Nadie esperaba un estallido tan resonante como el que produjo Randy Arozarena en la postemporada 2020 de las Grandes Ligas estableciendo récords históricos en la pelota, pese a su condición de novato. Más improbable ha sido, sin embargo, el lanzamiento del “Cohete Cubano” desde su pequeña su ciudad costera Arroyos de Mantua, en Pinar del Río, hasta el béisbol de lujo con un paso decisivo por México.

Llegar tan alto no fue fácil para Arozarena. Tuvo que jugarse la vida, tuvo que esforzarse en solitario, debió tener paciencia y cuando llegó la oportunidad supo aprovecharla al máximo.

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Gracias a ello, Arozarena rompió récords y en su andadura impulsó a sus Rays de Tampa Bay a la ansiada Serie Mundial, que finalmente los Dodgers de Los Ángeles ganaron 4-2.

Con 25 años de edad impuso marcas como el pelotero que más hits (29), más jonrones (10) y más bases recorridas (64) alcanzó en una sola postemporada, superando a leyendas del béisbol como Derek Jeter, Barry Bonds, Carlos Beltrán, Nelson Cruz y Pablo “Kun Fu Panda” Sandoval.

“Arozarena se encuentra en un momento envidiable física y mentalmente”, aseguró Manolo Hernández Duen , director de las publicaciones online “Béisbol por Gotas” y “Acción X Gotas”. “Está inspirado por muchas cosas que le han pasado en su vida. Viene de salir de un país [Cuba] bien difícil y establecerse en México antes de llegar a Estados Unidos, y ese es un esfuerzo adicional que también le sirve de motivación”.

En el 2014 murió su padre de una infección estomacal. Al año siguiente, los directivos de los Vegueros de Pinar del Río lo dejaron fuera del equipo que iba a la Serie del Caribe en Puerto Rico porque temían que fuera a escapar. Era casi como si lo hubiesen condenado a muerte y ante estas circunstancias no era una mala apuesta jugarse la vida y arriesgarse a morir en lugar de morir en estando vivo.

Ocho horas en bote y olas de hasta 15 pies fueron el precio de huir de Cuba hacia Isla Mujeres, en Cancún, para empezar una nueva vida con lo que llevaba puesto, una camisa y un pantalón, en junio del 2015.

La pelota era su billetera llena de ilusiones. Fue a hacer unas prácticas con los Toros de Tijuana y causó buena impresión por su velocidad y lo incorporaron a la academia del club.

Sus esfuerzos no veían recompensa, pues los cazatalentos de la MLB iban a la academia de los Toros, pero según ellos el “Cohete Cubano” no daba la talla.

Mientras, Arozarena jugaba en las ligas de Invierno y Verano en México, hasta que finalmente los Cardenales de San Luis le extendieron un contrato por 1.5 millones de dólares. En agosto del 2019 debutó con el equipo en las Grandes Ligas. En 20 turnos al bate en 19 juegos bateó para .300.

Los Rays le seguían los pasos y cedieron a su mejor prospecto de pitcheo a cambio del cubano.

Cuando Arozarena pensaba que estaba en camino de alcanzar la gloria gracias a la pelota dio positivo de COVID-19 y el 23 de julio pasado los Rays lo pusieron en la lista de contagiados.

“Estuve un mes encerrado y en ese tiempo mejoré mis habilidades de cocinar arroz con pollo y cumplir una rutina de ejercicios que incluían 300 flexiones al día”, comentó Arozarena al Tampa Bay Times. “Comía sano, gané 15 libras de masa muscular y fuerza”. Eso quedó en claro en la Serie Mundial.

“Le ha pegado con más fuerza a la pelota que todos los demás bateadores en la historia de un clásico de otoño, de acuerdo a las nuevas mediciones”, comentó Hernández Duen. “Está en un momento envidiable. En su cabeza no cabe hacer un out”.

Hay algo que no miden las máquinas detectoras de la distancia, velocidad y fuerza de los batazos; ni que tampoco miden las estadísticas.

Arozarena aporta alegría a los Rays. Quizás la dureza de la vida en Cuba; la angustia de huir a México, la gratitud por la acogida del país azteca donde encontró una nueva vida, una esposa y donde nació su hijita. Todo eso lo ayudaron no solo a apreciar cada instante de la existencia sino a compartirlo con los demás.

Después de haber eliminado a los poderosos Yanquis de Nueva York en la Serie Divisional de los playoffs, Arozarena celebró con una competencia de danzas con su compañero de equipo Brett Phillips. Volvió a sorprender, pero esta vez fue con sus pasos llenos de picardía y selló el festejo con una parada de cabeza y un giro que hizo estallar de risa a todos.

Con esa gracia innata, con ese carácter espontáneo y con ese entusiasmo para transmitir su gusto por la vida disuelve la tensión del grupo, hace olvidar a sus compañeros las presiones de enfrentamientos donde se juega toda la temporada y hace que todos se suelten y rindan a su máximo potencial sin preocuparse del escenario sobre el que están actuando, sino divirtiéndose como cuando disputaban un juego en el barrio.

Esa es la gran riqueza humana que aportó el “Cohete Cubano” a la postemporada de las Grandes Ligas, además de su extraordinario talento productivo.

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