sábado 21  de  febrero 2026
MODA

Adrián Rodríguez celebra 35 años haciendo diseño con propósito

Después de más de treinta años, combina pensamiento creativo con criterio comercial sin sacrificar la excelencia del detalle

Por Alexandra Sucre

MIAMI.- Cuando Adrián Rodríguez habla de diseño, no recurre a tecnicismos huecos ni a fuegos artificiales: habla de propósito. Sostiene que una decisión tipográfica puede suavizar una experiencia dura y que un sistema visual bien pensado acompaña a una persona en momentos vulnerables. En esta nueva etapa profesional su brújula es nítida: usar el diseño para transformar, sanar y generar bienestar, con foco en la medicina, la ciencia y las enfermedades cognitivas. La ética que lo guía está contenida en una frase de su website que ha hecho su lema: "Hay muchas maneras de crear. La mía surge del corazón y experiencia; maña y manía que me hacen darle vueltas a un diseño y hasta que no esté redondo, no me quedo quieto.”

Esa declaración define su método y también su carácter: sensibilidad, oficio y una obsesión positiva por el detalle. No es un amaneramiento; es una forma de trabajar. Desde joven, las formas y los colores fueron para él un lenguaje propio. Descubrió pronto que una pieza visual bien resuelta podía contar historias sin una sola palabra, y esa curiosidad se convirtió en vocación. Con el tiempo, el impulso inicial se transformó en una manera de vivir: traducir ideas en experiencias visuales con sentido, emoción y utilidad.

Durante muchos años se definió como un diseñador orientado al branding; hoy prefiere llamarse diseñador con propósito. El cambio no responde a modas, sino a una convicción: el diseño no debe explicarse, debe sentirse. En su proceso, la estrategia precede a la forma. Cada decisión nace de una lógica clara —visual, emocional y de comunicación— y la artesanía del detalle no se negocia. Ese rigor aparece en los interlineados que dejan respirar un texto, en las paletas que calman, en las jerarquías que guían con naturalidad. Son elecciones que no embellecen por capricho: mejoran la comprensión y alivian la carga cognitiva de quien lee, mira o usa.

Su territorio más fértil ha sido la identidad visual y la dirección de arte. Le atrae construir universos gráficos coherentes donde tipografías, colores, lenguaje y empaques obedecen a la misma intención. Disfruta especialmente la conceptualización, ese momento en el que una idea todavía abstracta comienza a convertirse en un sistema vivo y memorable. Esa capacidad se extendió al diseño editorial, a las presentaciones ejecutivas, a los materiales corporativos y al desarrollo visual de productos, espacios en los que la estética conversa con la estrategia sin perder humanidad.

Desde Caracas levantó AR Studio Graphic Suite, plataforma con la que trabajó casi tres décadas para marcas locales e internacionales. Su experiencia lo acercó a compañías de la lista Fortune 500 —Ford, Coca-Cola, McDonald’s, Kraft Foods, Motorola, Johnson & Johnson, Kellogg’s, Unilever, Nestlé y Procter & Gamble, entre otras— y a agencias de referencia como J. Walter Thompson, Ogilvy & Mather Andina, McCann, JMC- Young & Rubicam, 141 Soho Coimbra, FCB, Publicis y ARS. Cada colaboración fue una escuela distinta que afinó su criterio: entender al público, comprender el producto, sostener un relato coherente y, sobre todo, cuidar la experiencia de quien está del otro lado.

Los reconocimientos llegaron como consecuencia de ese método. Los premios ANDA—Oro, Bronce y una Mención Honorífica— avalaron su aporte dentro del mercado venezolano. La selección en los Cresta International Advertising Awards y en los London International Advertising Awards lo situó en diálogo con los grandes referentes globales, y los dos Bronces del Festival del Caribe consolidaron su presencia en la región. Haber estado considerado en Cannes Lions, con tres Diplomas Nacionales, fue una confirmación: el trabajo hecho con pasión y criterio puede hablar el mismo lenguaje que las grandes ligas de la creatividad. Para Rodríguez, más que trofeos, todos esos hitos son señales de coherencia entre intención y resultado.

Ese recorrido desemboca hoy en un objetivo preciso: llevar el diseño a territorios donde la utilidad es urgente. Su energía creativa está enfocada en proyectos que unan diseño, medicina y ciencia, con atención a poblaciones vulnerables y a quienes enfrentan desafíos cognitivos. La ambición es concreta: desarrollar sistemas de señalización hospitalaria empáticos, interfaces que reduzcan fricción, materiales educativos que vuelvan comprensible la información crítica e identidades para iniciativas de investigación que necesiten credibilidad y cercanía. En ese horizonte aparece BridgeRecall, propuesta que integra diseño, neurociencia y empatía para explorar cómo el arte visual puede funcionar como estímulo terapéutico y como lenguaje universal.

Su diferencia frente a otros colegas no radica en un estilo reconocible a primera vista, sino en la estrategia que lo sostiene. No diseña por impulso estético; diseña con intención. Cada pieza parte de preguntas claras: quién verá esto, en qué contexto, qué emoción se busca activar y qué acción se espera. Después de más de treinta años, combina pensamiento creativo con criterio comercial sin sacrificar la excelencia del detalle. Ese equilibrio, insiste, es el corazón del buen diseño: cuando estética e intención se encuentran y se sostienen mutuamente.

El traslado de su práctica a Estados Unidos no cambia la esencia, sino que amplía el alcance. Su aporte a la comunidad artística pasa por colaborar con instituciones médicas, universidades y organizaciones sociales; por demostrar, con resultados medibles, que el diseño puede reducir ansiedad, mejorar adherencia a tratamientos y facilitar la toma de decisiones. La idea es simple y ambiciosa a la vez: unir propósito y belleza para generar impacto social tangible, y hacerlo con el mismo rigor con el que antes construyó marcas globales.

Su método se apoya en la escucha y el diagnóstico, avanza con hipótesis visuales, prueba, itera y vuelve al detalle. Esa “manía” de no quedarse quieto hasta dejar un proyecto redondo tiene menos de capricho y más de responsabilidad. Una microdecisión tipográfica puede abrir o cerrar una puerta; una paleta mal elegida puede agitar o calmar; una narrativa confusa puede alejar justo a quien más necesita entender. Por eso insiste en que el diseño, cuando nace del propósito y se ejecuta con precisión, no solo se ve bien: hace bien.

Lo que viene no es un giro abrupto, sino una continuidad con otra escala. Rodríguez seguirá construyendo identidades y dirigiendo arte, pero con una apuesta cada vez más decidida por proyectos donde el diseño tenga consecuencias humanas visibles. Su norte permanece: excelencia en el detalle, estrategia en la base y emoción como motor. En tiempos de ruido visual, su propuesta suena clara: diseñar con intención para que las cosas no solo se entiendan, sino que se sientan mejor. Cuando ese equilibrio se alcanza, el diseño deja de ser accesorio y se vuelve servicio; exactamente el tipo de transformación que Adrián Rodríguez busca seguir provocando.

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