viernes 23  de  febrero 2024
CINE

Miller's Girl: el perverso juego de la seducción y el poder

El guion de Miller’s Girl explora esas grandes tragedias que ocurren en lugares tan pequeños que, fácilmente, pasan desapercibidas para todos (transformándose en chismes de pasillo o leyendas urbanas).

Diario las Américas | LUIS BOND
Por LUIS BOND
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Deseo y poder son dos grandes motores que mueven el mundo. Son contadas las historias donde ambas fuerzas no sean un punto clave en la tragedia de alguien (tanto en la vida real como en la ficción). Alimentándose de nuestra zona de resistencia mínima (esa parte de nuestra psique donde no hay capacidad de reflexión), parece imposible saciar las ansias de esta dupla que nos hechiza. Si a esto le sumamos el morbo que genera lo prohibido, tenemos una mezcla explosiva cuyos devastadores efectos dan como resultado historias que nos fascinan y atemorizan al demostrarnos lo sencillo que es caer en un espiral de locura cuando estamos embriagados por esta pareja. Es aquí donde encaja Miller’s Girl, la ópera prima de Jade Halley Bartlett. La nueva película que nos trae Lionsgate, dond e Jenna Ortega y Martin Freeman exploran la parte más oscura del deseo y las dinámicas de poder.

Ambientada en un pueblito anónimo, la historia nos presenta a Jonathan (Martin Freeman), un profesor de literatura que enseña en un colegio local. Con un par de títulos publicados y una carrera como escritor paralizada (a mitad de camino entre “prometedora” y “fracasada”), nuestro protagonista parece tener una vida monótona. Las cosas cambian por completo cuando comienza un nuevo curso y conoce a Cairo (Jenna Ortega), una misteriosa estudiante que capta su atención. A diferencia de sus otras alumnas, esta chica posee talento, sensibilidad y una basta cultura literaria para su edad. Esto despierta el interés de Jonathan haciendo que Cairo se transforme en una especie de protegida para él. De la misma forma, ella se ve embriagada por la atención que recibe de su profesor y comienza a explorar hasta dónde llegan los límites de su relación con él. Así, lo que comienza como una dinámica mentor-alumna, se va transformando en un juego de poder y seducción donde las líneas entre la realidad y la ficción se desdibujan, permitiendo que emerja el lado más perverso de ambos.

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El guion de Miller’s Girl explora esas grandes tragedias que ocurren en lugares tan pequeños que, fácilmente, pasan desapercibidas para todos (transformándose en chismes de pasillo o leyendas urbanas). Historias que, a pesar de lo lejanas que parecen, están mucho más cerca de nosotros de lo que creemos. Jade Halley Bartlett le huye a la formula de “pueblo pequeño, infierno grande” (lo que ha podido ser la salida más obvia) y pone su foco en el juego de proyecciones que engancha a Jonathan y Cairo (haciendo que todo lo demás desaparezca). Él ve en ella el talento y pasión que perdió hace tiempo, ella ve en él la idealización de la experiencia. Los dos, en una dinámica profundamente narcisista, obtienen el uno del otro la atención que no pueden ganar en sus diferentes realidades (Jonathan con su esposa, Cairo con chicos de su edad). Esto produce en ambos personajes una suerte de inflación —azuzada por ínfulas intelectuales— que los hace transgredir todo tipo de reglas (como si tuviesen el permiso de estar “más allá” de los límites impuestos por personas que no son tan brillantes como ellos). De esta forma, se va borrando la jerarquía entre profesor y alumna, para darle paso a una dinámica donde el poder lo ostenta aquel que seduce y puede complacer (o no) al otro.

En el apartado visual, la dirección de Jade Halley Bartlett delata —para bien y para mal— que la materia prima del guion de Miller’s Girl era una obra de teatro. Su principal fortaleza reside en los diálogos, el desarrollo del conflicto a través del subtexto y las actuaciones del cast. Es casi como un ejercicio de construcción de personajes a través de una situación que va acumulando tensión in crescendo hacia un inminente desastre. Gracias a su puesta en escena minimalista (toda la historia se desarrolla en apenas 4 o 5 locaciones) y a una propuesta de dirección bastante sobria (donde la cámara se queda fija y resuelve muchos momentos con apenas un par de planos), los espectadores experimentamos la constricción de los personajes que, por un lado, se sienten atrapados en un mundo “demasiado pequeño” para ellos y, por otro, —emulando el feeling de una obra teatral— pareciera que siempre están expuestos a la mirada de un público que escudriña cada una de sus acciones y diálogos (aumentando la sensación de fragilidad en la relación de ambos). Al mismo tiempo, su directora crea espacios oníricos a través del montaje utilizando como excusa la escritura y la fantasía. Es así como toda la historia está interceptada por secuencias con un ritmo más violento, cámara lenta, emblematics shots, primerísimos primeros planos, que sirven para expresar el ritmo vertiginosos de lo que internamente sienten Cairo y Jonathan… pero que externamente no podemos percibir en los encuadres estáticos donde interactúan en el mundo real. Esto podrá molestar a algunos (por sentir la acción demasiado “puesta”), pero es una decisión completamente lógica y compatible con el guion.

