Valiente crónica en el epicentro del Camino, que vertebra a Europa desde las tinieblas de su alma posmoderna hasta la luz de sus raíces cristianas. Quizá es más necesario que nunca recorrer sus sendas y caer a los pies del Apóstol. Mi cuaderno, mi pluma, mi cerveza, en una mesa roja de Coca Cola. En la terraza donde todos los peregrinos descansan de la ruta. Es la hora de comer. Dos británicas desayunan y se lían una trompeta de tabaco y marihuana. Ella, rastas rubias y ojos azules. Piel blanca, roja, maltratada por el sol del Camino. Ella morena desteñida por las inclemencias de la intemperie de los kilómetros que dejan atrás. Un top negro, sospecho, aunque no sé bien qué significa top. Lo que es seguro es que es negro. La rubia se tapa con una pañoleta que parece sacada de la alfombra roja de Cannes.
Por detrás, goteo de peregrinos. Miran, pero no paran. Dos jóvenes inconfundiblemente americanos. Rubios, fuertes, y sonrientes. Caminan hacia Santiago con decisión. Pasan de largo. Tal vez salieron de Nueva York hace tres meses y desde entonces no se han parado, y se han alimentado de raíces y roedores. No pueden ser más duros. Los veo sufrir, en penitente actitud, y me pido otra cerveza para hacer frente a la bocanada alucinógena que acaba de verter la rastafari sobre mi mesa. Dos caladas más a ese chisme y abrazará al apóstol desde aquí, a más de cien kilómetros de la Catedral.
Hora del aperitivo. Llegan decenas de tipos pidiendo cerveza. Andaluces y madrileños. Se sientan a mi alrededor en la terraza. Españoles al fin. Gritan. La rastafari sonríe. Acaba de empezar a hablar francés con un doble de Zidane que se oculta bajo un sombrero de paja. La tarea de esta crónica se vuelve cada vez más difícil. El dueño sube el sonido de la samba. Viejos altavoces escupen música nueva.
Llegan dos peregrinos británicos que parecen conocer a todo el mundo. La niña rubia vuelve al inglés. Me asalta la duda de si se conocen o no, y es un duda estúpida porque una de las particularidades del Camino de Santiago es que todo el mundo se conoce aunque acabe de encontrarse por primera vez. El camino une para toda la vida.
Llegan más peregrinos. Me invitan a sumarme a su mesa. Pedimos de todo. Este aperitivo, este tentempié, esto piscolabis, o lo que sea, se nos ha ido de las manos. Una señora sale de la cocina del bar y sirve enormes jarras de cerveza fría en las mesas. El olor a marihuana es tan grande que los mosquitos en vez de picar intentan robarte la cartera. A ratos se agradece el perfume del humo, porque cuando los peregrinos franceses que acaban de llegar se aproximan, el olor es parecido al de una granja porcina, pero una granja porcina sobre la que ha caído una lluvia de mofetas borrachas. Son las cosas de la camino. En realidad, a nadie le importa. Lo extraño es mantener el tipo, la belleza, y el orden en el cabello de esas dos chicas de la esquina, después de cientos de kilómetros caminando bajo el sol, la lluvia, el barro, y durmiendo en albergues donde pernoctaría feliz cualquier tribu amazónica sin contacto con la civilización.
Hay magia en sus miradas. Estos chicos no tienen más de veinte, treinta años. Han dejado sus trabajos lejos. Algunos, sus estudios. Sus familias. Han decidido venirse a España, pero a este rincón, saltándose la estúpida norma de la juerga extrema británica, esa que hace que ciertos turistas se pongan ciegos de drogas sintéticas y después se lancen por los balcones en hoteles de lujo de las Baleares. Estos jóvenes han obviado la tentadora oferta de las noches de disco hasta el alba a orillas del Mediterráneo, y han decidido honrar a su manera al Apóstol, encerrar sus vacaciones en las incomodidades del Camino, y abrir el corazón a todos esos senderos de silencio y sudor, por los preciosos y enigmáticos paisajes rurales de España; en busca de un sentido. El Camino lleva siglos cambiando corazones. Truncando malas vidas. Rompiendo moldes. Toda la belleza de la vida en una ruta liberadora, buena para el cuerpo, para el alma.
Me alejo de las risas. Las miradas perdidas de los jóvenes, cansados. El gesto lleno de belleza de una peregrina francesa. Y esa invisible pero palpable brisa protectora del Apóstol Santiago, que les acompañará hasta Compostela, primero, y toda la vida, después.