Conozco de Grecy Pérez Amores a través de un amigo en común, Indranil Chakravarty, quien fuera estudiante de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Ha sido a causa de un proyecto literario iniciado por él —y aún inconcluso— que supe de la existencia de Grecy, cubana, artista visual y antropóloga con residencia en Tenerife, España. Me sorprendí leyendo sus textos que aun siendo académicos, respiran la frescura de quien se orienta en el mundo partiendo de los sentidos por sobre todas las brújulas.

"He aquí una profesional que respira", me dije. Inquieta, perseverante y atinada, esa es mi primera impresión de esta mujer que tiene un doble en una hermana gemela, de gran parecido. Grecy ha tenido a bien contestarme un manojo de preguntas.

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Tu carrera profesional como profesora de Dibujo y Grabado, graduada de la Academia de San Alejandro, tus estudios en el ISA, apuntaban a que serías una artista visual plena. ¿Cómo es que das el vuelco que te coloca en el campo especializado de la antropología?

En realidad, he querido ser antropóloga desde que me recuerdo. A los 13 años, cuando leí La rama dorada de Frazer, ya lo sabía. Ya sé que es uno de esos antropólogos que la historia repudia (trabajo de gabinete, cero trabajo de campo, etnocentrismo en su máxima expresión), pero fue mi eslabón perdido. No creo que fuera un vuelco, más bien fue un viaje el que me ha conducido desde el arte (al que no se abandona nunca) a la antropología. La conexión se mantiene y muchos de mis proyectos actuales unifican ambas realidades.

¿En qué año te mudas a Islas Canarias? ¿Qué aristas de familiaridad o de extrañamiento tienes que encarar en ese tránsito?

Llegué a las Canarias en 1994 y tardé un siglo en asentarme mentalmente. No porque fuera un sitio hostil, al contrario. La familiaridad en todos los sentidos es enorme. Diría que de entre los muchos lugares del mundo, en este, cualquier persona llegada desde Cuba se sentiría como en casa. La hostil era yo. No es sencillo viajar sin pasaje de vuelta.

El espectro de tu interés investigativo es amplio. Lo mismo rastreas la presencia del culto a Yemayá en las Canarias que los rituales de iniciación del matrimonio hindú en esos mismos predios. ¿Cómo alimentas la curiosidad intelectual en un mundo donde la mayoría de la gente satisface sus apetencias navegando en internet, donde el espacio humano vital ha sido desplazado por un ciberespacio cada vez más absorbente?

Creo que la curiosidad es parte de la experiencia que nos hace humanos. Además, soy una curiosa sin remedio. Medicina popular, las migraciones, las fiestas, el arte y el género, las religiones y nuevas espiritualidades…Todo es un camino que se abre para investigar y se me hace corto el tiempo. En realidad, necesitaría unas cuantas vidas.

Mi curiosidad abarca el ciberespacio, pienso que es un mundo fascinante en el que investigar, interactuar, crear; en fin, una nueva esfera de la realidad en la que la antropología tiene mucho que decir y que hacer. El ciberespacio es hoy otro espacio humano.

Me gustaría que nos hablaras brevemente cómo es de particular el culto a Yemayá en esas islas que lo puede hacer distinto del practicado en Cuba. Me llama la atención el hecho de que te refieras a esa orisha como "diosa de la diáspora". Más que un "blanqueamiento", ¿estaríamos presenciando una universalización de dicho culto?

Yemayá es una de esas deidades que trasmite una gran fascinación entre los fieles de la Regla Osha, tanto dentro como fuera de Cuba. Su lugar en el imaginario religioso atraviesa el Atlántico, una y otra vez en distintas direcciones. En Canarias, la veneración a esta deidad, como ocurre con otras, ha tenido transformaciones, nacidas muchas de ellas por la ausencia de determinados recursos botánicos, zoológicos, geológicos, etc. No podemos olvidar que las prácticas religiosas se desarrollan en determinados contextos simbólicos, legales, ecológicos, y que cuando estos cambian, la práctica también lo hace.

