MIAMI.- Hijas del compositor Manuel Alejandro, autoras y productoras por derecho propio, las hermanas Beigbeder han hecho de la canción emocionalmente impulsada una causa. Hablan del oficio de escribir, de lo que se protege y lo que se transforma, y de por qué la elegancia y la profundidad nunca dejaron de hacerle falta a nadie.
Hay quienes heredan un nombre y quienes heredan una responsabilidad. Marian Beigbeder y Vivis Beigbeder heredaron las dos cosas. Hijas del compositor Manuel Alejandro —uno de los grandes arquitectos de la canción melódica en español—, las hermanas son hoy autoras, compositoras y productoras por derecho propio, y las custodias de un patrimonio musical que se niegan a tratar como una reliquia. Desde Pura Music LLC, han asumido una misión que es a la vez filial y artística: que ese legado siga sonando y emocionando.
Su punto de partida es casi una declaración de principios. No conciben el legado como un archivo que se conserva, sino como una obra viva que tiene que seguir sonando. Son ellas quienes, de manera directa y personal, deciden qué canción renace, con qué artista y en qué dirección creativa. Esa estructura les permite hacer las dos cosas que más les importan: proteger con rigor lo que se construyó durante décadas y, al mismo tiempo, tener la libertad de crear, regrabar y abrir caminos nuevos.
Una canción que de verdad emociona
Para entender su trabajo hay que entender primero su definición de lo que persiguen. Una canción emocionalmente impulsada, dicen, es aquella donde todo —la melodía, la armonía, la letra— está al servicio de un sentimiento verdadero, no de una fórmula. Es la canción que cuenta una historia, que respeta a quien escucha y le confía algo íntimo.
Su diagnóstico sobre por qué ese tipo de escritura se diluyó entre las audiencias jóvenes es matizado y, sobre todo, generoso. No fue por falta de talento, sostienen, sino porque buena parte de la industria empezó a priorizar el impacto inmediato —lo que funciona en los primeros segundos— por encima de la construcción emocional que solo se revela tras varias escuchas y de ahí extraen una conclusión que define todo su proyecto: las audiencias jóvenes no rechazan la profundidad, simplemente han tenido menos acceso a ella. “La gente no dejó de querer canciones que digan algo. La elegancia y la profundidad no son cosa de una época, son una necesidad humana” comentan.
El oficio: saber qué se mueve y qué se deja quieto
Lo que Marian y Vivis aportan a artistas de estilos y generaciones distintas a las suyas tiene un nombre preciso: el oficio de la canción. Saben por qué una melodía emociona, dónde respira una letra, qué se puede mover y qué hay que dejar quieto. Para un intérprete que viene de otro lenguaje, esa mirada funciona como una brújula: lo ayuda a entrar en la canción desde dentro, a comprender lo que está contando y a hacerla suya sin perder lo que la hizo grande.
Ese saber se vuelve especialmente delicado cuando toman una pieza del legado y la reintroducen en la voz de una nueva generación. Lo primero que protegen es lo intocable: la melodía y la letra, donde vive el corazón de la canción. Lo que se transforma es todo lo demás: el género, la instrumentación, el tempo, la actitud. Cuando “Señora” se vuelve cumbia o “Se nos rompió el amor” se vuelve salsa, la emoción original permanece intacta pero llega por un camino nuevo. Es, en sus palabras, como volver a contar una gran historia con otra voz y otro acento: la historia es la misma, pero de pronto le habla a alguien que antes no la escuchaba.
Sobre el delicado equilibrio entre su propio sello y la identidad de figuras ya consolidadas, su respuesta desarma cualquier idea de tensión. Su sello, explican, está en la canción misma, en su construcción emocional, así que no necesitan imponerlo: ya está ahí. Eso les da la libertad de dejar que el artista despliegue su personalidad. El equilibrio no es un pulso, sino un encuentro en el que la fortaleza de la canción y la voz del intérprete se potencian mutuamente.
“Ojos Tristes”: el símbolo de todo lo que buscan
Si hubiera que sintetizar su misión en un solo hecho, las hermanas no eligen una anécdota, sino un acontecimiento: ver una obra del catálogo de su padre en lo más alto de las listas de la mano de una nueva generación. El ejemplo más visible es “Ojos Tristes”, de Selena Gomez junto a The Marías y Benny Blanco, que retoma “El muchacho de los ojos tristes”, escrita y producida por Manuel Alejandro. La canción debutó en el número uno de la lista Hot Latin Pop Songs de Billboard y alcanzó la cima de tres de las principales listas de música en español de la publicación.
Esos vínculos con artistas de primer nivel —entre los que también figuran nombres como Iván Cornejo y El Plan— han fluido, según las hermanas, de la forma más orgánica posible: a partir del interés de los propios intérpretes por revisitar canciones del catálogo. Su papel nace de ser las autoras y custodias de ese repertorio; cada artista lleva la obra a su propio terreno, y a ellas las honra acompañar ese camino. Que voces de esa dimensión elijan grabar canciones de su legado, dicen, las llena de orgullo y las impulsa a seguir. “Ver una obra escrita hace décadas convertida en un éxito de esa magnitud, en manos de una nueva generación, es exactamente lo que soñábamos cuando empezamos.”
Dos cabezas, una visión
Buena parte de la fuerza de su trabajo reside en cómo lo reparten, o más bien en cómo no lo reparten. Marian y Vivis trabajan completamente coordinadas y se niegan a dividir el proyecto en compartimentos. No hay una que componga y otra que produzca: lo construyen juntas, desde la selección del artista hasta la elección de la canción, desde las decisiones creativas hasta la supervisión final. Como autoras, compositoras y productoras, son las dos quienes firman y sostienen cada grabación. Dos cabezas y una misma visión, repiten, y esa unidad es una de las mayores fortalezas de lo que hacen.
A la hora de medir el impacto de abrir lo que describen como un nuevo carril creativo para la música en español, manejan dos planos. En lo cuantificable, por el alcance de cada grabación y por cómo estas canciones llegan a públicos que antes no las escuchaban. Y en lo cualitativo —que para ellas pesa igual o más—, por algo más profundo: que una canción de hace décadas vuelva a sonar en una fiesta, que un joven la descubra creyendo que es nueva, que otros artistas se animen a hacer lo mismo. Abrir un nuevo espacio para la canción en español, dicen, se mide sobre todo por cuánta gente empieza a recorrerlo.
Cuando se les pregunta cómo les gustaría que se recordara su contribución, la respuesta vuelve al equilibrio que ha guiado todo: como la plataforma que cuidó un legado sin congelarlo, que entendió que la mejor manera de honrar una gran canción es ponerla a sonar de nuevo, en voces nuevas y en géneros vivos. Que se diga que Marian y Vivis Beigbeder, como autoras y productoras, ayudaron a que la composición hispana de siempre le siguiera hablando al presente, y que tendieron un puente firme entre lo que se escribió ayer y lo que emocionará mañana.