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Cairo (Jenna Ortega), es una misteriosa estudiante que capta la atención de su profesor.

Cairo (Jenna Ortega), es una misteriosa estudiante que capta la atención de su profesor.

Como todo texto con tintes teatrales, el principal atractivo de la historia está en los personajes, sus interacciones y diálogos. Es acá donde, sin lugar a dudas, brilla Miller’s Girl. Jenna Ortega, como siempre, está espectacular. Si bien es cierto que sigue explorando el personaje de “chica inteligente, misteriosa y que no encaja con su edad/contexto”, en esta historia suma una capa extra: la sensualidad. El resultado es una suerte de “oscuro objeto del deseo” que la aleja de otros papeles infantiles o en clave comedia. Además, su presencia y seguridad en cámara para transmitir mucho con apenas una mirada o una leve acción nos demuestra la madurez de su talento. A su lado, Martin Freeman también brilla por su actuación contenida y la cantidad de matices que le da a un personaje sumamente complejo (que, con un pequeño error en un gesto o una mirada podría destrozar la línea de la “ambigüedad sexy” para transformarse en “acoso de depredador”). Gracias a que la directora muchas veces explora con su cámara la perspectiva de Jonathan podemos entender sus inseguridades, frustraciones y el por qué cae en la peligrosa dinámica con Cairo (haciendo que nos cuestionemos como audiencia el rol entre “víctima y victimario” constantemente). Por último, aunque sus apariciones son contadas, la gran sorpresa de Miller’s Girl es Dagmara Domiczyk. Ella encarna a una esposa resignada y alcoholizada que en cada interacción con Jonathan revela su complejidad (sus matices van desde la sensualidad desenfadada, la condescendencia, hasta la rabia ponzoñosa), además, sus diálogos son los mejores del guion y su interpretación se roba todas las escenas que comparte con su esposo.

En una primera capa, Miller’s Girl nos presenta temas controversiales y complejos como el #MeToo y el grooming para darnos una vuelta de tuerca que nos acerca a la parte más oscura del deseo que reside en el corazón de muchos. Valiéndose de la ficción como una zona liminal que desdibuja los límites entre realidad y fantasía, le da rienda suelta a un juego perverso de poder que se esconde entrelíneas y se desarrolla entre miradas. Contrastando los miedos y frustraciones de la adultez con el el arrojo y deseo de la juventud, nos movemos entre dos polos que intercambian roles constantemente utilizando la ambigüedad de lo que no se expresa, pero se sabe. La historia nos pasea de la seducción al horror, recordándonos que hay puertas que no deben abrirse y, sobre todas las cosas, jamás debemos caer en la trampa de ceder nuestro único poder (el que tenemos sobre nosotros mismos) por lo efímero de un deseo que, en cuestión de segundos, puede destruir todo lo que hemos construido durante una vida.

Lo mejor: las actuaciones de Jenna Ortega, Martin Freeman y Dagmara Domiczyk. El desarrollo del conflicto desdibujando las líneas entre víctima y victimario (y pasando de un polo a otro). La tensión, sensualidad, perversidad y oscuridad que explora.

Lo malo: por el tema que plantea es posible que levante cierta controversia alrededor de las acciones de sus protagonistas. Su puesta en escena teatral, por momentos, contrasta con los momentos oníricos, marcando la distancia entre uno y otro con demasiada fuerza.

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Sobre el autor:

Luis Bond es director, guionista, editor y profesor universitario. Desde el 2010 se dedica a la crítica de cine en web, radio y publicaciones impresas. Es Tomatometer-approved critic en Rotten Tomatoes (https://www.rottentomatoes.com/critics/luis-bond/movies ). Su formación en cine se ha complementado con estudios en psicología analítica profunda y simbología.

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Web: www.luisbond.com

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