MIAMI.- La dinámica entre padres e hijos es compleja. Como bien lo explica Jean Shinoda Bolen en Los dioses de cada hombre: una nueva psicología masculina, “en unas familias, se espera que el niño sea como su padre y siga sus pasos”. En otras, en las que el padre es la decepción, cualquier rasgo que el hijo comparta con el mismo atraerá la cólera y la negatividad que los demás sienten hacia el progenitor.
Luego también están las esperanzas de que el hijo dé vida a los sueños fracasados del padre. Sean cuales fueren las esperanzas para él, éstas interactuarán con lo que está presente arquetípicamente y con lo que se puede modelar”. No en vano, el cine está lleno de dramas donde el choque entre padres e hijos genera una tragedia donde es imposible que el público no proyecte su drama personal.
Este es el caso de I Can Only Imagine 2, la secuela del título homónimo de 2018 inspirada en la historia real de los integrantes de la banda de música cristiana MercyMe.
Ambientada un par de años después de su precuela, la película nos muestra toda la fama que ha obtenido la agrupación y cómo se encuentran en el pico de su carrera. Premios, reconocimientos y giras que contrastan con el drama que vive su vocalista Bart Millard (John Michael Finley) luego de que su hijo Sam (Sammy Dell) sea diagnosticado como diabético.
Una enfermedad que confrontará a nuestro protagonista con su pasado (encarnado por su padre Arthur, interpretado por Dennis Quaid) y poniéndolo en la difícil tarea de conseguir el punto medio entre cuidar a su hijo y castrar sus sueños de emularlo en el mundo de la música. En paralelo, tenemos a Tim (Milo Ventimiglia), quien intenta servir como mediador entre Bart y Sam utilizando la música como puente mientras se enfrenta, en silencio, a una fortísima batalla personal.
A mitad de camino entre drama, con ligeros toques de comedia naive y momentos musicales, I Can Only Imagine 2 es una suerte de feel good movie, que funciona cuando se enfoca en la sensibilidad de sus protagonistas de forma natural, pero que falla cuando intenta acentuar demasiado el drama (con la música, cinematografía o puesta en escena) a pesar de tener actuaciones sólidas que no requieren de ningún tipo de apoyo artificial para conmover.
En este apartado, las apariciones puntuales de Dennis Quaid (y su ambigüedad) elevan la película muchísimo. Lo mismo sucede con Milo Ventimiglia que se roba el show en su rol de mentor entre padre e hijo y que logra algo imposible en este género: que varios diálogos acerca de la religión se sientan completamente orgánicos dentro de la historia.
En el apartado visual, I Can Only Imagine 2 tiene una dirección y una cinematografía que, aunque suene paradójico, peca de estilizada en muchos momentos. El resultado son escenas donde a veces todo se siente “puesto” e inclusive como un cliché (casi como un videoclip: flares cuando un personaje está contento o poner a un personaje a llorar bajo la lluvia) y que le restan verosimilitud a las actuaciones.
Esto no es mal de morir, pero definitivamente va en detrimento del producto final, especialmente cuando el mismo recurso es utilizado en los momentos musicales donde sí funciona de manera fluida. Esto es algo que solo molestará a los cinéfilos más ávidos, pero que de seguro pasará desapercibido a los consumidores habituales de este tipo de cine.
I Can Only Imagine 2 es una grata sorpresa dentro del panorama del cine cristiano (que, muchas veces, adolece en la calidad de su puesta en escena o es tildado de “propaganda religiosa”). Con un cast variopinto que nos regala algunas actuaciones memorables, canciones emotivas y una historia real “accesible”, la película explora de forma efectiva y delicada temas pertinentes como el trauma intergeneracional, la pulsión de vida y muerte, la compleja dinámica paterno-filial, la vocación del artista y los retos a los que se enfrenta. Todo esto en un contexto religioso que, aunque por momentos peca de “moralizante”, nunca se vuelve demasiado frontal.
Esto hace de I Can Only Imagine 2 una película para todo público, abriendo el espectro del nicho al que apunta y que hará que más de uno también se acerque a la discografía de MercyMe. Independientemente de la religión —o no— que profese el espectador, el viaje que atraviesa Bart, Sam, Arthur y Tim invitará a más de uno a la reflexión sobre su propia historia personal más que evangelizar… y esa es la mejor prédica que cualquiera puede hacer.
Lo mejor: las actuaciones de Dennis Quaid, Milo Ventimiglia y John Michael Finley. Las canciones pegajosas y las secuencias musicales. Los temas complejos que explora y la incorporación del elemento religioso en ellos. Es una secuela que se sostiene por sí misma.
Lo malo: la dirección, cinematografía y utilización de la banda sonora a veces son demasiado directas, enfatizando emociones que ya están per se en la historia hasta el punto de volverlas reiterativas. Algunos diálogos sobre la religión dejan de ser orgánicos y se vuelven expositivos.