domingo 22  de  febrero 2026
TURISMO

Crónica entre la muerte

Como en un libro de cuentos, contemplé la luna y el amanecer en 12 ciudades italianas, tiré monedas en la Fontana Di Trevi y pedí mis deseos
Por Leonardo Morales

MIAMI.-Apenas bastó una visita a Roma para enamorarme de Italia, a España la llevo en la sangre por nuestros ancestros y caminé en mi imaginación por sus calles, cuando apenas sabía utilizar un ticket para subir a un autobús.

La “magia” del socialismo me aisló del resto del mundo, como si hubiese nacido en otra galaxia.

Desde el confinamiento de mi hogar en Miami, he visto delfines en Venecia, el agua cristalina de sus canales y el audio de una doctora en Madrid que suplica ayuda, que entre sollozos explica cómo sus compañeros y ella tienen que escoger quién se queda en este mundo y quién se va, a falta de respiradores artificiales, de suministros médicos.

Vivo todavía mis últimas visitas a España e Italia, deambulo en la imaginación como un niño por las calles empedradas de Barcelona y Florencia. Siento el agua en mis dedos, cuando me incliné a esculpirla en Venecia.

Aún conviven en las memorias de mi celular y mi cámara Nikon imágenes irrepetibles; siento las risas, voces, el olor de las comidas, los brindis, veo turistas a mi alrededor; experimento apetecibles tropiezos en la Plaza de San Marcos, entre miles de fascinados visitantes, prisioneros de la historia, ávidos de llevarse hasta el más estúpido recuerdo.

Como en un libro de cuentos, contemplé la luna y el amanecer en 12 ciudades italianas, tiré monedas en la Fontana Di Trevi y pedí mis deseos. Uno de ellos fue volver, volver pronto.

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El periodista Leonardo Morales posa en la Fontana Di Trevi durante un viaje a Italia.

El periodista Leonardo Morales posa en la Fontana Di Trevi durante un viaje a Italia.

Subí las majestuosas escaleras del Museo de los Caídos y oré en silencio en la Basílica de San Pedro. Me asomé por un balcón empedrado de un castillo real en la ciudad de San Sebastián y repisé mis huellas en el Paseo de las Canteras en Canarias, a donde acudía a trotar cada mañana de invierno o verano.

Jamás me pregunté si un día todo cambiaría, jamás imaginé que sobre las calles empedradas pasarían, como en siglos pasados, cientos de ataúdes, en la más absoluta soledad; ni que los delfines en Venecia se cuestionaran… ¿A dónde se han ido todos? Confieso que no he vuelto a pedirle a Alexa una de mis melodías preferidas: Venecia sin ti; no he podido, a pesar de que me ha sobrado el tiempo en estos días de encierro en que redacto historias desde mi hogar y reporto los últimos acontecimientos.

Entre memes y el humor de la supervivencia por internet, sigo aquí, extrañando cada parte de Italia y de España, ahora sumidas en el dolor y la muerte. Me duermo tarde porque reenvío videos de médicos que suplican ayuda, retuiteo testimonios y mensajes desgarradores de seres humanos que nunca pidieron viajar al cielo, pero que ya no tienen tiempo ni familia para despedirse, excepto a algunos que la tecnología les regaló la oportunidad del último adiós.

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Turistas pasean en góndolas por uno de los canales de Venecia.

Turistas pasean en góndolas por uno de los canales de Venecia.

Nos creíamos invulnerables, los años borraron las horripilantes huellas de otras pandemias. Ahora las redes sociales muestran la verdad, esa de la que muchas veces nunca supimos. Hoy los protagonistas ya no se alistan en un estudio de televisión ni se arreglan para salir ante un lente profesional. Hoy sufrimos la tragedia junto a las víctimas, narrada en tiempo real y con la desesperación de estar en plena guerra contra un virus, que quiere exterminarnos.

Hoy la más grande amenaza no es nuclear, es un microscópico virus, cuyo único propósito es asesinar, y ya está aquí, como en China, Italia, España y decenas de otros países. Ahora, como ustedes, también tengo la muerte afuera de mi casa, al acecho del más mínimo descuido para atacar, sin importar quién eres ni cuánto tienes.

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Navegar por los canales de Venecia es un paseo de ensueño.

Navegar por los canales de Venecia es un paseo de ensueño.

Me duele Italia, me duele España y me duelen todos los fallecimientos repentinos en el mundo. Me indigna la insolencia, la indolencia de algunos gobiernos y presidentes, escondidos con pánico, evadiendo los reclamos de vida de quienes los eligieron para supuestamente salvarlos en días como estos. Y un rey -en pleno siglo XXI- que nadie ve ni escucha, a diferencia del vilipendiado Presidente Donald Trump, odiado por muchos, pero que día tras día -desde hace tres semanas- tranquiliza a los humanos de este lado del Atlántico con acciones urgentes, preventivas, reales. Que no ha esperado que la gente muera sin asistencia, asegurándose de que cada familia tenga lo básico para sobrevivir y en busca de opciones como un loco, pero el loco más cuerdo de la Tierra.

Mis dos perros se asoman cada media hora a la ventana que da a la calle, nadie pasa. Antes, me hubiera ahogado la nostalgia, hoy me alegra, porque la soledad se ha convertido en salvadora.

Es hora de cumplir, de unirnos… de sobrevivir. Estoy harto de tanta muerte, quiero regresar a Italia y a España; volver a viajar como periodista o turista por el mundo, quiero escuchar otra vez Venecia sin ti, y pensar solo en el amor. Quiero cumplir mis deseos, aunque hoy, precisamente hoy, esté al lado de todos escribiendo esta crónica entre la muerte.

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