“Quiero ser recordado como un pelotero que dio todo lo que tenía que dar”, Roberto Clemente.

Hoy día hablar sobre quién es el mejor pelotero latinoamericano en la historia puede iniciar un debate interminable entre los expertos y fanáticos, pero durante mucho tiempo no hubo mucha discusión. La respuesta era simple… Roberto Clemente.

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El fenecido astro puertorriqueño de los Piratas de Pittsburgh es una de leyendas de las Grandes Ligas no sólo por sus hazañas dentro del terreno sino por su legado humanitario, algo que todavía se honra anualmente con la celebración del “Día de Roberto Clemente”

“Roberto Clemente fue mi amigo, un ser humano inigualable y un jugador único. Cuando jugaba yo era un fanático más de él. Era único”, indicó el extoletero cubano Tany Pérez al describir a Clemente, mientras que Edwin Rodríguez, exmánager de los Marlins de Florida, dice sobre el exPirata que “si llegó lejos en el béisbol, llegó aún más lejos como ser humano…”.

Clemente, nació el 18 de agosto del 1934 en Carolina, Puerto Rico e inició su carrera en el béisbol invernal en su tierra con los Cangrejeros de Santurce en el 1952, y dos años después los Dodgers de Brooklyn lo firmaron para su equipo de Triple A, los Reales de Montreal, por $5.000 y una bonificación de $10.000.

Los Dodgers esperaban que el jardinero pasara desapercibido en las ligas menores ya que tenía que ser expuesto en el sorteo Regla 5 del próximo año debido a la cantidad de su bonificación y el hecho de no ser incluido en el roster de Grandes Ligas.

A pesar de que le dieron poco tiempo de juego (.257 con dos jonrones y 12 carreras impulsadas en 148 turnos) para “esconderlo”, los Piratas, que habían visto su talento cuando fueron a observar al lanzador Joe Black, lo eligieron con la primera selección.

Así fue como Clemente se le escapó a Brooklyn y comenzó una de las ilustres carreras en las Mayores.

En los primeros años con los Piratas, Clemente tuvo que lidiar con lesiones, el racismo que imperaba en esa época en los Estados Unidos y la barrera del idioma, pero en el 1960 comenzó a dejar su huella en el terreno de juego cuando ayudó a su equipo a derrotar a los Yanquis de Nueva York en la Serie Mundial.

Desde ahí en adelante, Clemente se convirtió en una superestrella del diamante y uno de los jugadores más completos que podía derrotarte con su bate, su guante, su brazo y las piernas. También luchó por la igualdad y fue muy vocal sobre ello en sus años como jugador.

El boricua fue el segundo latinoamericano en ganar el Premio de Jugador Más Valioso (1966) y el primero en obtener el Más Valioso en la Serie Mundial (1971). En general, ganó cuatro campeonatos de bateo con promedios de .351 (1961), .339 (1964), .329 (1965) y .357 (1967), 12 Guantes de Oro -todos consecutivos desde 1961 al 1972-, y fue seleccionado a 12 Juegos de Estrellas.

El punto culminante de su carrera llegó en 1971 al obtener el MVP de la Serie Mundial cuando los Piratas derrotaron a los Orioles de Baltimore en siete encuentros. Clemente bateó .414 con dos jonrones y cuatro impulsadas, y realizó varias jugadas defensivas en el Clásico de Otoño, y finalmente recibió el reconocimiento nacional que lo eludió por mucho tiempo.

Luego, el 30 se septiembre del 1972, coronó su brillante carrera al convertirse en apenas el 11mo. pelotero en la historia en alcanzar los 3.000 hits cuando pegó un imparable contra el zurdo de los Mets de Nueva York, Jon Matlack, en lo que sería su último turno en la campaña regular.

Tres meses después, el 31 de diciembre, el mundo del béisbol y Puerto Rico se estremecieron cuando se difundió la noticia de la muerte de Clemente en un trágico accidente aéreo. Tenía 38 años.

El astro de los Piratas llevaba días recaudando ayuda para Nicaragua, devastada por un terremoto el 23 de diciembre. Clemente decidió viajar al país centroamericano para entregar personalmente la ayuda luego de conocer que cargamentos anteriores fueron desviados por autoridades gubernamentales y no estaban llegando a los más necesitados.

El avión DC-7 en que viajó junto a otras cuatro personas tenía un historial de problemas mecánicos y, según informes, llevaba un sobrepeso de 4.200 libras al estrellarse momentos después de despegar desde el aeropuerto en Carolina, Puerto Rico.

La próxima temporada los Piratas retiraron su número 21 y las Grandes Ligas rebautizó con su nombre el premio que se otorga anualmente al jugador que “mejor ejemplifica el juego del béisbol, el espíritu deportivo, la participación comunitaria y la contribución del individuo a su equipo”.

Fue elegido al Salón de la Fama del Béisbol en 1973 mediante una votación especial siendo el único jugador junto a Lou Gehrig en ser elegido antes del tradicional periodo de espera de cinco años.

Han pasado 48 años desde la muerte del expelotero, pero todavía el recuerdo del pelotero vive alrededor del mundo en cada escuela y parque que lleva su nombre, en las estatuas que han sido erguidas en su honor, en cada deportista, equipo o persona que ha emulado al ídolo puertorriqueño al ayudar al prójimo en necesidad. Ese es su legado. Merece ser recordado en el mes de la Herencia Hispana.

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FUENTE: Unanimo Deportes
 

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