besos, hay árboles con grandes luces, y carteles con buenos deseos, y al fondo, en una vieja mercería, de esas tiendas heroicas que aún resisten a la modernidad, asoma sin luces ni adornos un Belén, pintado a mano, de cuando la Navidad se hacía en casa, con cariño y las manos llenas de barro, betún y escayola.
Me gusta caminar solo estos días entre la gente. Y contemplar. Las familias, los amigos, las paseantes se arrastran entre las calles, cargados de bolsas, en un magma de felicidad que nace y viaja mucho más lejos de aquello que pueda comprarse con dinero. Algo se oculta en el corazón estos días, algo secreto, enigmático, contagioso, e imprecisamente bello. Como esos reflejos de los adornos navideños plateados de los 80, que se nos deshacían en purpurinas en las manos, que aguantaban brillando sobre la alfombra del salón, como cristales eléctricos, hasta bien entrada la primavera. Es la ventana. Todo corazón tiene una ventana al mar, otra a la niñez, y otra a Belén. Por sus corrientes nos traspasan la brisa, la sencillez, y la luz.
Hay una anciana asomada a la noche en un edificio de tres o cuatro alturas. Los ojos de cristal, fijos en las guirnaldas que serpentean los árboles de la calle. Las manos arrugadas, una sobre otra. La chaqueta azul de cada Navidad. El silencio y la oscuridad en casa. El bullicio en la calle. Las pupilas como desiertos negros, recreándose en la calma del tramo final de la vida, donde toda urgencia queda aparcada estos días, como la de esos pastores de los belenes que caminan serenamente hacia el portal, descargando sus sinsabores al Niño Dios.
Suena un villancico de nostalgia, como casi todos, y la anciana solitaria recuerda, en relámpagos sepia de la memoria, la casa llena y la juventud en los brazos y los vestidos oscuros y elegantes, y parece que todo se le arma o desmorona bajo sus pies, y es igual, porque al otro lado de la calle está la gran estrella de la tienda de ultramarinos. La añeja seguridad a la que agarrarse si algo tiembla. La estrella lleva allí todos los inviernos que puede recordar, señalando el camino a Belén que han de seguir los Magos. Ella lo sabe. Como sabe, por experiencia, que lo que tiembla está vivo, que todas las soledades de una Navidad no lo son para quien todavía es capaz de confundirse entre las figuritas del Belén, con el descaro y la ilusión de un niño abriéndose paso.
La Navidad es una bofetada dulce de melancolía hacia la infancia. Un empujón hacia el tiempo de la inocencia, cuando aún no habíamos arrancado lágrimas, ni cebado nuestro egoísmo con ambiciones vanas, ni ahogado la llama de la esperanza que representa la Sagrada Familia desde un paupérrimo pesebre. Nada pintaba peor para quien tanto pintó después. Lección con visos de eternidad.
Sigue la nieve asentando el invierno en las calles. Lenta y perezosa. Merry Christmas en los balcones. Rojos, verdes, y dorados, los escaparates y hasta las ropas de los renos. Y esa luz de luna. Y nosotros, al calor de un fuego de chimenea, amarrados a una copa de champán, entrelazados los brazos, nos hundimos en el sofá en otra Navidad juntos, unidos como náufragos bajo tempestades, con la seguridad de que nada puede reventar los muros de esperanza que contra el mal alza estos días cada familia unida, en la fortaleza infinita de un hogar que prepara, con la graciosa sencillez de un niño, la gran cena de Nochebuena.