MADRID.- El fallecimiento de sus dos progenitores en el último lustro, "el dejar de ser hijo y pasar a ser solo padre", llevó a Jorge Drexler a visitar más a menudo su país de origen y a "reubicarse" desde allí en el mundo, una toma a tierra que se manifiesta en la personalidad de su nuevo disco, Taracá, y en su búsqueda de puentes.
"La inmigración, incluso en los casos más privilegiados como el mío, que fue una inmigración vocacional para culminar un proyecto creativo y luego tuve hijos aquí y me quedé de manera voluntaria, es una experiencia traumática, porque el inmigrante está partido, sin saber cuándo salir corriendo para su país o volver al otro", reflexiona en una charla con EFE sobre cómo ha sido su propia vida desde que hace más de 30 años fijó su residencia en Madrid.
Igual que pasó con el disco Frontera (1999), después de que naciera su primer hijo y atravesara otro profundo cambio de estatus personal, este Taracá (Sony) que publica este viernes supone una "reconexión con Uruguay". "Son discos de reubicación, de ver dónde estoy, de volver aquí a tocar tierra", explica Drexler (Montevideo, 1964).
"Yo soy un conector"
Con su acostumbrada ansia de experimentación y dosis de entusiasmo -"porque sin entusiasmo no puedo hacer un disco"-, dentro suenan milonga, milongón, plena, murga o candombe, cuya secuencia rítmica da título al álbum -un golpe de mano acentuado (TA) seguido de dos golpes de palo (RA-CA)-.
"Este era un disco de duelo, pero mi manera de encararlo fue paradojal. Escribí varias canciones sobre eso, pero luego solo tomé las celebratorias", indica sobre el sentimiento que inunda sus once cortes, que toman el relevo cuatro años después a su celebrado Tinta y tiempo (2022), con el que se llevó siete Latin Grammys.
En uno de sus nuevos temas, Nuestro trabajo/Los puentes, canta: "Se preguntarán qué es lo que hacemos cantándole al amor mientras el mundo se va al carajo. Ni más ni menos que nuestro trabajo".
"Mis opiniones, sean políticas o gastronómicas, no son muy fundadas, porque no soy un político ni tengo estudios humanísticos", afirma humilde antes de esbozar el que considera su papel en este mundo.
"Soy un conector, una persona que tiene una herramienta, que es la música, que mezclada con el lenguaje da la canción, que es una herramienta de conexión", afirma convencido de que lo que les toca a los artistas es "mantener los puentes abiertos y cruzarlos canción a canción con el corazón al descubierto".
"En una época de polarización en el mundo, tiene muchísimo menos valor mi opinión que mi capacidad de tender puentes, de escuchar inclusive al otro, al enemigo entre comillas. Es un acto que ha desaparecido en los últimos años. La polarización se ha vuelto extrema, pero para mí el mensaje principal es que yo soy el otro y el otro es yo también", considera.
"Temo a la IA"
En su búsqueda de alianzas aparentemente remotas, en este trabajo aparecen colaboraciones por ejemplo de la puertorriqueña Young Miko y de la flamenca Ángeles Toledano, esta en una canción que, con forma de milonga uruguaya, materializa el enorme "respeto" que sentía por el cantaor Enrique Morente, al que conoció solo unos días después de llegar a España en una noche mítica compartida también con Joaquín Sabina.
La realidad con la que aparentemente no tiene intención alguna de entablar puentes es con la inteligencia artificial, como muestra en otro de los cortes, ¿Hay alguien A.I.?.
"Temo la IA como cualquier persona sensata. No sabemos qué va a pasar cuando llegue dentro de un par de años la inteligencia artificial general, que es cuando el poder de computación sobrepase el poder del cerebro humano y empiece a escalar cada vez más rápido. Y no es la primera vez que generamos un proceso que no depende de nuestro control", argumenta.
Taracá, cuyo título juega fonéticamente con la idea de "estar aquí", incluye otras piezas curiosas, como la experimental Ante la duda baila, en la que repasa el acoso institucional desde la era de la Inquisición hasta el arranque del reguetón a cinco géneros afroamericanos que fueron prohibidos, en buena medida "por el miedo que se tenía al sexo y también a lo comunitario, porque generaban comunidad".