En Canarias, Yemayá tiene un espacio propio, es posible que sea por tratarse de un archipiélago en medio del océano, cuyo contacto con el mar es tan antiguo como su poblamiento, y donde las migraciones tuvieron también al mar como protagonista. Por otra parte, está la figura de Mami Wata, uno de cuyos muchos rostros que hoy es interpretado como Yemayá. Esta diosa de la diáspora, que acompaña a los transmigrantes de frontera en frontera, se ha trasformado en un símbolo de las migraciones transoceánicas, si bien no creo que el término universalización sería el correcto.

Pero sí, la Osha está presente hoy en muchos continentes y con ella Yemayá. Incluso las denominadas grandes religiones o religiones universales, como se autodefinen algunas, no lo son del todo. Contexto, ese es el punto en el que todas las universalizaciones se desvanecen.

¿Alguna vez has sentido que cualquier esfuerzo por preservar el patrimonio inmaterial, afectado también por los fenómenos de la globalización y el spiritual supermarket, puede llegar a ser una obsolescencia?

Lo bueno del patrimonio inmaterial es que está vivo, se transforma, crece o se difumina, no desaparece. Por otra parte, no hay patrimonio material sin inmaterial y viceversa. Y si nos centramos en el patrimonio espiritual, parece estar más activo que nunca y dispuesto a adaptarse a la individualidad de cada uno. El mundo líquido de Bauman.

La globalización ha propiciado una aparente uniformidad cultural, pero en realidad ha producido una diversidad mayor y más intensa que la que conocíamos (fíjate que no digo "que la que existía"). Ahora tenemos acceso a una variedad gigantesca de formas de vivir, pensar, creer y hacer que de otra manera ni sabríamos de su existencia. Y, por otra parte, esa diversidad se ha intensificado para marcar la distancia de saberse diferente. Es lo que se ha denominado como glocalización.

¿Cúal de tus proyectos repetirías por el placer de continuar, repetir, o enmendar alguna insatisfacción? ¿Crees que tu entrenamiento como artista visual ha enriquecido tu desempeño como estudiosa del hombre en sus entornos culturales?

Uyy, tengo muchos proyectos que enmendar, aunque ninguno del que arrepentirme, pero si tuviera que elegir, quizás te diría que me gustaría volver a exponer en Cuba.

Cualquier formación aporta siempre a la obra o acción que lleves a cabo, pero es cierto que la formación artística es muy completa y, en mi caso, para la antropología que desarrollo ha sido vital. Actualmente trabajo sobre la relación entre la antropología y el arte, dando protagonismo a este último para los cambios y las luchas. La antropología tiene esa mirada desde donde se abarca todo (se intenta) y el arte es capaz de expresar ese todo. Ahora mismo entre los proyectos que tengo está un museo virtual. Un espacio donde unifico el arte y la antropología.

¿Cómo ves a Cuba desde la distancia? ¿Algún objeto o ritual que te conecte a un sentido de pertenencia inicial?

A Cuba la veo siempre, si con eso quieres saber si la he olvidado. Pero algo me dice que la he detenido en el tiempo. Como esos niños que dejas de ver y que cada vez que los sueñas no han crecido. Un poco así veo a Cuba. Para mi detenida en la ventanilla del avión.

Siempre que entro al mar me conecto con Cuba. También hay olores como el del árbol que ocupaba el centro del patio de San Alejandro y alguna lectura de Lezama que pueden evocarme las tardes en La Habana Vieja y el Morro desde el balcón de mi casa.

¿Crees que haya un lugar para lo sagrado dentro del proceso de reconstrucción de un país asolado como el nuestro y donde la comercialización del patrimonio religioso es evidente?

Para lo sagrado siempre hay un lugar en la reconstrucción de cualquier nación. Del mismo modo que en su destrucción. No importa lo comercializada que esté la religión, o las veces que las elites intenten normalizar y engavetar las creencias. Lo sagrado, comercializado, globalizado, localizado, mixturado, en apogeo o en declive, parece querer sobrevivir a cualquier intento de neutralizarlo. Y sobre todo, una y otra vez puede convertirse en un arma para unir o separar a las personas.

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