@luisleonelleon

El vacío es una imagen que bien puede reflejar lo que es Cuba y qué somos los cubanos, al menos desde hace medio siglo. Quienes viven en la isla cargan una pesada bolsa de interminables carencias. Quienes residimos fuera cargamos un enorme equipaje de ausencias. Al que luego hay que sumarle un inevitable sobrepeso de añoranzas, pérdidas, castigos, familias varadas en el absurdo, anhelos sobre una cuerda floja, un mapa seudo turístico, un enorme problema, casi un karma.

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Quienes viven allá quieren arrancarse de la isla. Quienes vivimos acá no podemos arrancarnos Cuba. Y eso, de algún modo, también nos hace cubanos. A todos o a casi todos. O al menos así nos vemos nosotros mismos y nos ve una buena parte del mundo (el mundo que conoce o ha escuchado hablar de Cuba, que nuestro chovinismo siempre exagera con patriótica efusividad).

De cualquier modo, Cuba ha vuelto a ser noticia durante el último año. Es lógico que con el anuncio del restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, la indefinible isla caribeña ha figurado en las portadas de importantes diarios globales y se ha especulado mucho sobre el futuro de los cubanos. ¿Cuba está cambiando? ¿Estamos a punto de escapar de nuestra vacuidad nacionalista? Según desde el ángulo, la oficina o la cocina desde donde se mire.

La visita del Papa, los famosos posando en las ruinas de La Habana Vieja, The Rolling Stones, el presidente Obama hablándole a los cubanos, el desfile que en sólo días desplegará Chanel, la casa de moda más importante a nivel mundial, y otros eventos similares: generan titulares que trascienden la destrucción, las escaseces, el hambre histórica, las jineteras, las ya tradicionales golpizas a las Damas de Blanco y la música popular.

Lo más triste quizás es que aunque el nombre de Cuba por estos tiempos disfrute del eco, paradójicamente los cubanos siguen sin país. Técnicamente contamos con un certificado de nacimiento, un carné de identidad con una dirección física. Algunos tienen email, redes sociales y hasta un Blog para compartir fotos, noticias, decir lo que piensan o lo que le dictan. Nos descubren hasta en China, Moldavia o Australia por nuestro acento inconfundible. Podemos mostrar un pasaporte (algunos dos o tres, pues a quien nació en Cuba no se le permite entrar a su tierra si no es con el pasaporte cubano, casualmente el más caro del mundo cuando se solicita en cualquier consulado).

Tenemos una población relativamente constante (tanto en sus nacimientos como en sus deserciones). Una historia reescrita a conveniencia de sus gobernantes. Una cultura desvirtuada. Símbolos patrios: un himno, una bandera, un escudo, un ave, una flor. Una rancia pero increíblemente sólida dictadura hace de Gobierno. El archipiélago aún mantiene sus coordenadas geográficas. Pero todo no es más que una auténtica falacia. Vivamos donde vivamos, no tenemos un país. Hoy no. Ya no. Incluso, para algunos, hemos sido país por tan poco tiempo que aquellos años son casi un espejismo histórico.

Los que viven en Cuba siguen privados de todo tipo de libertades. Los medios de comunicación masiva están controlados por su propietario: el Estado, que es lo mismo que decir los Castro y el Partido Comunista, el único partido legal en el país. Para sus líderes, ellos son el pueblo y viceversa. Asociarse o expresarse en desacuerdo con el Gobierno no es un derecho sino un delito. Los pocos que se atreven a hacerlo son reprimidos. Algunos pueden llegar a ser asesinados como le sucedió hace unos años a Oswaldo Payá y Harold Cepero, por sólo mencionar un caso de impacto internacional aún sin resolver. La lista de carencias es esquizofrénica e interminable. En Cuba la Declaración Universal de Derechos Humanos es un documento subversivo, absurdo, antipatriótico. El régimen, por su naturaleza autoritaria, no está de acuerdo con la separación de poderes. Eso sería traicionar a la patria. ¿Y qué es la patria sino todo lo anterior? Somos una nación fantasma. Un país ausente.

No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que en Cuba impera un régimen totalmente antidemocrático. Ya eso no es noticia. Tal vez valga la pena insistir en algo fundamental, que nos mantiene flotando en nuestra bulliciosa ausencia cotidiana: los cubanos nacen y viven el miedo. Y es justamente eso lo que nos mantiene deambulando, entre rumbas y lamentos, en el calabozo apuntalado que aún persistimos en llamar país. Todos estos padecimientos, eclipses, vacíos: contradictoriamente, desgraciadamente, nos hacen hoy cubanos. Pero no nos hacen tener una nación. No la tenemos. Mientras que la mayoría de las naciones se vanaglorian de abrazar o producir algo palpable (ya sea industrias, yacimientos naturales, nivel de vida, logros sociales) nosotros nos abrazamos con una fuerza única a nuestro gran vacío. Esa es hoy nuestra marca. ¿Será que saltando la barrera del miedo podremos comenzar a despojarnos de esa pesada carga que son nuestras ausencias?

Escritor, periodista y cineasta exiliado en Miami. Esta columna forma parte del libro en proceso “La Libertad y la Isla”.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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