MIAMI.- El músico Santiago Sposto recuerda la primera chispa con nitidez. “Mi madrina me regaló un teclado de mi prima que se había ido a vivir a México”, dice. Tenía unos 10 u 11 años y ese teclado se volvió su refugio durante la adolescencia. No había plan ni método: “Era un acercamiento súper lúdico e inocente, como siento que tiene que ser”. Pasaba horas sacando melodías de oído, empujado por la pura curiosidad. Ese juego, sin saberlo, estaba armando la base del productor y compositor que vendría después.
Con el tiempo llegaron las primeras estructuras. Estudió canto, después guitarra y armonía con Facundo Di Giorgio. En esa etapa entendió el peso de una guía a tiempo: “Tuve la suerte de una familia que me apoyó, pero el papel de los maestros fue clave para dar los primeros pasos”. Ese aprendizaje ordenó lo que ya hacía instintivamente y abrió una puerta mayor: grabarse. A los 19 o 20, se lanzó a capturar sus canciones y covers con lo que tenía a mano. “El primer DAW que usé fue Nuendo”, cuenta. Con un micrófono sencillo y una interfaz armó un pequeño flujo de trabajo para guitarra acústica y voz con un objetivo nítido: subir videos a YouTube.
La escuela fue el hacer. “Intentaba que sonara lo mejor posible, sin mucho conocimiento técnico”, dice. Su hermana, estudiante de fotografía, lo filmaba; él editaba, aprendía y publicaba. Había nervio, claro, pero también decisión. “Me aterraba exponerme, pero era una forma de darme a conocer”. En Quilmes habilitó un espacio mitad estudio, mitad sala de ensayo, y empezó a registrar a amigos. Esos primeros archivos —todavía online— consolidaron un músculo práctico: escuchar, arreglar, mejorar. La producción, para Sposto, se volvió el arte de encender la canción hasta que respire.
El siguiente salto fue conceptual. Comprendió que producción y composición no eran oficios separados, sino capas de un mismo proceso creativo. “Decidí estudiar Producción Musical en la Escuela de Música Contemporánea (Berklee Global Partner) en Buenos Aires”, explica. La formación le dio vocabulario y, sobre todo, perspectiva. En el estudio se movía con naturalidad porque ya había sido frontman: “Subí videos, saqué canciones como cantautor y toqué en vivo, así que entendía su perspectiva”, dice sobre los artistas con los que colabora. Esa empatía operativa se volvió método: escuchar al intérprete, afinar el arreglo, cuidar la identidad. “La producción musical es tan amplia que toda la experiencia previa que traigas en un punto va a servirte”.
La vocación de escritor de canciones tuvo otro disparador. “Leí una nota sobre Claudia Brant que hablaba de ‘la argentina que triunfa en Los Ángeles’”, recuerda. El artículo le reveló un oficio que no tenía foco para él: la composición como trabajo de autor para otros proyectos, “codo a codo con los artistas”. La chispa se volvió plan. “Leer su historia fue una inspiración de esas que marcan el curso de una vida”. Empezó a rastrear firmas y a entender el mapa: “Descubrís que Alejandro Lerner escribió canciones súper conocidas que no canta él, y que Max Martin escribió todo el pop de los 90”. La idea lo tomó por completo: “Me obsesioné un poco con ser compositor. Fue darle una visión profesional a lo que ya hacía solo en mi habitación”.
Ese foco empujó un movimiento geográfico y creativo. En México encontró comunidad, rigor y oportunidades. Fue seleccionado para la sexta generación del Taller de Composición de la Sociedad de Autores y Compositores de México, donde estudió con maestras y maestros que ya admiraba, como Mónica Vélez y Carlos Law. La experiencia funcionó como acelerador: repertorio nuevo, colaboradores nuevos, una mirada más fina sobre la letra y la melodía. La red que se armó ahí hoy sostiene parte de su agenda diaria.
En paralelo, su trabajo se expandió hacia la música aplicada, un terreno exigente donde cada segundo cuenta. Participó como productor y compositor en más de 80 comerciales para Latinoamérica en campañas de marcas como Unilever, Marvel y Mattel. Ese oficio de precisión —ajustar tempos, timbres y climas a un brief— le enseñó economía, velocidad y narrativa sonora. Lo que aprendió en publicidad volvió a las canciones: decisiones más claras, arreglos que dicen lo justo, un manejo del espacio que deja al intérprete en primer plano.
El cine apareció como un lugar natural para esa sensibilidad narrativa. “Roto, una canción que compuse, fue parte del soundtrack de la película mexicana Todas Menos Tú”, cuenta sobre el estreno de 2024. Escucharla en una sala fue un punto de confirmación: la canción no sólo funciona, también cuenta una historia dentro de otra historia. Ese cruce entre pop y pantalla grande lo entusiasma por la libertad que propone: una canción puede ser personaje, atmósfera o motor dramático.
La colaboración con artistas emergentes es otra marca de su recorrido. Con MARLLA formó equipo tras conocerse en la beca de la SACM. “Compusimos varias canciones que fueron su carta de presentación”, dice. El proyecto tomó vuelo rápido: “Muy pronto la buscaron para firmar con Warner México como artista y con La Oficina / Sony Music Publishing México como autora”. Para Sposto, acompañar ese tránsito —del primer demo a la industria— es una de las tareas más gratificantes del productor-compositor: ordenar la visión, pulir el sonido y construir identidad con paciencia.
Hoy, la bitácora muestra un trayecto coherente: del teclado infantil a Nuendo; de la habitación a la sala de ensayo; del set publicitario a la pantalla de cine; del cantautor que se graba solo al colaborador que entiende la respiración del intérprete. La brújula no cambió: curiosidad, trabajo y comunidad. Él lo resume con una frase que podría ser método y declaración a la vez: “Fue como conectar todo lo que traía de antes en un mismo rol”. Ahí está su norte: componer y producir para que cada canción encuentre su forma precisa, su mejor versión, su lugar en el mundo.